Al margen de la justicia del resultado, no es de recibo que los rojiblancos se dejaran dos puntos ante el Espanyol en el minuto 92, después del trabajo que habían realizado la hora y media anterior. No se puede ir por esta vida con esa magnificiencia insensata, al margen de que tampoco se puede andar por los campos de fútbol con esas botitas tan llamativas como poco eficaces. Doctores tiene la iglesia, y se supone que también le habrán echado un vistazo a este tema, que no es menor, pero tengo para mí que cuando los futbolistas se preocupaban más de la eficacia de las botas que de sus colorines, había menos resbalones en campos en bastante peor estado. Resbalón de Iturraspe en el área: gol del Rayo; resbalón de Javi Martínez en el área: gol del Espanyol. Y no han sido los únicos que hemos visto en los últimos tiempos.
Claro que no se puede culpar a las botas del fiasco del último partido. Hubo más cosas, por supuesto, en un encuentro jugado por los dos equipos, por decirlo de alguna manera, al revés. De salida, el Athletic evidenció una superioridad absoluta sobre un rival que no vio el balón. El Athletic llegaba con tanta facilidad, que estaba claro que era solo cuestión de tiempo que marcaran los de Bielsa. Apenas hubo que esperar veinticinco minutos para que De Marcos abriera la lata. Parecía que el Athletic se iba a llevar el partido con comodidad, pero fue marcar el gol y perder el control de la situación. El Espanyol se fue arriba y sus jugadores más pequeñitos empezaron a crear verdaderos problemas a una defensa más insegura que en anteriores ocasiones, hasta que llegó el empate en una jugada en la que Romaric se vio demasiado solo al borde del área, lo que le otorgó tiempo para componer la figura y soltar un trallazo duro y colocado. Espectacular.
Como espectacular fue el gol de Weiss, ya en el segundo tiempo, que adelantó al Espanyol en el marcador, cuando el Athletic, ya con Susaeta y Herrera en los sitios de David López e Iñigo Pérez, trataba de arreglar el lío en el que se había metido antes del descanso. Con otro portero, el de Weiss se catalogaría como un golazo por la escuadra con todas las de la ley. Con Iraizoz bajo los palos, la sospecha resulta inevitable. Estaba adelantado, pero no eso no quiere decir que mal colocado, según estaba discurriendo la jugada. Pero quedó la impresión de que en un remate desde esa distancia, el portero puede hacer algo más.
Quedó muy tocado el Athletic por ese gol, y dio entonces la impresión de que un Espanyol muy crecido, acabaría llevandose el partido. Pero queda dicho que el encuentro se estaba jugando al revés. Cuando peor lo estaban pasando los de Bielsa, Llorente y Javi Martínez le dieron la vuelta al marcador en dos jugadas bastante similares, más de asalto que de elaboración. Restaban veinte minutos, pero el mundo estaba del revés en San Mamés. El Athletic siguió atacando como si no hubiera un mañana y a punto estuvo de marcar un cuarto gol. No lo logró y hubiera sido el momento de detenerse un momento a recapacitar, recordar los precedentes y plantear los últimos minutos con un espíritu, digamos más utilitarista. Pero se ve que este equipo es muchas cosas menos juicioso y por su mala cabeza dejó escapar una victoria que tenía en las manos en el minuto noventa.
Es esta una reflexión obligada. No se trata de traicionar la esencia del espíritu que pretende inculcar Bielsa, porque se ha demostrado que, pese a todo, renta más beneficios que perjuicios, ni un canto al resultadismo. No se pide que el equipo se encierre en el área ni que los defensas de cuelguen del larguero; mucho menos que se recurra a trucos torticeros para matar el partido. Simplemente se pide un mínimo de sentido común para no dilapidar a última hora lo que tanto cuesta ganar. Es verdad que el Espanyol había hecho méritos para no salir derrotado de San Mamés, pero el marcador estaba ahí y el Athletic debió congelarlo en lugar de enredarse en un toma y daca que no le beneficiaba en absoluto.
Otro dato, más para la reflexión que para la estadística. En dos partidos en los que no ha jugado la pareja de centrales Javi Martínez-Amorebieta, el equipo cuasi imbatible de enero, ha encajado cinco goles y ha vuelto a los orígenes del periodo Bielsa, cuando el Athletic era un grupo capaz de lo mejor arriba y de lo peor atrás, un equipo de ida sin vuelta que provocaba escalofríos cada vez que perdía el balón. El Espanyol consiguió tres goles sin apenas rematar ni pisar área, pese a la sensación inquietante que provocaron siempre sus pequeños y habilidosos delanteros con sus movimientos a veinticinco metros de la portería de Iraizoz.
Lamentar las ocasiones falladas, la mala suerte o lo que pudo haber sido y no es, acaba cansando y, a la larga, pasando factura. El cambio que ha experimentado este equipo es uno de los más profundos de su larga historia. Su juego es una maravilla durante muchos minutos de cada partido y su actitud individual y de grupo despierta admiración. Por supuesto que hay que ser consecuentes con eso y mantener la apuesta con todas las consecuencias...y un matiz: esto es la Liga, no es Disneylandia.
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