Pero ese gol tan cutre ha cerrado el año para el equipo en lo que a la Liga se refiere y hay que otorgarle por lo tanto su justo valor, que es mucho. Si el Athletic llega a salir derrotado del Molinón, a estas horas estaríamos advirtiendo de la trascendencia del próximo partido ante el Betis. El punto de Gijón, vale mucho más que un punto porque vale para mantener la distancia sobre el Sporting, siete puntos, ocho con el average, que es el equipo que marca el límite del descenso. Siete puntos y la propina, cuando solo quedan doce en juego, se antojan distancia suficiente. Aunque Pitágoras no lo certifique todavía, la lógica más elemental saca al Athletic del lío de la lucha por la permanencia.
Ese punto y la proximidad de la final permitirá a los que perpetraron el partido del Molinón cubrir su fechoría con el manto del olvido. Nadie recordará dentro de unas horas el lamentable espectáculo protagonizado por los de Caparrós. Su partido infame y sin sentido, su patética falta de los mínimos recursos del oficio para mantener a raya a un rival menor que juega con una soga atada al cuello, o a otro sitio sensible de su anatomía, de la que pende un enorme pedrusco con la palabra descenso tallada a cincel.
Es verdad que al Athletic le faltaban varias de sus piezas clave, por no decir todo su centro del campo, y que la retirada preventiva de Llorente dejó más huérfano al equipo si cabe, pero a un equipo de Primera cabe exigirle un poco más de criterio con el balón. Las dos faltas sacadas por Koikili desde cuarenta metros, por la vía del disparo directo, evidencian otro tipo de carencias más propias de Regional. ¿Nadie sabe hacer otra cosa que propinar un patadón absurdo al balón desde cuarenta metros?.
Del debut de Adrien Goñi poco hay que decir que no se haya dicho de otros estrenos de la era Caparrós. El chaval fue titular pero no regresó al campo después del descanso. Nadie sabe ni por qué jugó, ni por qué dejó de jugar. Sólo Caparrós, aunque cabe plantear la duda. Como tampoco conoce nadie las razones por las que Iñaki Muñoz no está entre los dieciséis o diecisiete jugadores que pueden sostener una temporada. Son misterios insondables, como el de Joseba del Olmo, reconvertido en Gijón en centrocampista pegado a la banda.
Probablemente un Athletic más entero hubiera dado buena cuenta de este Sporting que ha dejado de ser el equipo inconsciente y bullidor que planteaba los partidos a cara descubierta aun a riesgo de que se la partieran, para convertirse solo en el equipo que da la cara para que se la partan. Si el equipo de Preciado no fue capaz de ganar al Athletic, no se adivina a quién podrá doblegar en las cuatro jornadas que restan. Y no vale con recordar que tuvo más el balón y dominó durante casi todo el partido excepto, quizá, el primer cuarto de hora de la segunda parte. El fútbol tiene que ser algo más que eso. Más que dominar, el Sporting achuchó porque dominó en los choques individuales (choques en todos los sentidos) y porque frente a un equipo sin delantera y con medio centro del campo, lo normal es que consigas estar más tiempo cerca de su área que en la propia. Pero aun así, el Athletic tuvo en las botas de Vélez la ocasión de adelantarse antes del descanso, Iraola estrelló un remate en el poste, el larguero repelió un remate posterior, Vélez estrelló el balón contra el cuerpo de un defensa en la jugada que precedió al corner que provocó el gol y, finalmente, en esa jugada, Joseba Etxeberria cabeceó solo, Amorebieta hizo otro tanto en el área pequeña y, por si cupieran dudas, Iraola acabó por empujar el balón dentro de la portería.
En el otro lado, salvo el gol de Bilic, en un despiste defensivo que le dejó solo, poquito más. El empate final, justo o injusto, era el resultado más previsible para dos equipos que con el balón en los pies a lo más que podían aspirar era a no hacer el ridículo. Lo normal hubiera sido una igualada sin goles. Cada equipo marcó uno. Cosas más raras se han visto.
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