Muñiz Fernández es un árbitro malo, pero no peor que muchos de sus colegas. Le tengo por un colegiado un poco por encima de la paupérrima media que dan los árbitros españoles. Por eso, estoy convencido de que lo que hizo el sábado en San Mamés no fue la obra de un incompetente. Los incompetentes suelen repartir sus errores y Muñiz no los repartió. Se equivocó siempre hacia un lado, si es que lo que hizo pueden llamarse equivocaciones. Un árbitro sabe muy bien lo que está haciendo cuando en los primeros cinco minutos de partido carga con dos tarjetas amarillas a dos defensas del mismo equipo; sabe tanto como cuando deja sin sanción dos agresiones en el mismo periodo de tiempo. De la misma manera que no creo que Villar haya dado instrucciones en un sentido, me niego a creer que las haya dado en otro, es decir que, como insinuó Caparrós al final de partido, la Liga está viva gracias a la victoria del Madrid el sábado. Lo más probable es que Muñiz Fernández fuera por libre y que decidiera perpetrar su estrambote de acuerdo a su leal saber y entender. Él sabrá porqué lo hizo.
Es posible que el Real Madrid hubiese ganado el partido con un arbitraje normal. Jugadores tiene para hacerlo como demostraron Robben o Lass. Pero no lo hubiera hecho con tanta facilidad a cómo lo hizo gracias a la escabechina que perpetró el árbitro con el Athletic desde el pitido incial. Porque una de las claves del partido del sábado era la puesta en escena del Athletic. Como suelen ser clave en este tipo de partidos de alto voltaje los primeros quince minutos de los rojiblancos, ese arranque arrasador que, por ejemplo, laminó al Sevilla en la Copa, suele ser decisivo para la suerte del Athletic en el desarrollo del partido. Pues bien. Muñiz Fernández desactivó las armas rojiblancas permitiendo por un lado, y amonestando por el otro. Los de Caparrós no pudieron sostener su ritmo de caballería polaca en ese primer cuarto de hora porque el partido se paró y se trabó en una sucesión de broncas, discusiones y tarjetas. Los rojiblancos se llevaron los codazos y las tarjetas y eso permitió a los blancos zafarse de un asedio que temían. Maniatado Koikili por una amarilla en el minuto 6, Robben transformó su banda en una autopista por la que llegó el primer gol. Una falta inexistente de Ocio fue el preludio del segundo gol, en un balón que se comieron defensas y portero rojiblanco a partes iguales.
Parecía muerto el partido cuando Heinze (increíble que acabara sin tarjeta) hizo un autogol que marcó a la vez el resurgir y el hundimiento del Athletic. Casillas salió aparentemente a protestar que el Athletic siguiera el juego con un blanco caído en el césped. En realidad salió a provocar por ver si picaba algún pardillo. Lo hizo Yeste que se fue hacia él para empujarle, momento en el que Casillas cayó fulminado al suelo cogiéndose la cara (en la sala de prensa confesaría luego que Yeste no le tocó en la cara sino que le empujó en el pecho). Casillas, hasta el sábado querido por el público de San Mamés, recordó entonces a un personaje como Buyo.
Muñiz Fernández consideró que aquello era motivo de expulsión del capitán rojiblanco y alguien en el Athletic tendrá que considerar que aquello es motivo de una seria reflexión. No puede ser que un jugador, y menos el capitán, corra el riesgo de recibir una tarjeta a la vista de cómo estaban el partido y el árbitro.
Ni el gol del empate cabeceado por Llorente y propiciado por una cantada de Casillas, alimentó demasiadas esperanzas en la parroquia. Una cosa son los milagros y otra remontar al Madrid y al árbitro con uno menos. El gol de Huntelaar en el primer minuto de la segunda parte, en otro fallo de Iraizoz, fue la sentencia definitiva y el preludio de una goleada tan cruel como injusta.
Del encuentro quedan algunas lecturas. Por ejemplo, que el Athletic se obsesionó demasiado pronto con el árbitro y le perdió la cara al partido y al rival. Que Yeste debe reflexionar muy seriamente sobre lo que hizo. Que todo el equipo debe pensar que cuando no sale el plan A, tiene que haber un plan B y que cuando la tormenta arrecia es mejor guarecerse que salir a pecho descubierto. Que Caparrós haría bien en estudiar mejor los cambios. Los relevos que hizo en el segundo tiempo, lejos de servir para mejorar algo, no hicieron sino acabar de romper el equipo.
Una nota final. De Juande Ramos sabía que no había tenido empacho en romper a media temporada su contrato con el Sevilla para ir a hacerse millonario al Tottenham sólo para convertirse en uno de los técnicos más breves que ha conocido un banquillo inglés. Desde el sábado también sospecho que es un cínico o que no sabe ni cómo se escribe la palabra vergüenza. Decir, como dijo en la sala de prensa, que el árbitro no influyó en el desarrollo del partido le coloca en un lugar destacado en el poblado panteón de entrenadores de fútbol que tienen el rostro de hormigón armado. Caparrós estuvo brillante recordándole lo de Liverpool.
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