De nuevo el Athletic tropezó en la misma piedra. Suena ventajoso decir ahora que me lo temía, pero lo digo: me lo temía y grabado está en un programa de radio. Desde que Bielsa se hizo cargo del equipo está meridianamente claro que el Athletic sufre más en casa que de visita. Su fútbol requiere los espacios que normalmente encuentra lejos de San Mamés. A excepción el partidazo ante el Barcelona, el Athletic ha jugado mejor y ha dado más espectáculo como visitante que como anfitrión. Paradojas del fútbol, el equipo rojiblanco se desenvuelve mucho mejor ante grandes rivales que le tratan de igual a igual, que ante contrarios aconejados que lo fían todo en la destrucción. En este sentido, el Granada fue el equipo más miserable de los que han pasado ultimamente por San Mamés. Su mezquindad llegó a extremos escandalosos con la complacencia de un árbitro que a lo mejor se sabe el reglamento (argumento recurrente de los colegiados para desautorizar a sus críticos) pero no entiende el juego. Una jugada define la labor de Undiano Mallenco. Mediado el primer tiempo el portero visitante reclamó a las asistencias quejándose de molestias en la parte posterior del muslo derecho. Largamente atendido sobre el terreno, y llegado el balón a sus manos tras devolverlo el Athletic desde la banda, el guardameta sacó en largo con la pierna supuestamente lesionada. Si el árbitro no comprende que le acaban de tomar el pelo y no toma medidas en consecuencia, es que no entiende nada de lo que está pasando. Si además después de esa incidencia y de otras que hubo a lo largo de la primera parte, solo prorroga un minuto antes del descanso, es que también hay que dudar sobre su percepción espacio temporal.
Pero no fue Undiano el principal responsable de la derrota del Athletic. Eso hay que achacarselo a los propios rojiblancos, que nunca supieron por dónde hincarle el diente al correoso y ultradefensivo Granada. Durante la primera media hora, los de Bielsa practicaron la cristiana virtud de la paciencia hasta exasperar al propio santo Job. Toques y más toques en tres cuartos de campo buscando un hueco inexistente entre la doble barrera que dispuso Fabri al borde de su área. Por dentro Llorente empezó entonado pero acabó perdido en la maraña, Herrera lo intentó, pero no encontró socios, De Marcos corrió y peleó sin jerarquía, e Iturraspe se mostró desesperantemente lento y fallón en los pases. Por fuera, Iraola no fue el lateral incisivo que necesitaba el equipo en un partido de esas características, como tampoco lo fue Aurtenetxe, nulo en ataque. Muniain, pegado a la banda, se perdó en odiosas batallitas personales (alguien del club le tendrá que explicar a este chaval algunas cosas) y Susaeta volvió a desmerecer la confianza plena que en él ha depositado el entrenador.
Cuando el Granada consiguió su gol en el saque de un corner, en lo que constituyó su única aproximación a la portería de Iraizoz, el partido se puso donde quería el equipo andaluz, y donde temían los rojiblancos. La celebración del gol fue toda una declaración de intenciones. Tanta efusividad no se ve ni en una boda gitana. ¡Qué abrazos!, ¡qué besos!, ¡cuánto ir de aquí para allá saludando y dándose palmatidas!. Total, entre que Iraizoz sacó el balón de su red y Llorente lo puso en juego en el centro del campo, pasaron no menos de tres minutos. Sólo faltó que Fabri saliera del banquillo a echar arroz a sus chicos.
Hacía falta más velocidad y más precisión en el manejo del balón del que mostaron los rojiblancos para saltar un cerrojo que se fue apretando a medida que pasaban los minutos. Con diez jugadores por detrás de la pelota, desmayos repentinos que requerían la atención del siempre servicial colegiado, interminables conversaciones entre el portero y sus defensas cada vez que tenían que sacar de puerta los granadinos y una ansiedad creciente en la grada y en las filas rojiblancas, fue transcurriendo el segundo tiempo sin soluciones y, lo que es peor, sin ocasiones que evidenciaran la cercanía de un gol cada vez más imposible. Esta vez, ni los cambios funcionaron. Lógico y acertado el de Gabilondo por Aurtenetxe, para llevar a De Marcos a la banda y a Muniain al centro, quedó anulado con el siguiente movimiento, la retirada de Herrera, socio preferente del pequeño navarro, para dar entrada a David López, quien, por cierto, evidenció su jerarquía a balón parado. El último cambio, el de Iñigo Pérez por De Marcos solo se explica por el agotamiento del relevado y el intento de buscar una solución ya a la desesperada.
Tiene trabajo por delante Bielsa para dar con un remedio ante estos partidos porque me da que en adelante se van a repetir muy a menudo en San Mamés. Son encuentros que todos hemos visto muchas veces en la catedral y que tienen un guión muy reconocible. Si el Athletic es capaz de abrir la lata en un tiempo prudencial, lo normal es que la cosa acabe en goleada; pero si la portería se resiste, llegan los problemas. El Athletic no tiene un hombre resolutivo en el área, un delantero de veinticinco goles por temporada que sea capaz de desatascar esta clase de partidos. Por eso debería probar otras cosas. ¿Alguien ha prohibido disparar a puerta si el balón no está en el área pequeña?.¿Qué fue de la probada eficacia que tenían los rojiblancos con el balón parado el año pasado sin ir más lejos?. ¿No hay nadie más que David López y Gabilondo capaz de botar un corner medianamente decente?. Sería bueno tener respuestas a estas y otras preguntas antes de las visitas de Racing o del Zaragoza. De lo contrario la trilogía puede acabar en antología.
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