Todo eso les pasó a los jugadores y a los aficionados del Athletic que fueron a la capital austríaca. Les dijeron que iban a un partido de fútbol y se encontraron con una kermesse nazi con decoración inequívocamente española. Qué curioso que hubiera banderas rojigualdas con el águila imperial, de esas que se suelen ver en las manifestaciones que organizan los centristas y los obispos en Madrid, y una pancarta donde en letras de molde podía leerse Viva Franco, y en cambio no se viera una sola esvástica, ni se leyera un Heil Hitler o un Viva el Duce. Será que esto último es ilegal y está penado con la cárcel, mientras que aquello son cosas del lejano pasado que es mejor olvidar en lugar de dar la tabarra con la memoria histórica y esas cosas de rojos resentidos.
El Athletic y sus seguidores se vieron rodeados por una jauría de lobos que, aparte de causar miedo, llenaron de vergüenza a cualquier ser humano con un mínimo de decoro y memoria. No deben de estar en este grupo los responsables del Austria, ni los mandos policiales que permitieron a los nazis hacer y bramar todo lo que se les antojó durante las más de dos horas que duró el patético espectáculo. Sólo cabe esperar que la UEFA les aparte de las competiciones internacionales para una buena temporada.
En las mismas fauces de la alimañas, el Athletic dio una lección de saber estar y de madurez, consciente de su superioridad. El Austria había dado muestras sobradas en San Mamés de ser un equipo bastante marmolillo. Quedaba por resolver por qué llevaba una impresionante racha de imbatibilidad en su terreno pero ante los rojiblancos no dieron una sola razón. Siendo generosos, se les podrían conceder los diez primeros minutos del partido, el tiempo que tardaron Mikel San José e Iturraspe en hacerse con el sitio. Cuando se acoplaron a sus compañeros empezó a funcionar la maquinaria del Athletic y ya no paró hasta el final.
Caparrós puso en liza un equipo cuasi juvenil, porque a estos dos semidebutantes hay que añadir la presencia de Muniain haciendo pareja con Llorente. Todo funcionó a la perfección; buenas noticias otra vez de un equipo que ha marcado siete goles en sus dos últimas salidas.
En cuanto el Athletic se estiró pudo calibrar la endeblez del rival. Prácticamente en la primera llegada al área los de Caparrós se cobraron dos remates consecutivos al larguero y el primer gol, todo en la misma jugada. Bien es cierto que medió un fuera de juego flagrante de Javi Martínez, pero ya habíamos quedado en que el nivel de los árbitros es francamente mejorable, bien sean de Matalascañas y actúen en solitario, bien sean noruegos y trabajen en cuadrilla. Ni el linier, ni el juez de gol, ni el árbitro principal, vieron que Javi estaba dos metros por delante del último defensa austríaco cuando centró a la cabeza de San José.
El gol acabó por hundir cualquier esperanza del Austria. Después del descanso la superioridad del Athletic resultó abrumadora. La batuta de Yeste puso la necesaria pausa para que los rojiblancos bailaran en medio de la jauría. El gol de San José desencadenó la crónica de sucesos y a partir de ahí la danza resultó hasta humillante para los locales. Marcó otra vez Llorente, y si llega a estar medianamente fino, hubiera podido repetir suerte en otras dos o tres ocasiones. Fue la más dulce venganza después de tanta vileza.
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