Más sorprendente que el resultado del partido ante el Depor fue el epílogo que proporcionó Miguel Angel Lotina en la sala de prensa denunciando que es en San Mamés donde tiene que escuchar los peores insultos personales, procedentes de los aficionados que se sitúan detrás del banquillo visitante. Ni su condición de vizcaíno de Meñaka, ni su confesado sentimiento rojiblanco, ni que nunca Lotina haya dicho o hecho nada que pudiera molestar a ningún seguidor del Athletic ni a la institución, le han evitado el mal trago. Pero es lo que hay. Lotina lo ha denunciado en público porque se ha sentido especialmente dolido y porque cree, con razón, que le avala su trayectoria para hacerlo. Pero seguramente todos los entrenadores que visitan San Mamés podrían confirmar la denuncia del de Meñaka, con la diferencia de que a ellos les da lo mismo porque Bilbao no es más que otro desplazamiento de la temporada y, al fin y al cabo, en todos los campos ocurre lo mismo y si no, que se lo digan a cualquier entrenador el Athletic.
Y ese es el problema. Que lo denunciado por Lotina sea el síntoma de que San Mamés, su afición, se estén convirtiendo en un campo más, donde se insulta al contrario por el mero hecho de serlo, donde se pita al jugador de casa en cuanto comete dos errores...o donde se airea lo que gana un empleado cuando se le quiere desacreditar.
El Athletic no debe perder una de sus señas de identidad, la de contar con una afición ejemplar para con el equipo y para con el rival. Si media docena de impresentables da la nota, los que están alrededor deben ponerles en su sitio. Siempre ha sido así en San Mamés, o al menos eso es lo que yo había visto hasta ahora.
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