El Athletic cerró el viernes una temporada histórica que quedará para siempre en la memoria colectiva como el año en el que el equipo no jugó dos finales. Todos recordamos aquella primavera de 1977, cuando el Athletic solo cayó por el valor doble de los goles en campo contrario tras poner contra las cuerdas a una enorme Juventus en la que jugaba casi toda la selección italiana que ganaría el Mundial cinco años más tarde y cuando el Athletic perdió aquella final maldita ante el Betis después de adelantarse dos veces en el marcador y tras veinte lanzamientos desde el punto de penalti. Aquella primavera de 1977 el Athletic disputó dos finales; esta primavera de 2012, el Athletic ha hecho acto de presencia en dos finales. En ningún momento las ha disputado.
Se había hablado mucho de la final de Bucarest y se había alcanzado una especie de consenso para explicar las razones por las que ocurrió aquello. El exceso de presión pudo con los jugadores se dijo entonces. El consenso se extendía hasta la segunda final para coincidir en que la lección de la cita europea había tenido el suficiente impacto como para corregir el comportamiento del equipo en el nuevo compromiso. El Athletic competirá mejor contra el Barcelona, coincidíamos todos, porque el rival es de los que permiten otras alegrías y porque los de Bielsa han aprendido la lección, nos engañábamos. En nuestro fuero interno sabíamos que era más factible ganar al Atlético de Madrid que al Barcelona, que la final accesible era la europea, no la de Copa, pero nadie quiso manifestarlo en voz alta para no romper el encanto. La formidable afición rojiblanca se activó de nuevo para protagonizar un nuevo hito. ¿Cuántos fueron a Madrid?. Muchos. Muchísimos. Sobran las cifras que tanto huelen a propaganda. Nadie necesita una cifra para autoafirmarse cuando no tiene dudas. Y la afición del Athletic no tiene dudas, es la definición por antonomasia de la palabra incondicional. Por esa afición duele en el alma lo que ocurrió el viernes por la noche en el Vicente Calderón.
Cuarenta y ocho horas de reflexión y constraste de pareceres no sirven para encontrar una respuesta taxativa a las preguntas que dejó en el aire la nueva final perdida.
Caben tres hipótesis principales para explicar lo ocurrido. Una. El Barcelona salió al partido como un vendaval desatado y ante un rival de esa calidad y jugando a tantas revoluciones, no hay nada que hacer; nadie puede parar semejante tormenta futbolística como nadie puede hacer nada cuando la Naturaleza se desata. Por lo tanto, solo queda reconocer la superioridad del rival y admitir que ni el Athletic ni el mejor equipo del mundo hubiera sido capaz de evitar aquello. Dos. El Barcelona salió en tromba pero hay formas de frenar a un rival de esas características. Se puede intentar parar el partido por cualquier medio hasta conseguir enfriarlo, pero para eso hay que salir con tanta energía o más que el rival y el Athletic no lo hizo. No se puede consentir recibir dos ocasiones claras y un gol en tan solo dos minutos. Por lo tanto, el Barcelona es muy bueno, pero el Athletic no estuvo a la altura de las circunstancias. Tres. El Athletic ha sufrido en estas dos finales una inaudita acumulación de mala suerte. En Bucarest recibió el primer gol en el minuto seis, en el primer remate del rival y el segundo gol llegó en el segundo remate. El Barcelona marcó a la tercera, pero en condiciones normales nadie encaja un gol en el minuto dos de una final. Por lo tanto todo ha sido debido a una cuestión de mala suerte, si en la definición de mala suerte caben también los despistes defensivos, individales y colectivos. El primer gol del Barcelona llegó tras un balón que le rebota a Javi Martínez, y el segundo después de una pérdida de Amorebieta.
Cualquiera de estas tres hipótesis o la suma de todas puede valer para explicar el nuevo fracaso. Se ha extendido, sin embargo, la idea de que el equipo ha llegado agotado a las finales y que esa ha sido la principal causa de las derrotas. Se parte de una verdad para llegar a una conclusión errónea. Es cierto que el equipo ha llegado exhausto a los partidos clave de la temporada; cansado física y emocionalmente y con los principales protagonistas lastrados por esas lesiones acumulativas que no acaban de inhabilitar para jugar aunque merman el rendimiento. Pero las derrotas del Athletic se han producido en ambos casos en los veinte primeros minutos del partido, lo que anula la teoría del cansancio.
Volvamos pues a las hipótesis iniciales. El Barcelona tuvo una salida brutal de juego y de actitud. Como si los jugadores, en su afán de rendir un homenaje de despedida a Guardiola, quisieran dejar las cosas claras desde el principio. Cuando un equipo de tanta calidad juega con semejante intensidad es prácticamente imposible pararlo. Equipos mucho más solventes en su faceta defensiva se han visto desbordados por un Barcelona como el de los primeros minutos de la final. Los que apelan a la memoria del Chelsea harían bien en repasar aquel partido para recordar las innumerables ocasiones que desperdiciaron los blaugrana. Contra el Athletic tuvieron más puntería o los rojiblancos, menos suerte. El Barcelona hizo tres dianas en cinco remates. Solo falló los dos primeros. Los tres siguientes tuvieron reflejo en el marcador. Tenemos pues a un Barcelona desatado, pletórico de juego y puntería. ¿Qué podía hacer al Athletic ante semejante rival?. Muy poco dentro del Reglamento. Ni siquiera merece la pena discutir sobre la oportunidad de los cambios que introdujo Bielsa en la alineación porque no hubo tiempo material para contrastar su eficacia.
Tristeza por la nueva derrota, frustración por las esperanzas traicionadas, comprensión ante el fallo emocional de los jugadores en Bucarest, resignación ante la superioridad manifiesta del Barcelona, un cierto enfado porque el equipo no ha sido ni la sombra de lo que puede ser, orgullo por un grupo que ha llegado tan lejos sin renunciar a su ideal...el estado de ánimo de la afición es ahora mismo el resultado de todo un cúmulo de sensaciones, algunas contrapuestas. Es pronto todavía para hacer un balance definitivo porque no es bueno, ni responderían a la realidad, extraer conclusiones con la herida de las dos derrotas sangrante todavía. Pero tampoco hace falta tomar mucha distancia para calificar esta temporada como sobresaliente. Duele perder dos finales, pero hay que llegar alli para perderlas. Y el Athletic ha llegado a dos en un mismo año y de manera brillante. Esperemos que haya aprendido a quedarse. El fútbol es una metáfora de la vida y de la muerte constantemente repetida. El Athletic hoy está muerto porque le han matado dos veces, y su afición está en pleno duelo, pero muy pronto, en apenas mes y medio, cuando los leones vuelvan a Lezama a iniciar la nueva pretemporada, el Athletic estará vivo otra vez, con todas las ilusiones renovadas, preparado para aprovechar esa nueva oportunidad que siempre concede el fútbol. Recordaremos siempre esta temporada como aquella en la que el Athletic no jugó las dos finales a las que llegó, pero habrá más temporadas y más finales. Seguro.
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