Han dado mucho que hablar y escribir esas lágrimas porque a simple vista se perciben sinceras y desconsoladas. No eran las lagrimillas que puede verter cualquier deportista ante la constatación de que no ha alcanzado su objetivo. Eran la llorera incontenible de quien siente que acaba de perder algo mucho más importante que un simple triunfo deportivo, de quien se da cuenta de que acaba de ocurrir algo irreparable.
Pero en esas estábamos cuando llegó Bielsa a la sala de prensa y lejos de caer en la tentación, comprensible, de poner paños calientes o un hombro amigo en el que llorar, sacó el genio del ganador, el que hacía falta en aquellos momentos. Entre tanta palmadita en la espalda, su reflexión sonó como un puñetazo encima de la mesa capaz de sacar de su ensimismamiento al más depresivo de la audiencia. "Es natural que estar lejos del objetivo produzca desconsuelo, pero no es el momento de consolarnos ni creo que lo merezca. Todo el mundo reflexiona y busca respuestas, pero son situaciones que hay que vivir y no conviene evitarlas ni suavizarlas". Así de claro, así de contundente.
Son situaciones que hay que vivir y no conviene evitarlas ni suavizarlas. Es una noticia que en estos tiempos alguien se manifieste tan abiertamente en contra de la tendencia actual a minimizar los daños sean estos del orden que sean, aunque con más ahínco cuando se trate de daños morales. El fútbol es un juego en el que se gana y se pierde y las finales son esos partidos que, como su propio nombre indica, no tienen continuación. Se acaban para siempre cuando pita el árbitro. A diferencia de la Liga, en las finales no hay empate, ni un próximo domingo en el que sea posible recuperar lo perdido en el anterior. Uno gana y otro pierde. Uno llora y otro ríe. Cara o cruz. Y no tiene sentido evitarlo ni suavizarlo. Es lo que hay. Y conviene aprenderlo cuanto antes.
Koldo Agirre no tuvo necesidad de decirles nada de eso a sus chicos cuando cayeron ante la Juventus hace treinta y cinco años. Era otra generación mucho más familiarizada con la frustración y con las situaciones complicadas tanto en el fútbol como en otras circunstancias de la vida. A nadie se le ocurrió entonces que hubiera necesidad de levantar el ánimo a la muchachada. San Mamés apretó los dientes y ovacionó a unos jugadores que se habían dejado el alma sobre el césped. También hubo lágrimas de rabia, de frustración y de impotencia aquella noche en la catedral, claro que las hubo, pero se quedaron allí. Cuatro días después de aquella final perdida, el Athletic le ganó 2-1 a la UD Las Palmas para asegurar el tercer puesto de la Liga, justo por encima de los canarios, que fueron cuartos. Once días más tarde le metieron cinco goles al Sevilla en los cuartos de final de la Copa y en semifinales le hicieron seis a la UD Salamanca. Se levantaron y siguieron jugando bien y ganando porque aquel era un gran equipo. Como lo es éste. La decisión del club de evitar ayer un recibimento en el aeropuerto fue la más acertada que pudo tomar. De la misma forma que hace tres años se cometió uno de los mayores errores de la historia de la institución con aquel acto infame tras la final perdida contra el Barcelona. Parece que esa lección está aprendida, aunque el recordatorio de Bielsa no ha podido ser más oportuno.
Hay más lecciones a extraer de la derrota de Bucarest. El entusiasmo desbordado y retroalimentado con el que se vivieron los días previos, por ejemplo, podría ser también objeto de reflexión por lo que influyó en el estado de ánimo de los jugadores cuando saltaron al césped del Estadio Nacional y por la frustración que ha generado en buena parte de una afición que acabó creyéndose que la victoria estaba poco menos que conseguida solo porque somos los mejores, nos lo merecemos y somos únicos. Es comprensible la sobreexcitación ante un acontecimiento como una final europea que solo se ha vivido una vez en los 114 años de la historia del Athletic, pero ha quedado meridianamente claro que los jugadores no han podido sobrellevar el peso de la responsabilidad histórica que ha recaído sobre sus hombros. A su juventud e inexperiencia le han tenido que sumar la trascendencia de una movilización popular insólita hasta para un club tan singularmente arraigado en su entorno como el Athletic, y no han podido con tanta carga. Hubiera sido mucho mejor que todos nos hubiéramos tomado esta final con más naturalidad y los jugadores hubieran afrontado su responsabilidad en su justo término. Pero eso es más fácil escribirlo que hacerlo. Nos pudo la pasión.
Sería deseable tomar nota de cara a la próxima final de Copa. Para empezar, la trascendencia histórica no es tal porque el Athletic ya acumula veinticuatro Copas en sus vitrinas y hace tres años jugó su última final. Jugar y ganar la Copa es algo más habitual en la tradición rojiblanca y aunque haya que remontarse a veintiocho atrás para encontrar el último éxito, estamos ante un escenario diferente. El jarro de agua fría de Bucarest y la entidad del rival colaborarán a que todos, afición y equipo, se tomen las cosas de otra manera.
Una última cuestión. Dejemos en paz la dichosa gabarra. Si tiene que salir, saldrá y todos estaremos encantados de que lo haga. Tampoco es tan complicado. Anunciar a bombo y platillo pruebas de navegabilidad, condiciones, horarios y programas de festejos es, cuando menos, de dudoso gusto para con un rival al que se está dando por derrotado de antemano y la mejor forma de que nos prestemos a ser pasto de la caricatura. Recurramos a la empatía. ¿Cómo nos hubiera sentado que el Atlético de Madrid se pasara la semana previa a la final anunciando su programa de actos en la fuente de Neptuno o qué pensaríamos del Barcelona si empezaran mañana a vallar Canaletas?. Es difícil encontrar los límites en estos tiempos de desmesura, pero conviene intentarlo. Aunque solo sea para no perder la perspectiva.
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