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domingo, 15 de abril de 2012

Victoria en tono menor

Había demasiadas sensaciones ajenas al fútbol para esperar un gran partido en San Mamés. Habían pasado demasiadas cosas la última semana como para que la gente estuviera a lo que hay que estar cuando se va a un campo. Había demasiados condicionantes externos que acabaron marcando el rumbo de un partido tristón, jugado en tono menor por el Athletic, como si los leones hubieran acudido a San Mamés en régimen de servicios mínimos.
La ceremonia del fútbol requiere de un ritual complejo que complementa la mera disputa de un partido por dos equipos. El fútbol es pasión, ambiente, ruido... todo lo que faltó en San Mamés. Por esa razón, esos raros partidos que se juegan a puerta cerrada no suelen ser fútbol tal y como lo entendemos en su globalidad; porque el silencio que les rodea nos suena raro. Y el choque contra el Mallorca tuvo bastante de partido a puerta cerrada por la actitud del público, que tuvo más presente lo que pasó en una calle de Bilbao que lo que estaba pasando sobre el bien cuidado césped de la catedral. Las pancartas en el graderío, las ikurriñas con crespón negro...estaban en las antípodas del ambiente festivo y apasionado que rodea un partido y condiciona las acciones de los jugadores. El recuerdo de Iñigo Cabacas estaba por encima de cualquier otra consideración. La muerte violenta del joven hincha del Athletic no podía pasar desapercibida en San Mamés, y no pasó.
Fue un partido raro, con muy poquita historia. Se diría que los jugadores de los dos equipos se vieron cohibidos por el ambiente que les rodeaba y optaron también por el silencio futbolístico. No hubo gritos en forma de grandes jugadas sino un susurro continuo de fútbol ramplón y previsible, a tono con la tarde tristona.
Afortunadamente, el Athletic se encontró con un Mallorca inerte, un rival que no dio señales de vida a lo largo de los noventa minutos; ni siquiera el tiro de Bigas a la base del poste merece ser tenido en cuenta por lo aislado de la acción en el contexto del partido.
La cosa se le puso de cara al Athletic muy pronto. A los doce minutos Ibai Gómez botó una falta desde la banda derecha dándole al balón la trayectoria y la velocidad precisa. Fue un centro de esos que van diciendo a un delantero remátame y, claro, Llorente no despreció la invitación. Libre de marca en el área pequeña, su cabezazo hizo honor a la calidad del servicio.
Se suponía que ese gol obligaría al Mallorca a cambiar sobre la marcha el guión que traía desde el vestuario, pero no hubo tal. Al Athletic le bastó con aplicarse en una presión ordenada para mantener prácticamente al rival en su campo hasta el descanso. Estuvo más cerca el segundo gol de los rojiblancos que la reacción insular, pero tampoco tenían los de Bielsa una tarde especialmente inspirada.
Por segunda vez consecutiva, antes ocurrió contra el Sevilla, Bielsa maniobró a lo largo de la segunda parte como un entrenador al uso y no como el genio imprevisible capaz de apostar por la alternativa más inesperada. De nuevo prefirió ir consolidando al equipo a medida que pasaban los minutos. Nada más regresar del vestuario retiró a Herrera para reforzar la defensa con Ekiza y posteriormente dio un respiro a Llorente dando entrada a Toquero. El regreso de Gabilondo a San Mamés después de muchos meses de ausencia, fue otra noticia del partido.
Lógicamente, Caparrós maniobró en dirección contraria. Apostó por Chori Castro y la presencia del delantero dio algo más de profundidad a un Mallorca que seguía muy romo. El cambio de dibujo del Athletic permitió a los balerares una presencia más continuada en territorio rival, pero todas las ocasiones de la segunda parte fueron rojiblancas. Si el Athletic no amplió su ventaja fue por una cuestión de desacierto en el último pase o en el remate.
Sólo las numerosas desgracias que ha sufrido el Athletic en los últimos minutos, mantuvo a la afición inquieta hasta el final, pese a la inoperancia del Mallorca. Un análisis despojado del factor último minuto desvela que el equipo de Bielsa sumó uno de los triunfos más cómodos de toda la temporada.
Esa comodidad hubiera sido más evidente si Toquero llega a marcar lo que en tiempos pretéritos, cuando lo políticamente correcto era un concepto desconocido, se dio en llamar el gol del cojo. Hoy sería el gol del disminuido físico,que suena mejor pero describe peor. Para los más jóvenes, nos remontamos a los tiempos en los que el Reglamento no permitía cambios. En aquellos tiempos si alguien caía lesionado en el transcurso del partido, quedaba desterrado a la posición de extremo derecho. Allí, pegado a la banda, inválido y desvalido, acababa olvidado por compañeros y rivales, que se despreocupaban del lisiado hasta que en el despiste, cazaba algún balón suelto y lo llevaba a la red. El larguero impidió que Toquero marcara el gol del cojo. La madera privó al bravo delantero del premio que merecía su coraje. Su acción fue la única de todo el partido que arrancó el rugido de la grada; la única que nos devolvió al fútbol en una tarde en la que todos estuvimos con la cabeza en otra parte.
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jueves, 9 de febrero de 2012

El objetivo no es llegar a la final, sino ganarla

Le tomo prestada la frase a Marcelo Bielsa para titular la reflexión inicial el primer día en el que hemos empezado a jugar la final. Tenemos tres meses por delante y seguro que habrá más aspectos que comentar, esperemos que más agradables y propiciadoras de la unidad rojiblanca, que todas aquellas cosas que se dijeron en los tormentosos días previos a la última final, aquella que se recordará más por el juego que dio un notario que por el exhibido por el equipo sobre el terreno de juego.
Han cambiado muchas cosas en estos tres años. Para empezar, la propia vivencia de la semifinal. Hace tres temporadas, el Athletic llevaba un cuarto de siglo sin alcanzar el partido trascendente, aunque se había asomado en un par de ocasiones a la semifinal. Aquel cruce contra el Sevilla tuvo mucho de épico por su carácter histórico. Llegaba la semifinal a Bilbao después de un 2-1 en el Sánchez Pizjuán, logrado en el último minuto por el Sevilla (sí, entonces también el Athletic sufría el último minuto), después de que Llorente hubiera adelantado al equipo antes del descanso. Aquel gol del delantero centro pesaba una tonelada de ilusión en los corazones rojiblancos porque valía una victoria mínima en San Mamés para alcanzar el objetivo. La familia rojiblanca se movilizó como hacía mucho que no lo hacía. Puestos a hacer memoria, San Mamés vivió un ambiente tan potente como cuando el Athletic logró su último título de Liga. Fue una explosión que nació en el corazón de todos y cada uno; nadie tuvo que convocar a los aficionados para que esperaran al equipo a las puertas del hotel, ni nadie organizó a miles de personas para que se apostaran a lo largo de todo el recorrido hasta el campo. Símplemente, sucedió porque la afición percibió que la Copa y el Athletic volvían a encontrarse en el camino. Aquello tuvo la verdad de lo espontáneo. Tres años después, ni la entidad del rival ni las circunstancias del partido han sido las mismas; la fiesta ha sido parecida a primera vista, pero en el fondo ha tenido un algo de impostura que le ha restado autenticidad. Los entusiasmos organizados y previstos, no son tan contagiosos, aunque tampoco vienen mal en estos tiempos. En cualquier caso, que las nuevas generaciones se acostumbren a protagonizar nuevos capítulos de la historia, en lugar de limitarse a escuchar las batallitas de sus padres, también es una buena noticia. Hasta aquí la disgresión pureta.
Han cambiado más cosas y de ahí el titular con la frase de Bielsa. Ahora la percepción de la final es muy distinta a la que se tenía hace tres años. Entonces sí era un objetivo en sí mismo llegar a la final porque incluía el premio del pasaporte europeo. A nadie se le pasaba por la cabeza que el Athletic tuviera alguna posibilidad de ganar a aquel Barcelona que estaba dando sus primeros pasos hacia la meta de ganar todos los títulos en disputa aquel año. Como mucho, el aficionado más optimista soñaba con un remoto e improbable milagro. Ahora, mientras el Athletic goleaba al Mirandés, en su fueron interno los aficionados rojiblancos se adelantaban al pensamiento que expresaría más tarde Bielsa en voz alta: las finales están para ganarlas y a día de hoy este Athletic puede ganar a cualquiera a un solo partido, incluso a este Barcelona que vuelve a cruzarse en el camino. Suelen decir los futbolistas en la derrota que una de las grandezas del fútbol es que siempre te concede la oportunidad de una revancha. Ahí la tienen los leones.
Han cambiado muchas cosas de fondo en estos tres años. La plantilla y el equipo titular sobre todo. Tomando como referencia otras dos finales jugadas en un intervalo de tres años, las de 1955 y 1958, la famosa de los once aldeanos, y repasando las alineaciones que presentó el Athletic, encontramos que tan solo hubo tres cambios, uno de ellos completamente circunstancial. Los once que ganaron al Sevilla en 1958 por 1-0 fueron: Carmelo, Orue, Garay, Artetxe; Mauri, Mauregi; Azkarate, Markaida, Arieta I, Uribe y Gainza. Solo Azkarate, Markaida y Maguregi no estuvieron en la alineación de los once aldeanos. Sus sitios los ocuparon Canito, Etura y Koldo Agirre.
Es verdad que el fútbol ha cambiado mucho y que ahora todo sucede a velocidad de vértigo. Hace tres décadas los aficionados se sabían, además de la suya, buena parte de las alineaciones de todos los rivales. Cada equipo tenía un ramillete de jugadores determinados, identificados con una camiseta y un escudo, que debutaban y se retiraban en el mismo club. Los niños de entonces sabían que a cada cara, a cada nombre, le correspondía una camiseta, siempre la misma, en las colecciones de cromos.
Por su propia peculiaridad, el Athletic se ha mantenido un poco al margen de esa vorágine de compras y ventas, idas y venidas. Por eso llama la atención el repaso de los protagonistas de la final del 2009, comparada aquella lista con la alineación y convocatoria del partido contra el Mirandés que, salvo catástrofe natural, serán muy parecidas a las que presentará Bielsa el día de la final. Caparrós alineó a Iraizoz, Iraola, Ocio, Amorebieta, Koikili; David López, Orbaiz, Javi Martínez, Yeste; Llorente y Toquero. Desde el banquillo salieron Susaeta, Joseba Etxeberria y Jon Vélez y se quedaron sin jugar Armando, Gurpegui, Etxeita y Balenziaga.
Ante el Mirandés repitieron Iraizoz, Iraola, Amorebieta, Javi Martínez y Llorente, solo cuatro fútbolistas de campo. Los nuevos fueron Aurtenetxe, De Marcos, Muniain, Herrera y Susaeta como titular. Desde el banquillo salieron San José, Iñigo Pérez y David López, y se quedaron sin jugar Raul y Toquero. Siete de los jugadores convocados para la final de Valencia ni siquiera pertenecen a la disciplina del Athletic y el técnico no cuenta para nada con dos más.
La renovación ha sido cosa tanto de Caparrós como de Bielsa, puesto que el técnico de Utrera permaneció en el Athletic hasta dos años después de aquella final. Casi se podría afirmar que las altas fueron cosa de Caparrós y las bajas de Bielsa, quien no ha hecho fichaje alguno y se ha limitado a redimensionar una plantilla heredada, dicho en términos numéricos, puesto que su aportación en aspectos técnicos y tácticos y en la reubicación de determinados jugadores, tanto en el campo como en el escalafón de la plantilla, ha sido mucho más enriquecedora.
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jueves, 26 de enero de 2012

Justicia poética

El jardinero del Iberostar acabó haciéndole la vida más fácil al Athletic en Mallorca. El erial que tienen por aquellos pagos como campo de fútbol, acabó jugando una mala pasada a sus inquilinos. El equipo de Bielsa no estaba sufriendo ningún apuro para defender la renta del primer partido pero estaba a la espera del asalto con todo que los de Caparrós debían ejecutar en los últimos minutos. Faltaba un cuarto de hora para el final cuando Ramis cedió el balón a su portero, Calatayud puso el interior de su bota derecha para recibir el envío y éste, juguetón, saltó por encima para terminar alojándose en la red. El ondarrutarra Zubikarai debió esbozar una sonrisa amarga en aquel momento. Algunas generaciones de rojiblancos, los que sufrieron más de un infierno en el viejo Luis Sitjar, los que jugaron con unos pantalones verdes, los que cayeron allí en otra eliminatoria copera... el tesorero del club que sigue intentando tapar el agujero del impago de Aduriz, se reirían con ganas con el número cómico y por la alegría de ver a su equipo definitivamente en la semifinal. Los más veteranos retrocedieron casi una veintena de años, cuando en un amistoso jugado en San Mamés, el gran Franco Baresi le coló un gol idéntico a Taconi. En aquella ocasión la culpa no la tuvo el césped, sino una bolita de papel albal estratégicamente situada en el borde del área pequeña del gol norte. El invencible Milan cayó en la catedral rompiendo una racha de alrededor de un centenar de partidos invicto. Capello dijo que aquello no contaba porque era un amistoso. Otros tiempos.
El gol de Ramis decidió el partido de Mallorca, pero no la eliminatoria. Esa llevaba mucho tiempo decantada, prácticamente desde que acabó el encuentro de San Mamés. Meterle dos goles a este Athletic es tarea reservada a equipos mucho más grandes o que jueguen con más grandeza que el Mallorca. Joaquín Caparrós planteó el partido casi en el plano psicológico. Su idea era no sufrir daños irreparables al principio, para poder llegar al tramo decisivo con posibilidades de éxito. Durante todo el primer tiempo, el equipo que tenía que remontar se dedicó más a defender que a atacar, una paradoja nacida de la mente de su entrenador. El Athletic hizo eso que ahora se llama defender con el balón, esto es, mantener su posesión de forma que el rival no tenga otra cosa que hacer que mirar. Durante muchísimo tiempo la pelota circuló de las botas de Javi Martínez a las de Amorebieta, de las de éste a las de Iturraspe, y vuelta a empezar. Alguna vez se asomaba por allí algún mallorquinista a hacer como que presionaba, poca cosa como para inquietar a un Iraizoz que no tuvo que intervenir para otra cosa que no fuera devolver una cesión o sacar de puerta. Defender tan lejos de la portería evita cualquier sensación de agobio y eso siempre se agradece.
El Athletic tuvo algunas ocasiones para remachar la eliminatoria, casi siempre por fallos de defensas o portero rivales, pero ni Muniain, ni De Marcos, ni Llorente anduvieron finos. La lesión de Muniain cerca del descanso obligó al técnico a reordenar el esquema dando entrada a Toquero y cambiando de banda a Susaeta. Fueron unos movimientos que condicionaron lo que ocurrió a continuación.
Tras el descanso Caparrós puso en marcha la segunda parte de su idea, aunque fue el Athletic el que le facilitó las cosas. Ocurrió que los rojiblancos perdieron el balón que había sido suyo durante todo el primer tiempo. Muniain es un jugador que incluso lejos de su mejor momento, aporta una considerable posesión de la pelota y ofrece soluciones a sus compañeros para mantenerla. Susaeta no compensó su ausencia en esa faceta porque el de Eibar no entró tantas veces al centro como lo hace Muniain. Para colmo a Herrera le dio por ponerse fallón en el pase y el control hasta el punto de que Bielsa le retiró para el cuarto de hora. El Athletic perdió el centro del campo, Toquero y Llorente quedaron desconectados y los rojiblancos se tuvieron que dedicar a defender en plan clásico, o sea, con la defensa en el borde del área y siempre expuestos al albur de las decisiones de un árbitro de criterio imprevisible. Pereira creaba problemas a Aurtenetxe y buscaba el área como escenario donde poner en práctica sus dotes interpretativas, aunque, afortundamente, Del Cerro Grande no picó. No hubo nunca peligro real, pero sí una permanente e incómoda sensación de incertidumbre.
La salida al campo de Chori Castro, su hombre más incisivo, culminó la pregonada estrategia de Caparrós, pero la noticia fue el propio Athletic, el más defensivo y vulgar de toda la era Bielsa, encerrado atrás, definitivamente perdido el balón y renunciando a cualquier cosa que no fuera dejar pasar el tiempo, sostenido únicamente en la seguridad de los imperiales Javi Martínez y Amorebieta, bien secundados por Iraola. Como rendidos al influjo de su antiguo entrenador, los rojiblancos recuperaron modos y maneras que creíamos olvidados. Vimos durante ese tramo del partido a un Athletic ramplón y especulador que nada tuvo que ver con el equipo alegre y ambicioso al que ya nos habíamos acostumbrado. Dicen que todo se contagia menos la hermosura y el Athletic se contagió del fútbol áspero y tosco de su rival dejándose llevar a un terreno que no le convenía. Llegó ese gol que volveremos a ver en los resúmenes de la próxima nochevieja y el Mallorca se quedó sin poder desarrollar la tercera parte de su plan, ese que apuntaba a la búsqueda del milagro en el último cuarto de hora.
La final queda a un solo paso, el que obliga a superar al sorprendente Mirandés y el Athletic llega a la cita presentando un balance copero de cinco victorias, un empate, nueve goles a favor y ninguno en contra. El equipo de Pouso tiene mucho mérito y Anduva será un fortín, vale, pero en septiembre hubieramos aplaudido con las orejas si nos dicen que a estas alturas estaríamos ante semejante escenario.
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jueves, 19 de enero de 2012

Esto tiene buena pinta

Todo ocurrió según el guión previsto. El Athletic y el Mallorca salieron a hacer el fútbol que practican habitualmente. Unos a tocar, a jugar y a mirar a la porteria contraria; los otros a aguantar, a cerrar, a emboscar y a tratar de sorprender. Durante algunos minutos pareció que el plan de los otros se podía imponer. Iraizoz se tuvo que emplear a fondo para repeler dos duros remates y en otra oportunidad el balón pasó de largo por su área pequeña sin encontrar rematador. En el otro lado, el buen trato al balón, la paciencia, el atrevimiento para buscar el resquicio en medio de la maleza, no encontraba premio. El portero despejó casi sin querer un remate de Llorente, Herrera disparó duro pero diez centímetros desviado de la base del poste y De Marcos no acertó por dos veces a centrar en condiciones para culminar buenas combinaciones de Susaeta y Herrera. Lo consiguió a la tercera y puso el balón en la cabeza de Llorente para que éste lo alojara en las mallas. Antes de que se llegara a la mitad de la representación el chico bueno ya ganaba al villano y el final feliz se adivinaba por encima del suspense.
Bielsa suele referirse al reglamento como una herramienta a utilizar para mejorar el juego; Caparrós prefiere elucubrar con eso que se ha dado en llamar el otro fútbol, un concepto que todo el mundo entiende pese a que parezca tan difuso. Antes del descanso el Mallorca ya había cometido más de una docena de faltas señaladas por el árbitro mientras que sobraban los dedos de una mano para contar las del Athletic. No deja de ser una concepción utilitaria del reglamento, siempre que haya un árbitro que lo permita. González González es uno de esos colegiados que se saben la norma pero desconocen el juego. El error de su ayudante, anulando el tercer gol a Susaeta por un fuera de juego inexistente, con ser muy grave por su influencia en el resultado, es más comprensible que el criterio que empleó el árbitro en el aspecto disciplinario de su actuación. Se comportó como un marciano que hubiera llegado dos horas antes a la tierra, desconocedor absoluto de las características de los jugadores y de las intenciones de los equipos, pretendiendo repartir justicia por igual a dos grupos que no tenían el mismo comportamiento.
Si una virtud tuvo el Athletic fue su capacidad para mantener la cabeza fría y no perder la paciencia durante los largos minutos en los que le costó hincar el diente a la poblada defensa de un Mallorca que siempre dejaba descolgado a alguien con la caña preparada, lo que obligaba al Athletic a mantener la cautela. Lo de los rojiblancos fue un trabajo de demolición llevado a cabo con sistema y con perseverancia. Hace tiempo que el público de San Mamés ha entendido qué es lo que pretende su equipo y donde antes había murmullos y gestos de desaprobación cuando el balón viajaba en dirección contraria a la portería rival, ahora son aplausos de reconocimiento a la inteligencia de unos jugadores que si no encuentran el camino por un lado, dan varios pasos atrás para buscarlo por el otro.
El fútbol es tan especial que contradice hasta los principios más sólidamente asentados en la mente humana. Así, el rectángulo de juego es el único espacio del mundo donde la línea recta no siempre es el camino más corto entre dos puntos. En fútbol el rodeo, la línea quebrada, son muchas veces atajos hacia la portería contraria, aunque a primera vista pueda parecer lo contrario. Así llegó el primer gol, cuando Herrera abrió para que De Marcos levantara un centro preciso a la cabeza de Llorente. En el fondo fue una triangulación de las tantas que hace el Athletic a lo largo de todos los partidos, solo que dos de sus lados se dibujaron dentro del área.
El gol no alteró el guión. Dio la impresión de que el Mallorca daba por buena la derrota mínima, con la que seguía dentro del partido y de la eliminatoria. Si se hubiera tratado de un partido de Liga, el tanto hubiera cambiado el escenario. Pero en la Copa la eliminatoria dura 180 minutos por lo menos, y las valoraciones son distintas. El Mallorca no se abrió, se diría que, al contrario, extremó las precaciones ante un rival crecido con la ventaja y convencido de que estaba transitando por el camino adecuado, el que lleva a la semifinal.
Un lujo de Susaeta llevándose el balón de espuela precedió al gol de Muniain, un tanto que resume todas las contradiciones que encierra este juego. Si alguien conoce a este equipo ese es Caparrós, si alguien preparó hasta el detalle más nimio para frenarlo, ese es el técnico utrerano. Marcajes, posicionamiento, ayudas, todo estaba previsto, pero fue el más pequeño y metió un gol de cabeza, un gol que llevaba buscando con ansiedad desde hacía tiempo y que se le venía negando precisamente porque el deseo le cegaba en el último instante.
Ahora, el partido y la eliminatoria ya estaban donde el Athletic quería y el Mallorca no tuvo más remedio que abrirse. Y ahí apareció un Athletic nuevo, un equipo sensato y con oficio, sólido le llamó su entrenador, capaz de manejar la pelota con solvencia en el tiempo y en el espacio, dominador siempre de la situación a la espera de asestar el golpe de gracia. El Mallorca solo pudo inquietarle a balón parado, recurso de los que no tienen más producción; poca cosa para un equipo que se siente cada vez más seguro y convencido de lo que hace.
Esto tiene buena pinta, muy buena pinta, y esto no es solo una eliminatoria en la que el Athletic ha avanzado mucho pero en la que tendrá que seguir trabajando otros noventa minutos. Tiene buena pinta el equipo, que sin dar un gran espectáculo como el día del Levante, se mostró más sólido, más hecho, ante un rival que le planteo problemas que hasta ahora no había sabido resolver. Los cerrojos se rompen con paciencia, con insistencia, con convicción en lo que uno está haciendo. Los de Bielsa demostraron que también se saben esa lección. Tiene buena pinta San Mamés, otra vez casi lleno y entregado a su equipo, cada vez más convencida la grada y cada vez más predispuesta a disfrutar del fútbol. Tiene buena pinta en definitiva el futuro. Este Athletic es un equipo que mejora de semana en semana, solvente, ahí están sus números, una gozosa realidad que apunta a un futuro ilusionante.
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miércoles, 18 de enero de 2012

Caparrós no es el primer entrenador del Athletic que vuelve a San Mamés como rival

El retorno de Joaquín Caparrós a San Mamés ocho meses y tres días después de aquel ya célebre partido contra el Málaga que significó su despedida de la catedral, ha levantado una expectación natural aunque no exenta de alimentación por parte de algunos medios, que no han dudado en recurrir a la metonimia de reducir esta eliminatoria a un enfrentamiento entre el Athletic y Caparrós, obviando directamente al Mallorca en sus titulares. La actuación que ha mantenido el técnico de Utrera desde que abandonó la disciplina rojiblanca es digna de elogio, puesto que en ningún momento se ha prestado a alimentar ese morbo que algunos buscaban. Si sobreinterpretó su papel durante los comicios hasta convertirse en el principal agente electoral del anterior presidente, una vez concluido el proceso su actitud ha sido totalemente respetuosa para la entidad y sus nuevos rectores, tanto directivos como deportivos, lo que descarta de antemano cualquier veleidad revanchista o de mal gusto. Otro tanto cabe decir de Marcelo Bielsa, quien hace unas semanas ya tuvo el detalle de elogiar el trabajo de su antecesor sin que mediara pregunta alguna al respecto.
La multiplicación de medios y la perenne necesidad de convertir en noticia de alcance el hecho más nimio cuando se habla de fútbol, hacían temer un mayor revuelo en torno a este regreso. Afortunadamente, y gracias fundamentalmente a la actitud de los protagonistas, ha habido más ruido que nueces y la cosa se cerrará previsiblemente con un recibiento cariñoso de San Mamés al que fue su entrenador durante las cuatro últimas temporadas. Algo de lo más natural, por encima de algún absurdo debate que se ha llegado a plantear sobre la conveniencia de tributar al técnico visitante un recibimiento excesivamente caluroso.
San Mamés tiene una larga experiencia recibiendo como visitantes a sus antiguos entrenadores, algunos de los cuales dejaron una huella mucho más profunda en forma de títulos, e incluso de polémicas, que la que ha dejado a su paso Joaquín Caparrós, así que nadie se sorprenderá por nada.
Fue Ferdinand Daucik el primero de los que regresó a la catedral dirigiendo al equipo visitante. Y lo hizo en varias ocasiones y bajo distintos colores. El cuñado de Kubala, que dirigió al Athletic que alcanzó su penúltimo doblete en la temporada 55-56, se acabó marchando víctima del desgaste de tres años intensos y de alguna excentricidad como la de colocar al portero Carmelo como delantero centro los últimos minutos de un amistoso, gota que, dicen, colmó el vaso de la paciencia de San Mamés. Los dos años siguientes a su marcha, regresó al frente del Atlético de Madrid. Más tarde volvería a San Mamés dirigiendo al Murcia, al Sevilla y al Espanyol.
El eibartarra Baltasar Albeniz, el entrenador de los once aldeanos que ganaron al final de Copa de 1958 en el Bernabéu al Real Madrid de Di Stéfano, volvió al año siguiente como técnico de la Unión Deportiva Las Palmas, y más tarde regresaría en dos ocasiones al frente de la Real Sociedad.
Martim Francisco, el primer técnico sudamericano del Athletic, padre de la era moderna del equipo juvenil, se sentó en el banquillo visitante de la catedral para dirigir al Betis y, en dos ocasiones, al Deportivo de La Coruña.
Dos viejas glorias como Rafa Iriondo y Koldo Agirre dirigieron en San Mamés al Betis y al Hércules respectivamente, sin olvidar que ambos se enfrentaron en aquella final de Copa Athletic-Betis, de infausto recuerdo para los rojiblancos.
Sus regresos nada tuvieron que ver con el que protagonizó Javier Clemente al frente del Espanyol en la temporada 86-87. La personalidad del técnico, sus logros deportivos y las circunstancias de su polémica salida confluyeron en la catedral un 22 de noviembre de 1986. El partido, muy disputado, se saldó con un 2-1 favorable a los entonces entrenados por Iribar. Clemente regresaría más veces a la catedral, aunque sus retornos fueron menos ruidosos. Desde el banquillo visitante dirigió al Atlético de Madrid, Betis y Rel Sociedad.
Iñaki Sáez, veinte años al frente de Lezama y una temporada en el primer equipo, también tuvo ocasión de enfrentarse al Athletic, aunque en su caso no pudo regresar a San Mamés. Dirigió como visitante a la Unión Deportiva Las Palmas, entonces en Segunda B, en un partido de Copa que se disputó en Mendizorroza por estar San Mamés cerrado por sanción federativa.
El austriaco Helmut Senekowitsch regresó como entrenador del Cádiz la temporada 88-89, años después de su efímero paso por el Athletic los años previos a la consecución de las últimas Ligas.
Txetxu Rojo y el malogrado Txutxi Aranguren, compañeros muchos años en la banda izquierda del Athletic y entrenadores efímeros del primer equipo, fueron también técnicos rivales. El extremo al frente del Celta, el Salamanca y el Zaragoza; el lateral en las filas del Logroñés.
La trayectoria de Jupp Heynckes fue más curiosa si cabe. Tras entrenar al Athletic, regresó a San Mamés como técnico del Tenerife y del Real Madrid, antes de volver de nuevo a la disciplina rojiblanca.
Si un regreso pudo despertar el morbo de los medios y de los aficionados, y si un entrenador era merecedor de algún desagravio, ese fue Jabo Irureta, pero no hubo tanto ruido cuando volvió por primera vez al frente de la Real Sociedad, ni cuando lo hizo dirigiendo al Celta. Luego, como entrenador del Deportivo acabó convirtiendo sus visitas, siete, en una rutina.
Luis Fernández, regresó con el Betis y José Mari Amorrortu con la Real Sociedad. Tras ellos, Valverde, con el Espanyol y el Villarreal y Mendilibar, con el Valladolid y Osasuna, han sido los últimos en volver. Esta noche le toca a Joaquín Caparrós. Seguro que San Mamés le recibirá como se lo merece.
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martes, 27 de diciembre de 2011

Medio año con Bielsa (1)
La promesa de un cambio de estilo

Han pasado casi seis meses desde que se produjo el cambio en el puente de mando del Athletic. El día de San Fermín, los socios eligieron a Josu Urrutia como presidente, con un respaldo masivo en las urnas. Con Urrutia llegaba al banquillo Marcelo Bielsa, un técnico del que la mayoría de la masa social rojiblanca apenas tenía referencias. En la otra esquina del ring electoral, Fernando García Macua y Joaquín Caparrós, presidente y entrenador durante los cuatro años anteriores, aparecían como derrotados, si bien hay que recordar que García Macua sumó más apoyos que cuando se proclamó presidente. El triunfo de Urrutia, con más votos que ningún otro presidente electo, fue, en cualquier caso, incontestable.
Fueron unas elecciones inesperadas para los entonces inquilinos de Ibaigane, quienes calculaban que el balance de su mandato había sido lo suficientemente positivo como para ganarse una prórroga de cuatro años sin oposición. Una final de Copa, dos presencias en Europa y un equipo estabilizado debían tener, a su juicio, el suficiente peso específico en el ánimo de los socios. Cometieron un error de cálculo evidente. Quizá no recordaron que algunos años antes, en el verano de 1994, el candidato José María Arrate, también ganó al presidente José Julián Lertxundi, pese a que éste contaba a su favor con la reciente clasificación del equipo para la UEFA, tras una brillante temporada en la que, bajo la dirección de Heynckes, el equipo hacía disfrutar con su juego a una afición más que ilusionada con la irrupción de un jugador tan singular como Julen Guerrero. Entonces, los problemas económicos que padecía el club pesaron más que los éxitos deportivos en el ánimo de los socios, que votaron por el cambio. El desmarque de Heynckes en plena campaña electoral fue la puntilla para los intereses de Lertxundi.
También en el duelo García Macua-Urrutia pesaron diversos factores, tanto deportivos, como económicos y sociales. El complejo microcosmos rojiblanco reacciona a diferentes estímulos que trascienden del mero resultado deportivo. Caparrós lo pudo comprobar sufriendo anonadado la desaprobación mayoritaria de la grada de San Mamés cuando se disponía a celebrar por todo lo alto la clasificación para Europa. El técnico, que había sabido estabilizar a un equipo que encontró en estado de coma, no entendió los mensajes que le estaban llegando cada partido en los últimos tiempos desde las tribunas y desde los medios de comunicación de referencia; su desatención y el desconocimiento del medio en el que se había movido durante cuatro años, le llevó a cruzar la línea roja cuando en la sala de prensa del Reyno de Navarra proclamó el que sería su epitafio: "Clasificación, amigo; déjate de imagen". Lo dijo después de una victoria vital para las aspiraciones europeas del Athletic, que llegó tras un partido infame gracias a la picardía de Muniain para aprovechar una jugada desafortunada de un defensa y el portero osasunista.
Josu Urrutia, profundo conocedor del club por su propia experiencia vital, sí que entendió el mensaje que transmitía la parte de la afición que no se resignaba a dar por bueno el señuelo de la clasificación europea, la que analizaba al Athletic desde una perspectiva histórica mucho más amplia que los últimos cuatro años, y la que se negaba a realizar cualquier análisis desde la cortedad de miras del famoso e interesadamente recordado 'bienio negro'.
Tan bien entendió Urrutia la idea, porque él mismo la compartía, que hizo de la recuperación del estilo tradicional del Athletic el argumento central de su campaña. Un mensaje, éste del estilo, tan rotundo para el iniciado como difícil de explicar al profano. Porque el concepto estilo abarca tanto los aspectos deportivos, como los que atañen a la gestión económica o a la relación de la institución con sus seguidores. Es tan difícil definir en un par de frases qué es el estilo, como sencillo entender de qué se trata.
Para cristalizar esa promesa de recuperación del estilo en el plano deportivo, eligió a Marcelo Bielsa, un entrenador singular que podría coincidir con la singularidad del propio Athletic, un técnico cuya vida personal y profesional se rige por una serie de valores no muy comunes en el medio. Los rivales se apresuraron a buscar argumentos para descalificar la elección, aunque la mayoría resultaran ridículos a fuerza de fútiles.
A la vista del resultado en las urnas, queda claro que la mayoría de los socios entendieron el mensaje de calado, sin dejarse cegar por la espuma electoral que agitó hasta extremos inauditos el bando que a la postre resultaría perdedor, arrastrando en su derrota a parte del patrimonio humano del club. En contraposición a la distancia con la que Bielsa participó en las elecciones (una accidentada videoconferencia a última hora, casi a modo de prueba de vida), Caparrós tomó partido y estuvo en primera línea electoral, escoltado por los dos máximos responsables de Lezama y respaldados los tres por un creciente ejército de exjugadores, reclutados a última hora para la causa sin más objetivo aparente que contrarrestar la imagen del candidato Urrutia, el exjugador por antonomasia en el escenario electoral.
Aquella videoconferencia tuvo la virtud de mostrar a un Bielsa humano y comprometido con la causa pese a la lejanía. Había hecho un primer estudio en profundidad de la plantilla y, lo que era más importante, había rechazado ofertas mucho más concretas y jugosas en lo económico, por mantener la palabra empeñada con el entonces candidato. Esa fidelidad demostrada antes de pisar Bilbao, su apuesta por el Athletic por encima de otros intereses, se empezaron a ganar el corazón de una afición en la que, por encima de todo, prima el orgullo de pertenenecia. Marcelo Bielsa ya era del Athletic sin haberse movido de su Rosario natal. Ni siquiera su nacionalidad argentina le puso bajo sospecha en un mundillo como el rojiblanco, tan reacio históricamente a los futbolistas y técnicos del cono sur. Y eso que no faltaron agitadores interesados que sacaron a pasear ese fantasma. Bielsa se convirtió en el segundo entrenador sudamericano de la centenaria historia del Athletic. El único hasta su llegada, había sido el brasileño Martim Francisco Ribeiro de Andrada, quien ocupó el banquillo solo durante dos temporadas y media, en el tránsito entre la década de los cincuenta y la de los sesenta, pero que dejó como legado (desconocido todavía hoy para la mayoría) la creación del equipo juvenil. También de Marcelo Bielsa se espera que deje una herencia de más calado para la vida del club que los meros resultados deportivos puntuales. En estos primeros seis meses ya ha dejado algunos apuntes más que interesantes de lo que puede significar su trabajo para el futuro del Athletic.
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domingo, 4 de diciembre de 2011

Dos no juegan si uno no quiere

En el duelo de banquillos que se planteó en el Iberostar, Caparrós le ganó a Bielsa. Basta con repasar el catálogo de horrores que deparó el partido para comprobar su marcado caracter caparrosiano. Duro, trabado, espeso, con preponderancia de las defensas sobre los ataques, con un diluvio de tarjetas acompasado a la sucesión de choques, faltas y jugadores por los suelos. Fue sin duda el peor partido de los jugados por el Athletic de Bielsa hasta la fecha, un Athletic desconocido e irreconocible en su reiteración de balonazos e imprecisiones. Por momentos, pareció que Caparrós se sentaba en los dos banquillos y que ambos equipos jugaban bajo la misma premisa: resultado, amigo.
Y es que el Athletic se olvidó de los principios en Mallorca,en la doble acepción de la palabra. No es la primera vez que los rojiblancos se olvidan de que al principio también hay que jugar. Le ocurrió en Gijón y en Valencia, también en Cornellá. Pero con ser preocupante, esa laguna no es lo más grave. Lo de Mallorca fue mucho peor, porque el equipo, durante amplias fases del partido, renunció a los principios que ha venido inculcándole Bielsa. Ese movimiento continuo, ese tocar y tocar, esa paciencia con el balón hasta encontrar el hueco...todo eso, y algo más olvidaron los rojiblancos en el campo balear.
La torrija inicial se saldó con un gol en contra a los dos minutos, lo que puso el partido en el terreno que quería Caparrós. El Mallorca tiene enormes dificultades con el gol. Con el que le marcó a Iraizoz, solo ha anotado once, lo que le sitúa como el tercer peor realizador de la categoría. Que un equipo con semejante problema, encuentre la solución en dos minutos, describe con precisión la lamentable puesta en escena del Athletic.
A partir de ahí, el Mallorca pudo dedicarse a lo que más le gusta a su entrenador. Líneas juntas, presión, marcajes al hombre, disputas sin contemplaciones, todo ello con un ojo en el reloj y el otro en el marcador. Solo en contadas ocasiones el Athletic supo contarrestar semejante planteamiento. La presencia de Toquero en la punta del ataque pareció reavivar viejos instintos de sus compañeros. Como si el sustituto de Llorente fuera la personificación de un estilo determinado de juego, los rojiblancos cayeron una y otra vez en la tentación del pelotazo largo. El puente aéreo entre el eje de la defensa y el del ataque, dejó fuera de juego demasiadas veces al centro del campo. Como en tiempos que creíamos felizmente superados, Muniain y Susaeta torcían el cuello para ver sobrevolar el balón sobre sus cabezas, mientras que Iturraspe parecía no entender qué estaba pasando allí.
Toquero tardó más de veinte minutos en tocar su primer balón. Marcó un golazo de cabeza en el saque de una falta. Lástima que estuviera en flagrante fuera de juego.
El Mallorca no tuvo reparos en ceder metros, pero organizado siempre para que fuera Amorebieta quien iniciara el juego del Athletic. Bien, es una propuesta que puede conducir razonablemente al éxito de quien la practica. Pero siempre y cuando y el damnificado se resigne a serlo, como lo hicieron los rojiblancos durante tanto tiempo. Una cosa es que te cieguen las vías de salida y otra que lo aceptes como si no hubiera otras soluciones. Dio la impresión de que la postura del Athletic fue algo así como si tu no arriesgas nada, no pretendas que yo te haga el favor de regalarte un fallo.
La apuesta del Mallorca tuvo su lógica hasta el filo del descanso. Ganaba y le iba muy bien así. Pero nada cambió en el equipo de Caparrós cuando Amorebieta llevó a la red el envío de Herrera. Todo siguió igual en el bando mallorquinista mientras que Bielsa volvió a ensayar una combinación ya probada: retirar a Aurtenetxe para dar entrada a Gabilondo retrasando a De Marcos al lateral. En principio, el cambio potenciaba la profundidad de la banda izquierda, pero en la práctica el Athletic continuó con el recurso de la patada a seguir de Amorebieta. En las escasas ocasiones en las que los rojiblancos intentaron otras vías tan sencillas como que un centrocampista bajara a recibir, se vio que podían hacer daño a la dura defensa del Mallorca, pero esta vez la voluntad y el acierto no coincidieron en las filas rojiblancas. Tal vez el partido del jueves acabó pasando factura en forma de imprecisiones en el pase, malos controles y falta de explosividad en carreras y disputas. Lo intentaron los de Bielsa, que se pasaron prácticamente todo el segundo tiempo en campo contrario, pero hacía falta más velocidad, más chispa, más imaginación, para romper a un rival que prefería asegurar el empate a ensayar cualquier aventura que le llevara a la victoria.
A los jugadores del Athletic no se les puede reprochar ni falta de ambición, ni falta de entrega. Buscaron una victoria que en el tramo final se les escapó porque un jugador rival sacó un balón de la raya o porque al agotado Muniain se le nubló la vista cuando no había ningún obstáculo entre él y la portería rival. Es verdad que Iraizoz también tuvo que hacer un paradón postrero, en el único remate con peligro que le llegó en todo el partido, pero en el balance final, el balón rondó más veces la portería de Auate. Solo una cosa cabe censurar a los de Bielsa: los demasiados minutos en los que se resignaron y entraron en el juego que les proponía el Mallorca, aunque, claro está, buena parte del mérito lo tuvo el planteamiento de Caparrós tan mezquino y eficaz como casi siempre.
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jueves, 6 de mayo de 2010

No va más

Se acabó. Los que se quieran entretener pueden seguir jugando con la calculadora, pero pueden tener la seguridad de que las hipótesis más favorables no se cumplirán. Tendrían que superar una condición sine qua non de imposible realización: ganar en el Santiago Bernabéu. Ya sé que fútbol es fútbol, tal y como dejó sentenciado Boskov y que los partidos duran noventa minutos y hay que jugarlos. Pero por si les sirve de pista, recuerdo las palabras de Castillo tras el partido perpetrado ante el Málaga. "Ganar en Madrid es casi imposible". ¡Ese es el espíritu, sí señor!.
Estoy de acuerdo con el lateral. Incluso diría más pronunciando una palabra menos. Yo quitaría de la frase ese 'casi' que solo busca la corrección y el quedar bien. Digámoslo claro. Es imposible que el Madrí, ceda un solo punto en el último partido que va a jugar en su casa cuando los necesita todos. En el improbable caso de que en el minuto 85 se mantuviera el empate a cero, pongamos por caso, no sería descartable que bajara al césped la guardia civil para detener medio equipo rojiblanco. La Liga de las Estrellas, le mejor liga del mundo, etc, etc, no puede permitirse ciertos lujos y que el Madrí pierda es un lujo, no lo olviden.
Claro que nadie piensa que será necesario llegar a medidas extremas para garantizar el triunfo del Madrí ante el Athletic el próximo sábado; los blancos se bastan y se sobran y mucho más ante un equipo completamente desfondado como el rojiblanco.
El grupo de Caparrós ha llegado al tramo final del campeonato, al decisivo, in articulo mortis y ya solo cabe esperar eso que se ha dado en llamar el fatal desenlace. En aquel partido contra el Zaragoza se hizo evidente que las piernas ya empezaban a fallar más de la cuenta y las siguientes citas no han hecho sino confirmar el proceso degenerativo, que ante al Málaga alcanzó también la cabeza. Hemos jugado con más corazón que cabeza,, vino a decir Caparrós echadno mano de la frase hecha. Efectivamente, a este Athletic solo le queda su corazón enorme, ese que hace que los jugadores sigan corriendo, chocando y volviendo a correr aunque sea sin meta ni dirección.
El equipo se ha venido abajo de manera espectacular en el tramo final, en esos ocho o diez partidos que según Luis Aragonés son los que deciden todo un año. El comienzo temprano de la temporada (el Athletic ya estaba compitiendo en Julio), las limitaciones de la plantilla, el estilo de juego... se pueden seguir varias pistas para tratar de descubrir las causas del descalabro. Estaría bien que los responsables lo hicieran para que no vuelva a suceder.
Tomando los diez últimos partidos de cada temporada de las dos anteriores temporadas con Caparrós en el banquillo encontramos que hace dos años el Athletic ganó cuatro, empató uno y perdió cinco. El año pasado, repitió número de victorias, cuatro, sumó dos empates y sufrió cuatro derrotas, tres de ellas en las tres últimas jornadas, cuando todo estaba centrado en la final de Copa. Este año el Athletic ha sumado tan solo dos victorias y cuenta con tres empates y tres derrotas a falta de dos partidos. Los números dicen que está siendo el peor sprint final con Caparrós en el banquillo. El técnico y sus ayudantes son los que mejor tienen que conocer las causas profundas que han provocado este desenlace; todo lo demás serán especulaciones
Del partido ante el Málaga poco se puede decir que no se haya dicho ya. Al Athletic se le ha hecho de noche y no ve la luz ni siquiera cuando se encuentra con un fogonazo como el de Toquero a los cuatro minutos. Se pensaba que en los últimos fracasos había tenido que ver el hecho de no ser el primero en error. Hipótesis falsa, como quedó demostrado ante los andaluces. De nada valió adelantarse en el marcador. Duda igualó el tanto de Toquero con un corner magníficamente sacado y no por casualidad; antes había amenazado con dos saques soberbios y todavía asustó con un cuarto que se fue a medio metro del segundo palo.
Duda dejó a la grada fría, helada, consciente de que aquello podía ser el definitivo final de un sueño. Y la grada no se equivocó. El Athletic no pudo encontrar una solución porque el problema lo tiene dentro y es igual que el rival sea un aspirante a la Champions como el Mallorca o un superviviente que solo trata de salvar el pellejo como el Málaga. La temporada se le ha hecho larga, muy larga, al equipo, tanto, que lo mejor del partido contra el equipo andaluz ocurrió cuando Rubinos Pérez pitó el final: ahora ya solo quedan dos partidos para que acabe todo. Es a lo que único a lo que puede aspirar este Athletic.

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martes, 27 de abril de 2010

Justos de gasolina

Da la impresión de que el Athletic ha llegado al tramo decisivo de la temporada con la luz de reserva encendida. No es que el equipo esté agotado, pero sí que le falta ese punto de frescura, esa chispa que dicen los entrenadores, que es la que permite llegar a un cruce una décima de segundo antes que el rival, hacer un regate o evitar un choque. Esa frescura que hace levantar la cabeza, ver al compañero mejor situado y transmitir la orden de pase desde el cerebro hasta la pierna sin interferencias. Viendo maniobrar al Athletic en el Reyno de Navarra, daba la impresión de que los de Caparrós jugaban con plomo en las botas, que se movían con esas piernas pesadas de quien ya está tan baqueteado que no encuentra tiempo para la recuperación. En algunos casos el efecto es muy visible. Gurpegui, por ejemplo, no se parece en nada a aquel Ferrari del que hablaba Caparrós el año pasado, ni siquiera recuerda al tractor que era hace apenas dos meses. Llorente da la impresión de que entonó su particular canto del cisne en aquel partido ante el Racing...
Y el Athletic necesita estar en perfecto estado de revista para desarrollar todo su juego porque, a diferencia de otros equipos más dotados, si los rojiblancos no arrollan a base de músculo y velocidad,afloran demasiado las carencias técnicas de bastantes de sus jugadores. Ese último pase desviado un par de metros del objetivo que en otros momentos se corrige con una carrera, se pierde ahora por la línea de fondo en medio de la impotencia general; ese centro que antes llegaba tocado al área pequeña porque se había ganado medio metro de ventaja sobre el marcador, ahora se estrella en el cuerpo del rival o se va al segundo graderío.
Todo eso y algo más ocurrió a lo largo de los noventa minutos ante un Osasuna que no tuvo vergüenza alguna en apostar por el puntito que le daba el empate inicial. Lo intentó el Athletic, consciente de lo que se jugaba, pero su esperanzador puesta en escena duró apenas veinte minutos. Después, fue todo un quiero y no puedo.
Tuvo el partido otras lecturas, como la presencia en el equipo titular del cuestionado Yeste, que tampoco aportó nada nuevo, por cierto, pese a que pareció que empezaba con ganas, o la nueva oportunidad de la que disfrutó Iturraspe por la baja de última hora de Orbaiz, pero el chaval tampoco acabó de apuntar siquiera algo de lo que se espera de él. Hasta puede considerarse una buena novedad táctica la sustitución de Llorente por Muniain, un cambio como de medio metro de futbolista, si se hubiera realizado bastante antes y si el pequeño hubiera ocupado la posición del grande. Es indudable que una defensa diseñada y acostumbrada a fijar a Llorente, tiene que sufrir si de pronto aparece Muniain en la misma posición, pero hasta el factor sorpresa requiere su tiempo. Se notó la reaparición de Toquero, que en el último minuto tuvo en sus botas la victoria, pero le tiró al muñeco cuando esta temporada ya lleva dos o tres goles resolviendo con mucha solvencia situaciones similares; quizá a esas alturas, y después de dos semanas con problemas, el oxígeno no llegaba con fluidez al cerebro.
Al Athletic le quedan tres balas en la recámara todavía, porque pensar en arañar algo en el Bernabéu, si el Real Madrid sigue jugándose la Liga a esas alturas, requiere unas dosis de ingenuidad fuera de lo común. El pasaporte para Europa se sigue expidiendo en San Mamés y hay que sellarlo ante el Mallorca, el Málaga y el Depor. Nunca podría venir más ajustado ese lugar común de los entrenadores que asegura que el próximo partido es el más importante. En efecto, la visita del Mallorca tiene todas las trazas de una final y las finales, siguiendo con los tópicos, están para ganarlas, mucho más si se juegan en casa.
La competición, que se inició allá por el 30 de julio, está pasando factura. Han sido muchos kilómetros y quedan todavía tres vueltas en las que hay que marcar el mejor tiempo. El coche anda con la gasolina justa...pero anda y además seguro que va a contar con el empujón oportuno del público.

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viernes, 26 de marzo de 2010

Pese a la derrota, ese es el camino

El Athletic jugó bien, muy bien, extraordinariamente bien a ratos, y perdió. Como en Gijón, como en Coruña. ¿Se cargarán de razones los resultadistas que claman por la victoria de penalti injusto en el último minuto?. Esperemos que no. Confiemos en que el Athletic, sus jugadores, perseveren en el camino del fútbol bien hecho, seguros de que más pronto que tarde obtendrán los debidos rendimientos en forma de victorias. No siempre se puede tener un día tan negado de cara a la portería. Si se llega diez veces con claridad, la lógica y la pura estadística dice que el gol acabará llegando.
Se decía antes del partido que su desarrollo y desenlace dependerían en gran medida del estado de ánimo del Atlético de Madrid, ese equipo ciclotímico del que nunca sabes qué te puedes esperar. Pero para caja de sorpresas, este Athletic de Caparrós, al que se le supone un estilo definido, pero que lo mismo se comporta como un adoquín, que se transfigura en una orquesta que interpreta con gusto un fútbol primoroso.
En el Manzanares salió el Athletic que sorprende a sus más perseverantes seguidores enlazando quince pases en jugadas que una semana antes se resolvían con un patadón. La puesta en escena de los de Caparrós fue magnífica, con un cabezazo de Gurpegui que De Gea salvó con la punta de los dedos, y un trallazo de Llorente que repelió el poste. Minutos después, De Gea volvía a salvar el gol repeliendo un remate cercano del delantero del Athletic que culminaba una gran jugada individual dentro del área, impropia de un futbolista de su talla física. Fueron tres acciones que, una vez conocido el desenlace, se puede decir que condicionaron el partido, no solo por lo que significaron en el marcador, sino por el efecto que causaron en las mentes de unos y otros.
Lideraba entonces el equipo un Gabilondo que cuando entra en calor demuestra una calidad que este equipo agradece mucho. Lideraba el de Añorga a unos compañeros con muchas ganas de hacer las cosas bien y diferentes. Llorente barría el frente de ataque con un Toquero que se movía tanto como siempre, pero con más sentido. Javi Martínez era la máquina que lo mismo recupera atrás que arrolla en el ataque y Gurpegui ponía el cemento necesario para que Iturraspe se sintiera seguro para atreverse a jugar al fútbol. Hasta los de atrás, sobre todo los laterales, se incorporaban con alegría a posiciones adelantadas ante la ausencia de noticias de los atacantes colchoneros.
El Athletic debió resolver el partido antes del descanso. No lo hizo porque el propio brillo que producía su fútbol en la zona ancha, parecía cegarle dentro del área. Más que nunca, los de Caparrós añoraron un killer en las cercanías de la portería, uno de esos tipos que no dudan cuando huelen el miedo del portero. Un Forlán o un Agüero, pongamos por caso.
La pegada fue la que determinó al suerte del partido. Remedando los viejos carteles del boxeo, el Athletic fue el fino estilista y el Atlético, el rudo fajador. Los de Caparrós bailaron alrededor del rival, le puntearon con la izquierda y con la derecha, amagaron y compusieron siempre una gran estampa, pero recibieron dos ganchos al hígado y acabaron en la lona.
Fue injusto, muy injusto, el resultado, pero a veces ocurren estas cosas. Esta vez no se le puede reprochar nada ni al equipo ni a su entrenador, ni siquiera los cambios, aunque en este aspecto cabría algún matiz por la insistencia de colocar a Muniain tan alejado del área, o por la sorpresiva presencia del desaparecido Yeste. Pero para entonces, el partido ya era otro. El gol de Forlán y la sucesión de ocasiones desperdiciadas, ya estaban haciendo su trabajo en las neuronas de los leones, cada vez más minados por su propia incapacidad ante una portería a la que llegaban con facilidad por los caminos más diversos.
¡Qué pena que el despliegue de fútbol no tuviera la recompensa del resultado!. Sobre todo porque no es la primera vez. Esperemos que sea la última, porque jugando así pocos partidos se pueden perder. Para los que se enredan en el debate sobre de qué se trata cuando hablamos de jugar bien al fútbol, el Athletic del Manzanares es el perfecto caso práctico. Orden, criterio, manejo del balón, alternativas, pelotazo largo y balón en corto al pie del compañero, aperturas a la banda y penetraciones por el centro... Faltó el gol que es para lo que se hace todo lo anterior pero más importante que el resultado puntual es el convencimiento de que el gol llegará mucho antes por ese camino, que por otros que suele andar este equipo tantas veces.

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sábado, 20 de marzo de 2010

Trabajo, esfuerzo, sufrimiento...

Oyes hablar a los jugadores del Athletic en la sala de prensa después de cualquier partido y parece que acaban de salir de la arena del Coliseo romano. Javi Martínez valoraba el empate contra el Getafe empleando términos como trabajo, esfuerzo o sacrificio. Un viejo periodista de Bilbao, cuando oía definir a algún jugador que se incorporaba al primer equipo como trabajador y luchador, solía interrumpir indefectiblemente a su interlocutor con el siguiente argumento: "vamos mal, esas son buenas virtudes para un boxeador y estamos hablando de un futbolista". El argumento del viejo maestro viene al pelo para explicar el juego del actual Athletic. Los de Caparrós pueden alardear de generosidad en el esfuerzo, espíritu de sacrificio, capacidad de sufrimiento, derroche de trabajo... virtudes todas muy apropiadas para dedicarse a la construcción de pirámides a orillas del Nilo o al cultivo y recolección del algodón en una finca de Alabama. De los chicos del Athletic nos conformaríamos con que exhibieran otras habilidades como el dominio del balón, la precisión en el pase, la visión de los espacios o el desmarque. No son virtudes que sirvan para acabar con el Imperio Romano, ni siquiera para construir un modesto puente de madera sobre el río Kwai, pero son bastante prácticas para ganar un partido de fútbol, aunque no lo crean.
Confirmada la renovación de Caparrós, sería una buena idea que la próxima temporada, después del himno por la megafonía, los partidos empezaran con el sonido de una sirena (se podría rescatar la de Euskalduna, por ejemplo) y que al menos el segundo uniforme del equipo fuera un buzo azul Bilbao. Sería lo propio. La imagen de Toquero abandonando el partido ante el Getafe cuando fue sustituído, recordaba tanto la de un minero del Gales de la revolución industrial saliendo del pozo, que más que aplaudirle daban ganas de enarbolar una pancarta reivindicando la jornada laboral de ocho horas.
Trabajo, esfuerzo, sufrimiento... todo eso lo pusieron los rojiblancos en cantidades industriales durante los noventa minutos. El fútbol fue cosa del Getafe, que se hizo con el partido nada más encajar el primer gol y no lo soltó hasta que el lamentable Pérez Burrull pitó el final. Además, por novena vez en la temporada, el Athletic tuvo que afrontar buena parte del partido en inferioridad numérica por la justa expulsión de Orbaiz, que atizó una patada a Cortés en lo que el inolvidable Joaquín Vidal definía como "lo del día de la boda", tras una dura entrada que en un primer momento, por la premura en pedir el cambio, pareció el preludio de una grave lesión.
Orbaiz, que había adelantado a su equipo con un bello gol, tirando a colocar tras un pase de Llorente, dejó al equipo malparado y le dio la excusa que necesitaba para hacer precisamente lo que estaba deseando hacer, plegar velas y especular con el resultado.
La reacción del Getafe tomando la iniciativa y dominando territorialmente, tuvo el premio de un gol en el que quedó la impresión de que defensas y portero pudieron hacer algo más para evitarlo.
En el descanso Caparrós decidió prescindir de Gabilondo para dar entrada a Muniain en el lado izquierdo. Alguien con autoridad suficiente en el club debería castigar al míster a copiar cien veces: "No volveré a colocar a Muniain pegado a la banda izquierda". Bueno, ni a la banda izquierda ni a la derecha. Que Muniain es un media punta que sorprende con su llegada desde la segunda línea y que hace daño en el corazón del área, lo saben hasta los comentaristas de baloncesto de TVE. Las razones por las que Caparrós se empeña en llevar la contraria a todo el mundo son tan misteriosas como las que le han llevado a prescindir de Yeste hasta en las convocatorias. Insondable que es el hombre.
El Athletic pudo ganar gracias al penalti que transformó Llorente haciendo caso omiso de los cientos de voluntarios que se ofrecieron en las gradas para bajar a tirarlo, y pudo perder por el dominio que ejerció el Getafe durante casi todo el partido. Al final acabó empatando porque el equipo de Michel, incluso después de perder a Torres, expulsado en la jugada del penalti, se fue arriba sin resignarse a la derrota y Pedro León marcó en otra acción en la que volvió a quedar la sensación de que los defensas y el portero pudieron hacer algo más.
La aportación de Pérez Burrull al partido no pasa de anecdótica por mucho que el público se empeñara en culparle de las desgracias de su equipo. Orbaiz estuvo bien expulsado y Amorebieta acabó el partido porque Burrull le perdonó la segunda tarjeta al menos en dos ocasiones. El colegiado acertó pitando el penalti contra el Getafe y expulsando al jugador que lo cometió. Pese a todo, no fue un buen arbitraje el suyo, ni el de uno de sus linieres, si bien no se les puede acusar de otra cosa que de alterar el sistema nervioso de los jugadores del Athletic, por lo demás, bastante alterado desde que salen del vestuario.
Era un buen día para darle un mordisco a la clasificación, pero también pudo ser un desastre. El empate sirve para mantener la distancia con el Getafe. Ni tan mal.

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sábado, 13 de marzo de 2010

El próximo que lo tire Toquero

Lo de los penaltis este año ya pasa de castaño oscuro. Gabilondo se convirtió en Gijón en el quinto jugador que falla desde los once metros. De lo doce penaltis lanzados este año, el Athletic ha fallado cinco, casi la mitad. Algunos han costado puntos, como el de Gijón, donde los de Caparrós se dejaron dos. Llorente, que empezó fallando este año, ha transformado los tres últimos que ha tirado. Estaba sobre el césped del Molinón, pero el que tiró fue Gabilondo. Será por esas cosas de las sensaciones que dicen los futbolistas de ahora. Antes los futbolistas no tenían esas cosas. Estaban bien o mal; en forma o en baja forma. Ahora no, ahora tienen sensaciones, que pueden ser buenas o malas; motivación, que viene a ser dicho en fino algo así como ganas de dar el callo, o no. Estamos supermotivados, suelen decir en vísperas de jugar contra el Madrid o el Barcelona. Rara vez se les oye semejante cosa cuando el rival es el Valladolid o el Xerez. Cosas del fútbol moderno. El caso es que cuando Fernández Borbalán decretó penalti en la caída de Toquero, Llorente debió de tener malas sensaciones y Gabilondo se encontraría supermotivado. El resultado fue que el Athletic arrojó a la basura la mejor de las ocasiones de las que disfrutó en El Molinón, sobre todo en la segunda parte. Si fuera por motivación, confianza en sus propias fuerzas y buenas sensaciones, Toquero debería ser nombrado desde ya responsable del negociado de penaltis. Desde luego no interpretaría la suerte peor que sus compañeros. ¿Qué pasa?, ¿que todavía no tiene los suficientes galones?
Es un tema éste de los penaltis que Caparrós deberá tomarse en serio. A estas alturas queda claro que el método de que los tire quien levante el dedo no está siendo eficaz. No sé si el entrenador deberá establecer un escalafón de obligado cumplimiento o el Athletic deberá contratar un especialista para que enseñe a los chicos a tirar los penaltis. Total, un especialista más no se notará especialemente en el presupuesto y si tenemos ayudantes, entrenadores de porteros, dietistas, masajistas, recuperadores, psicólogos, médicos diversos y demás gremios, por qué no un entrenador de penaltis, un Panenka, pongamos por caso. Cualquier cosa con tal de evitar esta sensación de bochorno, ese raro fenómeno, caso único también en el fútbol mundial, de un equipo y una afición que cuando les pitan un penalti a favor no saben si alegarse o protestar al árbitro.
También resulta curiosa la elasticidad con la que se toma la disposición táctica un entrenador que, como Caparrós, pasa por ser un profeta del rigor táctico y el trabajo ordenado. En Gijón el técnico volvió a su fórmula más industrial, con Orbaiz, Javi Martínez y Gurpegui juntos en el centro del campo. A los veinticinco minutos Iraola hubo de ser sustituido y Caparrós optó por dar entrada a Susaeta y retrasar al lateral a Gurpegui. La maniobra cambiaba por completo lo que podríamos definir como la filosofía del equipo. Nada tiene que ver el centro del campo original, con el formado por Orbaiz y Javi Martínez por el centro, con Gabilondo y Susaeta en las alas. El primero caracteriza un equipo pensado para la contención; el nuevo propone un juego totalmente opuesto. Caparrós, tan riguroso y ordenado, fue en Gijón, mobile cual piuma al vento. Qué cosas.
Lo bueno del asunto es que así, sin querer, el Athletic fue haciéndose con un partido que empezó sin dueño y acabó haciendo méritos sobrados para llevarse los tres puntos una vez más en su campo talismán. Nada que reprochar por ese lado. Más por las circunstancias del partido que por tener un plan preconcebido, el Athletic cumplió con su palabra de ir a por el partido para confirmar que sus aspiraciones europeas van en serio. Si no se llevó los tres puntos fue porque desperdició un penalti, porque Llorente no está fino y porque el Athletic sigue teniendo muchas dificultades a la hora de la creación. El último cambio, el de Muniain por Toquero en el último minuto, hay que tomarlo como una broma de Caparrós para cerrar el partido. Hay días en que más vale aferrarse al sentido del humor si no se quiere criar una úlcera.

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lunes, 1 de marzo de 2010

De alivio de luto

El Athletic estaba de luto riguroso después del desastre de Bruselas. Negro total, cabizbajo y, lo que es peor, avergonzado por cómo transcurrió aquel funeral. En Sevilla el Athletic tornó del negro al gris, se puso de alivio de luto, que se decía in illo tempore para describir esa fase del calendario sentimental en el que las familias empezaban a aligerar el negro de sus vestimentas, una vez guardada por un tiempo prudencial la memoria del difunto. El alivio de luto era un paso hacia la normalización, hacia la recuperación del colorido habitual en la vestimenta; una estación intermedia entre la catástrofe vital de la pérdida del ser querido y el regreso a lo cotidiano.
Sevilla pudo ser para el Athletic, o eso esperan sus seguidores, esa estación intermedia entre el desastre de la eliminatoria europea y una cotidianidad liguera en la que el equipo se desenvuelve con cierto desahogo. Tiene un buen pasar en la Liga este Athletic, aunque en demasiadas ocasiones peque de mezquino, o tal vez por ello, que ahí se está centrando ultimamente el debate. ¿Puede más este equipo o está en su techo futbolístico?. Los partidarios de la segunda opción estarán encantados con lo que ocurrió en el Sánchez Pizjuán; los que apuestan por la primera idea vuelven a estar decepcionados. No en vano, el Athletic no supo, o no pudo, ganar a un equipo en inferioridad numérica durante toda la segunda parte. Y no fue cualquiera el expulsado. Romaric, un tipo con aspecto de poli malo de una comisaría del Bronx, estaba siendo, como siempre que juega, ese centrocampista poderoso que mantiene él solo, el equilibrio de la estructura del equipo, y además se estaba convirtiendo prácticamente en el único artillero, bien sea que de larga distancia, de un Sevilla que no encontraba en Jesús Navas el abrelatas que precisaba, ni en Kanoute la dinamita necesaria para abrir una defensa rojiblanca bastante más sólida que en su último partido, aunque eso tampoco sea decir demasiado.
El Sevilla perdió a uno de sus hombres importantes y ni aun así, se decidió el Athletic a ir a por el partido con todo. Faltó decisión y sobraron cálculo y prudencia durante una larguísima segunda parte. Una galopada de De Marcos con pase de la muerte incluido, que acabó con un paradón de Palop a remate a Iturraspe y una doble parada del guardameta sevillista en el saque de la falta que propició al expulsión, fueron todo el bagaje ofensivo de un Athletic que no se decidió a dar un paso adelante e ir a por el partido. A los de Caparrós les pesó demasiado la amenaza del contragolpe del Sevilla, que, todo hay que decirlo, no le perdió la cara al partido ni mucho menos, tras la expulsión, y les pesó, sobre todo, su falta de talento para dominar el juego y llevar peligro al área contraria. Por momentos, los rojiblancos se dieron de bruces contra la realidad de sus propias carencias a la hora del pase, del desmarque, de la creación en definitiva.
Un empate en Sevilla no es mala cosa, pero es poca cuando la ocasión pareció muy propicia para la victoria. Ahí queda el tema para debatir. Lo que no admite discusión es que el regreso a la competición doméstica le vino muy bien a un equipo recién vapuleado en Europa. En su hábitat natural, la competición doméstica, el Athletic sigue teniendo un buen pasar, con algunas estrecheces a veces, pero no tantas como para que de vez en cuando no se pueda permitir darse una alegría. Como todo hijo de vecino, vamos, que ya vemos lo que da de sí esta Liga de las Estrellas cuando sus equipos pasan los Pirineos.

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viernes, 19 de febrero de 2010

La horma y el zapato

Para desenvolverse con cierta solvencia por Europa hace falta algo más que capacidad de trabajo, entrega y todas esas cosas de las que tanto nos hablan en los últimos tiempos. El Athletic tuvo todo eso en cantidades industriales, como siempre, pero no pudo pasar del empate ante el Anderlecht y, lo que es peor, no tiene ningún argumento para quejarse del resultado.
No voy a escribir aquí de los incidentes porque ya lo he hecho aquí. Prefiero centrar este blog solo en los aspectos deportivos, que también dan bastante de sí.
Al Athletic se le torció la noche antes de que empezara el partido. La baja de última hora de Amorebieta por otra gastroenteritis (¿qué comen estos chicos?) obligó a la reaparición urgente de Ustaritz para formar con San José una inédita pareja de centrales. El equipo lo notó. Ustaritz estuvo nervioso, cometió dos errores consecutivos, una cesión y un pase muy complicado, y dio la impresión de que todos los rojiblancos jugaron mirando atrás con el rabillo del ojo. Claro que el fallo más grave fue el de Iraizoz en el remate que precedió al gol, que, a su vez, vino de una penetración poderosa de Lukaku que se comió a Castillo con patatas. El lateral ya había permitido minutos antes un cabezazo a placer al que Iraizoz respondió con un paradón.
Insegura la zaga, la reaparición de Yeste tampoco aportó al centro del campo el fútbol que se necesita en una competición europea. Hacía falta mucha más velocidad y precisión para romper la estructura del Anderlecht y digamos que el Athletic se movió con al velocidad del Fluminense y la técnica individual del Linense, la vieja Balompédica, o 'Balona' para los allegados. Y así, claro, no hubo manera.
Digamos que Ariel Jacobs le ganó la partida táctica a Caparrós, o que el Anderlecht sabía más del Athletic que viceversa. El equipo belga es un conjunto que atesora las virtudes tradicionales del fútbol de su país. Orden, mucho orden, disciplina táctica y paciencia han sido de siempre las armas tradicionales de su fútbol. La mejor selección, aquella de Gerets, Vercauteren, el portero Paff y compañía, fue una máquina de precisión, tan metódica como aburrida, que ganaba sus partidos por la mínima, pero los ganaba.
El Anderlecht es algo de eso. Un conjunto que nunca pierde el sitio ni la compostura, que hace valer su físico en cada disputa y que rasca en cada choque. Curiosamente todo el entramado se sustenta en uno de sus jugadores más pequeños de talla: el argentino Biglia, autor del gol, que dio una lección táctica de las que dejan huella, tanto con balón como sin él. Su visión del juego y su claridad a la hora de ocupar los espacios fue determinante para acabar de fundir a un Athletic obligado a abusar del pase atrás o en horizontal. Biglia, una vez aburrido Javi Martínez, tuvo la visión de escorarse a una banda para aplicar el mismo tratamiento a Susaeta, solución de urgencia aportada por Caparrós. Los rojiblancos siempre tenían que superar a dos rivales: su marcador y el que le hacía el apoyo y ese era siempre Biglia. Tremendo lo suyo. Kouyate también colaboró echando una mano de cemento al centro del campo belga. Entre ambos se bastaron para desahogar a sus defensas, muy cómodos ante un Llorente en inferioridad y un De Marcos bullidor pero verde para un compromiso de este calibre, y para lanzar con precisión sobre todo al marroquí Boussoufa,un incordio que vive a la sombra de ese portento físico llamado Lukaku, que no hizo gran cosa, pero fue suficiente para dejarse ver.
Digamos que el Anderlecht fue una versión mejorada de ese Athletic reforzado que tan buenos resultados obtuvo hace un par de meses con la inclusión de Gurpegui en el lado derecho del centro del campo; la horma del zapato rojiblanco. Cuestión que vuelve a poner de manifiesto que cada partido es una historia y que no vale el mismo dibujo para distintos decorados.
Es un argumento al que nos podemos aferrar para seguir manteniendo la esperanza. No es descartable que el Anderlecht apueste por lo mismo en el partido de vuelta, puesto que el empate a cero le favorece, pero el Athletic está obligado a marcar al menos un gol y esa necesidad podría obrar el milagro de que su técnico plantee otro tipo de partido, o apueste por otro tipo de jugadores la próxima semana.
El gol de San José les da a los rojiblancos un oxígeno importante de cara a la resolución de la eliminatoria. Si jugando tan mal y con tantos condicionantes negativos, el equipo consiguió evitar la derrota, cabe soñar con que en Bruselas las cosas pinten de otra manera.
Ayer, al Athletic le faltó un poco se suerte en aquel remate de De Marcos en el último minuto del primer tiempo, acierto en aquel cabezazo horrible de Llorente ya con el empate, pero sobre todo, le faltaron creación y vigor. Los rojiblancos salieron perdiendo en todos los choques porque a todos acudieron con menos fe y más precauciones que los belgas, y eso no puede ocurrir en San Mamés.
Para colmo, los rojiblancos en su conjunto, los del césped y los de la grada, perdieron hasta la guerra psicológica. El presunto arranque fiero de los leones se diluyó en la bronca que armaron algunos homínidos belgas, con la inestimable colaboración (todo hay que decirlo) de algunos congéneres locales. Todo el campo estuvo más atento a lo que pasaba en aquel corner que en lo que sucedía sobre la hierba. Luego ya el colmo para los más entusiastas fue enterarse de que en Bruselas también se saben la de Aida. Los estragos de la televisión.

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domingo, 14 de febrero de 2010

Una derrota que hace daño

Es una discusión recurrente: cuánta responsabilidad tienen los entrenadores con sus sistemas, y cuánta los jugadores con su interpretación en el campo. En muchas ocasiones se ha reprochado a Caparros su querencia por un juego miserable, en el que lo único importante es el resultado por encima de cualquier otra consideración, un juego que desprecia el futbol y el sentido común. En Villarreal, sin embargo, Caparrós planteó el partido de una forma más que meritoria, buscando el fútbol y la creación, como si lo que el Athletic enseñara hace unas semanas en Riazor, le hubiera mostrado el camino; como si el fiasco de Cornellá le hubiera abierto los ojos definitivamente y hubiera visto que el camino está en la asocación de sus futbolistas, en el buen trato al balón, en la apuesta por la calidad que sí tiene la plantilla del Athletic.
Pero en Villarreal fallaron algunos jugadores no a la hora de interpretar la estrategia propuesta por su entrenador, sino a la hora de ejercer su oficio de futbolistas. Amorebieta y San José tuvieron una noche negada. Nilmar les volvió locos repitiendo constantemente el mismo movimiento. Si un delantero se te va siete veces haciendo lo mismo, se supone que tienes que pararte a pensar un minuto y evitar que te la vuelva a jugar por octava vez. Pero no hubo manera y ahí no vale mirar al banquillo. Un profesional de Primera División tiene que buscarse sus propios recursos y sus compañeros tienen que ver que está pasando problemas para echarle una mano. Pase el primer gol del Villarreal, pero no el segundo, ni la amenaza constante que acabó lastrando el juego de todo el equipo por su propia inseguridad atrás. Y lo que obviamente no tiene ni medio pase es que se vuelva a fallar un penalti, esta vez en el minuto 88. El Athletic se tendrá que hacer mirar lo suyo con los penaltis. Un porcentaje de acierto del cincuenta por cien no es de recibo, se mire como se mire.
Tampoco le fueron mejor las cosas al Athletic en su juego de ataque, y eso que Llorente estuvo muy activo y también supo explotar las miserias de la defensa amarilla. Pero falló siempre el último pase, los rojiblancos se equivocaron siempre en la elección de la última jugada. Sobre todo en el segundo tiempo, cuando apenas consiguieron inquietar al portero rival entre otras cosas porque el Villarreal se echó atrás con un descaro impropio de lo que anunciaba su entrenador, Garrido, un tipo que parece haber inventado el fútbol en una sala de prensa. Viendo lo acontecido en El Madrigal cabe recordar aquella vieja polémica que mantuvieron en sus tiempos Menotti y Bilardo. El segundo defendía el juego resultadista, frente al discurso florido del primero, pero, además, Bilardo recordaba siempre a todo aquel que le quisiera oir que, en el momento decisivo, todos los entrenadores recurrían a lo mismo que él propugnaba: hacer lo que sea preciso para ganar el partido; también Menotti. Y eso es lo que hizo Garrido ante el Athletic: meter a su equipo atrás primero para defender el 1-0 y después el 2-1.
Lo malo es que los rojiblancos no pudieron, o no supieron contrarrestar el movimiento del rival y ello pese a la apuesta de inicio de Caparrós y sus posteriores movimientos en el banquillo. Sólo Muniain cumplió con su parte del papel. Salió a revolucionar el partido y provocó el penalti que debió dar un punto a su equipo.
La bronca final fue el colofón sorprendente que acabó por desgraciar la noche. A los rojiblancos les hubiera venido muy bien sacar durante el segundo tiempo algo del mal genio del que hicieron gala en los últimos instantes. Perdieron los nervios, ellos y su entrenador y acabaron dando el espectáculo. Después, Caparrós dijo eso "nos vamos con cara de bobos". No, no fue precisamente cara de bobos la que se les quedó a los rojiblancos.
La tangana final deja fuera de combate a Javi Martínez y a Orbaiz para el próximo partido. Mal asunto. Pero peor sería que Caparrós llegara al convencimiento de que cada vez que su equipo intenta jugar al fútbol, pierde. Sería una conclusión tan érronea como dañina. Y bastante daño se hizo ya el Athletic en Villarreal con sus propios errores.

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lunes, 8 de febrero de 2010

La apoteosis del despropósito

El caparrosismo debió de salir exultante de San Mamés. Sudor, balonazos, topetazos, pases al amigo invisible, más sudor, más trabajo, alternativas en el marcador, alguna tangana, remontada épica, susto de última hora y final feliz con música de Aida, aunque fuera interpretada solo por el coro de los más incondicionales y sin mucha convicción, como si alguna glándula alejada de su sitio natural estorbara el normal funcionamiento de las cuerdas vocales de los cantores. ¿Qué más se puede pedir para ser felices?. Bueno, el eterno inconformista diría que un poco de fútbol, algo más de neurona y una pizca de coherencia. ¿Que es mucho pedir?. Tal vez. En ese caso bastaría con el silencio respetuoso después del partido, o al menos con un discurso más pegado a la realidad. Los cantares de gesta suelen quedar ridículos cuando enfrente, en lugar de Carlomagno solo hay un pobre pastor. La entrega, la insistencia, el trabajo y ese público de San Mamés que tanto nos quiere y tanto nos apoya, están bien como argumento de rueda de prensa cuando le has ganado al Real Madrid, por decir algo. Cuando enfrente has tenido al pobre Xerez, ese discurso suena más falso que un euro de cartón. Claro que mientras haya quien lo compre como si fuera moneda de curso legal...
Creía que ya lo había visto todo en el fútbol o casi todo, pero no contaba con que podría llegar a ver a Toquero en el centro del campo. Fue la apoteosis del esperpento que se vivió en San Mamés el domingo; el número final que tenía reservado Caparrós para los admiradores de su baile de San Vito en el banquillo. Pero no se consigue colocar a Toquero en el centro del campo así como así; hay que recorrer un largo camino previo para alcanzar esa cumbre y el Athletic lo fue recorriendo paso a paso de la mano de su entrenador.
Probablemente Caparrós y su escudero Luci serán los únicos de este mundo que no vean que Muniain pegado a la banda desperdicia la mitad de su talento, aquella que encuentra su límite en la línea de cal. Muniain es un jugador de salida por la derecha y la izquierda, imprevisible en su inspiración, una centella en los últimos veinte metros, un tipo que merodeando la media luna del área puede volver loca a cualquier defensa. Contra el Xerez se pasó todo el primer tiempo y buena parte del segundo pegadito a la banda. Luego, en el frenesí final, jugó por una banda, por la otra y por el centro, por donde se le ocurrió o por donde encontró un sitio para circular sin chocar con nadie.
Obcecado el Athletic en jugar contra el Xerez de la misma forma en la que jugó contra el Depor, contra el Zaragoza o contra el Madrid, el equipo se fue espesando hasta adquirir la textura del chocolate y eso que se adelantó en el marcador a los dos minutos de partido. Con Muniain preso en la banda izquierda, fue Orbaiz quien asumió la tarea de poner algo de pausa, de buscar la elaboración, de tratar de aplicar el sentido común en definitiva, hasta erigirse en el mejor jugador de un equipo mediocre. Como premio Caparrós lo dejó en la caseta en el descanso. En su lugar salió Susaeta para ocupar la banda derecha mientras Gurpegi y Javi Martínez se hacían con el eje. Como la cosa seguía sin funcionar, el técnico decidió que había llegado la hora de darle la responsabilidad a De Cerio: hala chaval, sal y resuelve esto que nos hacen falta goles y eso de que llevas un año sin jugar se lo dirás a todas. Salió De Cerio y se fue Gurpegui, lo que ocasionó un desajuste evidente entre el centro del campo y la delantera. Y ahí llegó lo de Toquero en el centro del campo o como media punta, que es la versión caritativa que se ha usado para aminorar el dislate. Para entonces el equipo ya no se parecía en nada al original, ni en su composición, ni en su esquema, ni en su plan. Aquello andaba manga por hombro, que decían nuestras abuelas. Cualquier otro equipo distinto del Xerez le hubiera hecho una avería al Athletic. Pero los equipos que están en la situación del Xerez suelen ser como un pararrayos que atrae para sí todas las desgracias. Llorente, un alma en pena todo el partido, cabeceó el empate y a falta de cinco minutos desvió a la red un tiro de Susaeta que no iba a ninguna parte, ante la gentil parálisis de toda la defensa andaluza. Si a los delanteros se les mide por sus goles, Llorente cumplió con creces con su parte del trabajo. Otros no podrán decir lo mismo. Se trata de sudar menos y de pensar más; y no solo entre los que se visten de corto.

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