Alguien (que obviamente no me conoce) cuestionó la semana mi sentimiento zurigorri porque no encontraba mucha explicación a las lágrimas de los jugadores después de la final. Sostenía entonces, y lo sigo sosteniendo ahora, que las lágrimas de frustración son explicables y hasta saludables cuando has perdido una final en el último instante, o cuando has defendido tus posibilidades durante los noventa minutos. Echarse a llorar después de perder por 4-1 y no haber visto el balón durante todo el partido, sigue pareciéndome poco lógico. Los jugadores tuvieron todo el segundo tiempo para llorar como Magdalenas. Algunos aficionados lo hicimos a la vista del patético espectáculo que estaban dando; otros no, otros estaban entretenidos agitando la bufanda.
La final de Copa se ha convertido en el gran (y único) argumento para justificar una temporada infame que va a acabar con el equipo tan solo un punto por encima de los puestos de descenso. Sesenta goles encajados, seis puntos menos que el año pasado... los datos no avalan ni el entusiasmo del personal ni el mensaje institucional, resumido en las proclamas que lanza Caparrós en cuanto le ponen un micrófono delante.
Ahora mismo la sensación es que nos hemos librado de una buena sin habernos enterado; de que Caparrós ha estado jugando con fuego y no nos ha abrasado a todos por casualidad. Sólo recordar la alineación que presentó contra el Betis pone la piel de gallina. ¡Qué poco ha faltado para que a estas horas estuvieramos organizando peregrinaciones para pedir un milagro en Valencia!. ¡Pero qué más da todo esto si Verdi suena en San Mamés!.
Una nota aparte en relación con los indeseables que acudieron el sábado al campo. El Athletic, por medio de su portavoz oficioso dice que está "profundamente irritado" (más vale no hacer lecturas maliciosas del enunciado) porque el Atlético de Madrid distribuyó entradas a los delincuentes del Frente Atlético incumpliendo un acuerdo previo en sentido contrario. Pese al escaso aprecio que tienen los actuales dirigentes del Athletic tanto a la precisión de sus mensajes como a su coincidencia con la realidad, en este caso es seguro que su relato se ajusta a los hechos. El Athletic no tiene por qué saber, ni decidir, el destino último de las entradas que facilita al equipo visitante. Siendo esto así, cabe preguntarse si alguno de los muchos comités, comisiones u organismos que dicen velar por el fútbol y/o por la seguridad ciudadana, tendrá a bien tomar alguna medida contra los responsables de facilitar la presencia en San Mamés de ese centenar de tullidos intelectuales. Cabe extender la pregunta a los responsables policiales, tanto de Madrid como de Gasteiz, y pedirles que expliquen la razón del, digamos, escasamente activo papel de sus agentes durante todo el tiempo que los susodichos tullidos se dedicaron a provocar, insultar y agredir a los aficionados de San Mamés. Evidentemente son preguntas retóricas que no esperan respuesta, es solo que hoy tengo el día preguntón.
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