Empezando a jugar el partido anterior a las 19:50, se supone que el telespectador puede pasar sin solución de continuidad de un partido al siguiente. Un vistazo al reloj desmiente la teoría, puesto que el partido en cuestión, en este caso el del Athletic, acabaría a las 21:35 con dos tiempos de cuarenta y cinco minutos y un descanso de quince. Eso sin contar las prolongaciones que, normalmente suelen ser de un minuto en el primer tiempo y de tres o cuatro en el segundo, si no ha habido demasiadas incidencias. Adelantar la hora de inicio supondría coincidir con el final del partido anterior que, siempre en pura teoría, acabaría a las 19:45. Así que caben dos posibilidades: a) que el operador televisivo haya calculado que todo el pescado estará vendido en San Mamés para el minuto 85 o antes, y b) que estén pensando en acortar a diez minutos el tiempo de descanso.
In illo tempore, cuando los horarios de los partidos los decídían los clubes, el Athletic solía jugar sus partidos nocturnos en San Mamés a las 20:15, cuando lo normal era que en todos los campos se jugara a las 20:00, salvo en Valencia que empezaban a las 22:00 e iban cenados al campo. La razón de tan peculiar horario en San Mamés obedecía a una solicitud de los comerciantes de la ciudad para que los socios de dicho sector tuvieran con esos quince minutos, tiempo suficiente para cerrar sus tiendas y acudir al campo. Tenía su lógica y su razón. Lo de ahora, es otra cosa; pertenece al género del humor. Y es mejor pensar que obedece a la pura casualidad el hecho de que sea precisamente el Athletic quien estrene tan peculiar horario. Lo contrario sería atribuir a los autores del disparate una inteligencia al servicio de la maldad que, sinceramente, creo que no les alcanza.
Son las cosas de empeñarse en copiar una fórmula ya ensayada, la de televisar todos los partidos de la jornada de forma consecutiva, cuyo fracaso quedó en evidencia con la deserción masiva de los espectadores de los estadios. Aquí llevamos camino de lo mismo y teniendo en cuenta quiénes dirigen el cotarro, habrá que convenir en que no los encontraríamos mejores ni más capaces para conseguir arruinar un negocio tan boyante como el del fútbol. Si ellos no lo consiguen en un plazo razonable de, pongamos un par de años, podremos concluir que el fútbol y las cucarachas serán los únicos supervivientes tras un holocausto nuclear.
De momento, ya se empiezan a vislumbrar los primeros síntomas de la catástrofe. Ochocientos euros de taquilla en un partido de Segunda División, seis mil espectadores en un derbi Getafe-Atlético de Madrid, graderíos vacíos o semivacíos en casi todos los campos, abonados que comparan cuánto pagan por su abono y cuánto les cuesta comprar un paquete de televisión, socios que se ven en la tesitura de romper con sus costumbres familiares cimentadas en años de fútbol de domingo por la tarde...
El invento se cae por su propio peso y al parecer ni los chinos están dispuestos a echar una mano. El Real Madrid-Osasuna que se jugó al mediodía del pasado domingo se presentó como una especie de prueba de fuego, un ...como queríamos demostrar. Se llenó el estadio, quizá como reacción de la afición merengue hacia los que señalan al Real Madrid como único beneficiario junto con el Barcelona, de todo este lío, y al de pocas horas la trompetería triunfal anunció que sesenta millones de chinos habían visto el partido, sin especificar si en la cifra se incluían nuestros chinos de restaurantes y bazares. Lástima que apenas dos días después se rebajara el dato hasta la modestísima cifra de diez millones de chinos, lo que viene a ser en relación con la población total, como la audiencia de una de nuestras televisiones locales, chino arriba, chino abajo. Un éxito que augura que Florentino Pérez y Sandro Rosell venderán en China tantas camisetas de sus equipos como en su día vendió Badiola de la Real Sociedad.
Menéame
GBookmarks: marcar
