Han cambiado muchas cosas en estos tres años. Para empezar, la propia vivencia de la semifinal. Hace tres temporadas, el Athletic llevaba un cuarto de siglo sin alcanzar el partido trascendente, aunque se había asomado en un par de ocasiones a la semifinal. Aquel cruce contra el Sevilla tuvo mucho de épico por su carácter histórico. Llegaba la semifinal a Bilbao después de un 2-1 en el Sánchez Pizjuán, logrado en el último minuto por el Sevilla (sí, entonces también el Athletic sufría el último minuto), después de que Llorente hubiera adelantado al equipo antes del descanso. Aquel gol del delantero centro pesaba una tonelada de ilusión en los corazones rojiblancos porque valía una victoria mínima en San Mamés para alcanzar el objetivo. La familia rojiblanca se movilizó como hacía mucho que no lo hacía. Puestos a hacer memoria, San Mamés vivió un ambiente tan potente como cuando el Athletic logró su último título de Liga. Fue una explosión que nació en el corazón de todos y cada uno; nadie tuvo que convocar a los aficionados para que esperaran al equipo a las puertas del hotel, ni nadie organizó a miles de personas para que se apostaran a lo largo de todo el recorrido hasta el campo. Símplemente, sucedió porque la afición percibió que la Copa y el Athletic volvían a encontrarse en el camino. Aquello tuvo la verdad de lo espontáneo. Tres años después, ni la entidad del rival ni las circunstancias del partido han sido las mismas; la fiesta ha sido parecida a primera vista, pero en el fondo ha tenido un algo de impostura que le ha restado autenticidad. Los entusiasmos organizados y previstos, no son tan contagiosos, aunque tampoco vienen mal en estos tiempos. En cualquier caso, que las nuevas generaciones se acostumbren a protagonizar nuevos capítulos de la historia, en lugar de limitarse a escuchar las batallitas de sus padres, también es una buena noticia. Hasta aquí la disgresión pureta.
Han cambiado más cosas y de ahí el titular con la frase de Bielsa. Ahora la percepción de la final es muy distinta a la que se tenía hace tres años. Entonces sí era un objetivo en sí mismo llegar a la final porque incluía el premio del pasaporte europeo. A nadie se le pasaba por la cabeza que el Athletic tuviera alguna posibilidad de ganar a aquel Barcelona que estaba dando sus primeros pasos hacia la meta de ganar todos los títulos en disputa aquel año. Como mucho, el aficionado más optimista soñaba con un remoto e improbable milagro. Ahora, mientras el Athletic goleaba al Mirandés, en su fueron interno los aficionados rojiblancos se adelantaban al pensamiento que expresaría más tarde Bielsa en voz alta: las finales están para ganarlas y a día de hoy este Athletic puede ganar a cualquiera a un solo partido, incluso a este Barcelona que vuelve a cruzarse en el camino. Suelen decir los futbolistas en la derrota que una de las grandezas del fútbol es que siempre te concede la oportunidad de una revancha. Ahí la tienen los leones.
Han cambiado muchas cosas de fondo en estos tres años. La plantilla y el equipo titular sobre todo. Tomando como referencia otras dos finales jugadas en un intervalo de tres años, las de 1955 y 1958, la famosa de los once aldeanos, y repasando las alineaciones que presentó el Athletic, encontramos que tan solo hubo tres cambios, uno de ellos completamente circunstancial. Los once que ganaron al Sevilla en 1958 por 1-0 fueron: Carmelo, Orue, Garay, Artetxe; Mauri, Mauregi; Azkarate, Markaida, Arieta I, Uribe y Gainza. Solo Azkarate, Markaida y Maguregi no estuvieron en la alineación de los once aldeanos. Sus sitios los ocuparon Canito, Etura y Koldo Agirre.
Es verdad que el fútbol ha cambiado mucho y que ahora todo sucede a velocidad de vértigo. Hace tres décadas los aficionados se sabían, además de la suya, buena parte de las alineaciones de todos los rivales. Cada equipo tenía un ramillete de jugadores determinados, identificados con una camiseta y un escudo, que debutaban y se retiraban en el mismo club. Los niños de entonces sabían que a cada cara, a cada nombre, le correspondía una camiseta, siempre la misma, en las colecciones de cromos.
Por su propia peculiaridad, el Athletic se ha mantenido un poco al margen de esa vorágine de compras y ventas, idas y venidas. Por eso llama la atención el repaso de los protagonistas de la final del 2009, comparada aquella lista con la alineación y convocatoria del partido contra el Mirandés que, salvo catástrofe natural, serán muy parecidas a las que presentará Bielsa el día de la final. Caparrós alineó a Iraizoz, Iraola, Ocio, Amorebieta, Koikili; David López, Orbaiz, Javi Martínez, Yeste; Llorente y Toquero. Desde el banquillo salieron Susaeta, Joseba Etxeberria y Jon Vélez y se quedaron sin jugar Armando, Gurpegui, Etxeita y Balenziaga.
Ante el Mirandés repitieron Iraizoz, Iraola, Amorebieta, Javi Martínez y Llorente, solo cuatro fútbolistas de campo. Los nuevos fueron Aurtenetxe, De Marcos, Muniain, Herrera y Susaeta como titular. Desde el banquillo salieron San José, Iñigo Pérez y David López, y se quedaron sin jugar Raul y Toquero. Siete de los jugadores convocados para la final de Valencia ni siquiera pertenecen a la disciplina del Athletic y el técnico no cuenta para nada con dos más.
La renovación ha sido cosa tanto de Caparrós como de Bielsa, puesto que el técnico de Utrera permaneció en el Athletic hasta dos años después de aquella final. Casi se podría afirmar que las altas fueron cosa de Caparrós y las bajas de Bielsa, quien no ha hecho fichaje alguno y se ha limitado a redimensionar una plantilla heredada, dicho en términos numéricos, puesto que su aportación en aspectos técnicos y tácticos y en la reubicación de determinados jugadores, tanto en el campo como en el escalafón de la plantilla, ha sido mucho más enriquecedora.
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