Se decía antes del partido que su desarrollo y desenlace dependerían en gran medida del estado de ánimo del Atlético de Madrid, ese equipo ciclotímico del que nunca sabes qué te puedes esperar. Pero para caja de sorpresas, este Athletic de Caparrós, al que se le supone un estilo definido, pero que lo mismo se comporta como un adoquín, que se transfigura en una orquesta que interpreta con gusto un fútbol primoroso.
En el Manzanares salió el Athletic que sorprende a sus más perseverantes seguidores enlazando quince pases en jugadas que una semana antes se resolvían con un patadón. La puesta en escena de los de Caparrós fue magnífica, con un cabezazo de Gurpegui que De Gea salvó con la punta de los dedos, y un trallazo de Llorente que repelió el poste. Minutos después, De Gea volvía a salvar el gol repeliendo un remate cercano del delantero del Athletic que culminaba una gran jugada individual dentro del área, impropia de un futbolista de su talla física. Fueron tres acciones que, una vez conocido el desenlace, se puede decir que condicionaron el partido, no solo por lo que significaron en el marcador, sino por el efecto que causaron en las mentes de unos y otros.
Lideraba entonces el equipo un Gabilondo que cuando entra en calor demuestra una calidad que este equipo agradece mucho. Lideraba el de Añorga a unos compañeros con muchas ganas de hacer las cosas bien y diferentes. Llorente barría el frente de ataque con un Toquero que se movía tanto como siempre, pero con más sentido. Javi Martínez era la máquina que lo mismo recupera atrás que arrolla en el ataque y Gurpegui ponía el cemento necesario para que Iturraspe se sintiera seguro para atreverse a jugar al fútbol. Hasta los de atrás, sobre todo los laterales, se incorporaban con alegría a posiciones adelantadas ante la ausencia de noticias de los atacantes colchoneros.
El Athletic debió resolver el partido antes del descanso. No lo hizo porque el propio brillo que producía su fútbol en la zona ancha, parecía cegarle dentro del área. Más que nunca, los de Caparrós añoraron un killer en las cercanías de la portería, uno de esos tipos que no dudan cuando huelen el miedo del portero. Un Forlán o un Agüero, pongamos por caso.
La pegada fue la que determinó al suerte del partido. Remedando los viejos carteles del boxeo, el Athletic fue el fino estilista y el Atlético, el rudo fajador. Los de Caparrós bailaron alrededor del rival, le puntearon con la izquierda y con la derecha, amagaron y compusieron siempre una gran estampa, pero recibieron dos ganchos al hígado y acabaron en la lona.
Fue injusto, muy injusto, el resultado, pero a veces ocurren estas cosas. Esta vez no se le puede reprochar nada ni al equipo ni a su entrenador, ni siquiera los cambios, aunque en este aspecto cabría algún matiz por la insistencia de colocar a Muniain tan alejado del área, o por la sorpresiva presencia del desaparecido Yeste. Pero para entonces, el partido ya era otro. El gol de Forlán y la sucesión de ocasiones desperdiciadas, ya estaban haciendo su trabajo en las neuronas de los leones, cada vez más minados por su propia incapacidad ante una portería a la que llegaban con facilidad por los caminos más diversos.
¡Qué pena que el despliegue de fútbol no tuviera la recompensa del resultado!. Sobre todo porque no es la primera vez. Esperemos que sea la última, porque jugando así pocos partidos se pueden perder. Para los que se enredan en el debate sobre de qué se trata cuando hablamos de jugar bien al fútbol, el Athletic del Manzanares es el perfecto caso práctico. Orden, criterio, manejo del balón, alternativas, pelotazo largo y balón en corto al pie del compañero, aperturas a la banda y penetraciones por el centro... Faltó el gol que es para lo que se hace todo lo anterior pero más importante que el resultado puntual es el convencimiento de que el gol llegará mucho antes por ese camino, que por otros que suele andar este equipo tantas veces.
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