lunes, 2 de enero de 2012

Bielsa no ve necesidad de fichajes

"En lo que a mí respecta, no hay necesidades". Marcelo Bielsa es tajante cuando se le cuestiona por la posibilidad de reforzar la plantilla en el mercado de invierno que se abre con el año nuevo. En realidad, en el caso del Athletic el asunto se ciñe a una única alternativa: la de Aritz Aduriz, añorado casi desde el mismo momento en el que se cerró su traspaso al Mallorca. Han pasado tres años y medio de aquello, mucho tiempo en fútbol. El delantero cumplirá treintaiun años el próximo mes de febrero y ha perdido protagonismo en el Valencia, donde Emery le ha relegado a la condición de tercer delantero. Estas circunstancias favorecen, a juicio de muchos, una posible salida de su actual club, que se encuentra sumido, además, en una imperiosa necesidad de hacer caja.
La afirmación de Bielsa deja, sin embargo, poco espacio para la especulación. Podía haber regateado la pregunta escondiéndose en un lugar común y, de hecho, pareció echar mano del recurso cuando puntualizó su condición de mero empleado de la institución, restándose peso en la toma de decisiones, pero su siguiente frase, la que da comienzo a este texto, no admite lugar a la mínima duda; si cree que no hay necesidades, ¿qué papel interpretaría un hipotético refuerzo? o, por decirlo de otra manera ¿cómo acogería el entrenador a ese posible fichaje si lo considera innecesario?.
Si se tiene a Bielsa por un técnico que no se esconde y que personaliza una serie de valores, entre los que destaca la sinceridad cada vez que se expresa en público, habrá que descartar que su afirmación obedezca a una táctica negociadora; ya se sabe, eso de no valorar en exceso el objeto de deseo, para no despertar la codicia del vendedor.
Tratándose de fútbol resulta muy arriesgado dar por cerrado un asunto de esta índole, pero dando por sentado que es así, la intervención del entrenador genera un efecto no deseable como es la revalorización de un Llorente cuya continuidad se negocia ya, o se negociará en breve. Bielsa puede considerar que tiene suficiente plantilla y sostener que no hay necesidad de refuerzos, pero tendrá que admitir que, en el caso del grupo rojiblanco, suficiente es un concepto que hay que interpretar en su literalidad, es decir, que puede bastar para sus planes, siempre y cuando se mantenga en su composición actual.
Si se hiciera una consulta entre todos los socios en la que se les preguntara por la calidad de la plantilla, serían muy pocos quienes coincidirían con Bielsa calificandola de suficiente. Salta a la vista para cualquiera que haya visto un solo partido del Athletic esta temporada, la carencia de un hombre gol en el equipo rojiblanco. Con alguien resolutivo en el área, probablemente a estas alturas el casillero de puntos estaría mucho más en consonancia con el juego desplegado por el equipo. En contra de la afirmación del técnico, sí parece que hay necesidades en este equipo. Otra cosa será que Aduriz pudiera ser la alternativa para cubrir esas necesidades, pero es que el Athletic tampoco está en situación de elegir en el reducido mercado en el que se mueve.
Aduriz no debería haber salido del Athletic en su día, pero una vez consumado el error, hay que mirar al futuro con determinación. Aduriz podría ser un refuerzo interesante a corto plazo, Llorente tiene que ser un pilar determinante a medio plazo y Lezama tiene que aportar una solución a largo plazo; como siempre, cabría añadir. De las tres premisas, el incumplimiento de la primera sería la más fácilmente sobrellevable. Las otras dos son de obligado cumplimiento. A lo mejor, Bielsa está mirando más a Lezama que a Valencia. Veremos.
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jueves, 29 de diciembre de 2011

Medio año con Bielsa (y3)
El trabajo silencioso

Una cosa comparte el entrenador del primer equipo del Athletic con su presidente: su desapego para con los medios de comunicación. Si Marcelo Bielsa no concede entrevistas personales, Josu Urrutia, tampoco. Era conocida la política de comunicación del técnico, quien la justifica en la conveniencia de mantener la igualdad de trato con toda la prensa, independientemente de su influencia, audiencia o tamaño. No tiene inconveniente en extenderse todo lo que sea preciso en las ruedas de prensa, pero alcanzar la oportunidad de mantener una conversación personal es tarea prácticamente imposible, y no solo en el formato de formal entrevista previamente concertada, sino tampoco en la charla casual y relajada en las horas muertas de la sala de espera de un aeropuerto o en el hall del hotel. Bielsa rehuye todo contacto con los medios de comunicación, lo que le dota de una aureola de misterio que engrandece el personaje. Con él no existen esos of the records tan valiosos para el periodista; o al menos no existen en Bilbao. Un repaso a la literatura que ha producido el desempeño profesional del técnico en otras latitudes, desvela un compendio de frases, pensamientos expresados en voz alta, o sentencias que van describiendo su personalidad. En medio año de comparecencias en Lezama y San Mamés, el periodismo local no ha conseguido sacarle una de esas frases que pasan a la posteridad, no se sabe si por impericia de los profesionales, porque Bielsa ha reforzado su hermetismo o porque, sencillamente, no ha ocurrido nada especialmente interesante que merezca una reflexión profunda.
Marcelo Bielsa trabaja en silencio, aunque no se pueda tomar la frase en su literalidad si se ha asistido a alguna de sus sesiones de entrenamiento. Lo hace en equipo o, mejor dicho, dirigiendo un equipo que en el Athletic forman los ayudantes que han venido con él y algunos técnicos de la casa, encargados fundamentamente del análisis de los rivales. Bielsa dirige su equipo de trabajo organizado en escalafón, y lo mismo aplica a su relación cotidiana con los jugadores, tarea que delega en uno de sus colaboradores.
Pero que Marcelo Bielsa guarde silencio ante la opinión pública no quiere decir que no haya expresado sus ideas. Lo hace a través del equipo que dirige. No hay dudas acerca del fútbol que le gusta, ni sobre lo que opina de los jugadores a sus órdenes. En este sentido, su ideario futbolístico es de una trasparencia cristalina. Y lo mejor es que se ha adaptado como un guante a la tradición del Athletic, un equipo que siempre se ha caracterizado por su valentía, expresada en un fútbol directo, enfocado siempre hacía la portería contraria.
Es curioso cómo los detractores de Bielsa le acusaron de tratar de imponer un juego de toque, elaborado, de inspiración sudamericana, émulo del célebre tiqui-taca del Barcelona. Esa acusación de traición a las esencias rojiblancas, se cae por su propio peso a la vista del juego del Athletic, cuando no cuestiona muy seriamente los conocimientos futbolísticos de quienes la esgrimen, cuya miopia, interesada o involuntaria, les hace ver la imagen distorsionada de un Athletic enfangado en un fútbol de patadón, como si ese fuera el estilo histórico del equipo de San Mamés. Distorsión que ha alcanzado niveles de caricatura los últimos años, en los que por citar algunos nombres propios, se ha entronizado a Toquero como prototipo de jugador del Athletic, olvidando a los Panizo, Gainza, Artetxe, Uriarte, Rojo, Sarabia, Argote y tantos otros que hicieron de la técnica individual y del movimiento preciso del balón su seña de identidad.
El fútbol del Athletic de Bielsa se parece mucho más al del Athletic de toda la vida que al del Barcelona. El equipo quiere robar el balón con una presión adelantada y llegar al área contraria cuanto antes. Lo intenta por dentro, a base de toques y paredes, pero también por fuera, donde los laterales asumen el papel de los extremos tradicionales. Se trata de un estilo que requiere un desempeño físico nada desdeñable y un sentido colectivo del juego que ha sido permanente seña de identidad del Athletic, un club y un equipo donde el grupo ha prevalecido siempre sobre lo individual.
También en Ibaigane reina el silencio desde que Josu Urrutia ocupa el despacho principal del palacete. Su campaña electoral ya fue atípica, con una presencia muy tasada en los medios. Si como candidato Urrutia habló solo lo justo, no puede sorprender que una vez alcanzado el sillón presidencial se mantenga fiel a esa política de comunicación. Como el entrenador, la presencia del presidente en los medios se circunscribe a las ruedas de prensa que convoca con regularidad, una al mes, en Ibaigane. Es verdad que Urrutia es más accesible en el plano informal, pero tampoco se conocen grandes declaraciones suyas en un aeropuerto, en la entrega de un premio o en una gala, actos a los que tiene que asistir en su condición de máximo responsable del club y en los que nunca se ha visto al entrenador. En los primeros tiempos en Ibaigane su equipo de comunicación justificó el silencio en el desconocimiento de las interioridades del club y emplazó a los medios a esperar un tiempo prudencial para solicitar entrevistas personales. O ese tiempo no se considera transcurrido todavía, o la costumbre ha relajado la exigencia de los media.
El silencio de Urrutia molesta más a los medios que el de Bielsa, o al menos eso dejan entrever quienes censuran velada o directamente, la distancia del presidente. Cosa discutible teniendo en cuenta que el club dispone hoy en día de más herramientas propias que nunca para hacer llegar su mensaje a socios y aficionados. Es comprensible que los medios añoren a los presidentes dicharacheros, dispuestos a conceder entrevistas hasta a radiotaxi, pero no por hablar menos un presidente es más lejano a la masa social. Puede extrañar, eso sí, que quien como futbolista fuera uno de los que tenía un discurso más estructurado, se refugie como presidente en el silencio.
Pero hablamos de política de comunicación en su globalidad. Y es que si el entrenador y el presidente guardan silencio, la actual directiva del Athletic es algo así como la directiva invisible. Ni un desliz, ni una salida de tono, ni una contradicción, se pueden encontrar en la actual junta en su primer medio año de mandato, circunstancia que roza lo milagroso en un mundillo tan proclive a la confidencia y al compadreo y en el que nunca faltan ojos y oídos ávidos de captar el más nimio detalle para convertirlo en noticia de alcance.
Aunque hace falta al menos un ejercicio completo para analizar el trabajo de una directiva, no cabe duda de que los actuales mandatarios del Athletic están intentando sentar las bases de la recuperación del estilo prometida en las elecciones, también en la gestión diaria del club. Paulatinamente el Athletic está volviendo a ser aquella institución en la que nunca pasaba nada, y en la que la discreción, y hasta el hermetismo, eran las señas de identidad de dirigentes y empleados. Todo aquello saltó por los aires mediada la década de los ochenta, cuando el Athletic se convirtió en la casa de tócame Roque, situación que, con altibajos, se ha mantenido prácticamente hasta ahora. Un repaso a los periódicos de las dos últimas décadas da para un compendio de declaraciones, contradeclaraciones, dimisiones y cambios de bando entre los miembros de la clase dirigente del club. De momento, la junta actual está pasando con excelente nota ese examen. Ni el más avezado socio del Athletic sería capaz ahora mismo de recitar los nombres de seis directivos. Y eso que la actual dirección rojiblanca está siendo la menos presidencialista de las conocidas en la era moderna del club, como se pudo comprobar en el transcurso de su primera asamblea de compromisarios, solventada, por cierto, con una suficiencia que no auguraban algunas predicciones tan apocalípticas como disparatadas.
Medio año no es tiempo suficiente para extraer demasiadas conclusiones, aunque sí para apreciar tendencias. Es verdad que los primeros meses fueron bastante complicados para los recién llegados mandatarios, pero seguro que por desgracia, el fútbol les reserva momentos más ingratos que pondrán a prueba los valores que, hasta ahora, están exhibiendo. De momento, se agradece el silencio.
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miércoles, 28 de diciembre de 2011

Medio año con Bielsa (2)
El orgullo recuperado

En el plano estrictamente deportivo, estos seis meses han bastado para comprobar la profunda evolución del juego del Athletic. Posesión, presencia en campo contrario y protagonismo, fueron las premisas que preconizó el técnico cuando llegó a Bilbao con algunos días de retraso, por cierto, sobre el calendario de pretemporada previsto. Sus ayudantes ya habían dirigido algunas sesiones de trabajo antes de que aquella imagen de la vidoconferencia se materializara en Lezama.
El importante recorte de la plantilla que exigió el entrenador a la junta directiva, alimentó las dudas y los temores, algunos infundados, muchos interesados, entre la afición. El climax de la desconfianza llegó con la salida de Orbaiz, todo un referente, que dejaba huérfano el centro del campo, al menos a primera vista. Otros experimentos como la alineación de Gurpegui como lateral derecho y la relegación de Iraola al banquillo de los suplentes, añadieron armas dialécticas a quienes no terminaban de aceptar el veredicto de las urnas. En el mes agosto se habló de turrón en Bilbao.
Los primeros resultados tampoco ayudaron al entrenador en la propagación de su mensaje. Empezar empatando en casa contra el recién ascendido Rayo Vallecano arrojó más niebla a un verano que resultó soleado en algunos amistosos, aunque transcurriera bajo una perpetua amenaza de tormenta. El estreno europeo tampoco había resultado afortunado, con aquel empate sin goles ante el Trabzonsport en un partido cuya lectura más desapasionada desvelaba que el Athletic había hecho méritos para ganar por goleada.
El silencio de Bielsa tampoco colaboró entonces a remansar las aguas. El mundo rojiblanco caminaba con paso firme hacia una nueva escisión entre los partidarios del cambio y los que se aferraban al pasado. Fueron unos momentos delicados los que vivió el Athletic a lo largo de todo el mes de septiembre, aunque el ruido no llegó a atravesar nunca las paredes de San Mamés, ni siquiera cuando en la quinta jornada el Villarreal empató en la catedral ante un Athletic que seguía sin conocer la victoria en la Liga.
Había ruido en los mentideros y en algunos medios de comunicación, sobre todo del ámbito audiovisual, pero sonaba tan interesado y artificial, que el grueso de la afición rojiblanca supo permanecer en un silencio expectante. La actitud de la afición tuvo mucho que ver con un ejercicio de memoria y esperanza. Memoria para recordar crisis pasadas, artificialmente alimentadas, que acabaron en desastre (Irureta, en el recuerdo) y esperanza basada en la percepción de que algo muy profundo estaba cambiando en el equipo. Los marcadores fallidos no hacían justicia al juego que desplegaban los leones, cada vez más armonioso y espectacular, desmintiendo a aquellos que sostenían que los futbolistas del Athletic no podían jugar a otra cosa que al patadón. Lo que al principio pareció una propensión al suicido, con un equipo volcado en ataque que dejaba desguarnecida a la defensa propia, se desveló como un estilo de juego perfeccionable, que tendría que acabar dando resultados. La victoria en Bratislava, 1-2, primera de aquel angustioso septiembre, tuvo una oportuna ratificación cuando el calendario estaba a punto de perder una nueva hoja, con el triunfo en San Mamés ante el PSG, el rival de referencia en el grupo europeo. Los marcadores ratificaban, por fin, el buen fútbol del Athletic, y la afición comprobaba satisfecha que las palabras de Bielsa, no eran un brindis al sol.
El Athletic tenía el balón y el protagonismo en todos los partidos, fuera quien fuera el rival y el escenario. La victoria en Anoeta cambió el gesto hasta de los más pesimistas, y la goleada sobre Osasuna devolvió por fin la sonrisa a los asistentes a San Mamés, que ahora iban por fin al campo a disfrutar.
La exhibición de ambición del equipo en Valencia y la constante sensación de superioridad que exhibía en todos los partidos convencieron a los más descreídos. El estilo de Bielsa alcanzó su cénit en los partidos ante el Barcelona y el Sevilla. El nuevo estilo del Athletic trascendió los limites del entorno natural rojiblanco y su fama alcanzó incluso a aquellos para los que el fútbol no existe más allá de Madrid y Barcelona. Ahora, al equipo no solo se le pide ganar sino jugar bien y divertir; todo lo que no sea cumplir con tan ambiciosas espectativas se considera una decepción.
Los futbolistas han interiorizado el nuevo estilo con rapidez, demostrando y, lo que es más importante, demostrándose a sí mismos, que son mejores que lo que les decían desde todos los ámbitos. La polivalencia de bastantes de ellos, un aspecto capital en el modus operandi de Bielsa, le permite al entrenador alterar la fisonomía del equipo cambiando de posición a un par de hombres, o con apenas algún relevo. Son aspectos suficientemente comentados y hasta discutidos (como la posición de Javi Martínez) sobre los que no merece mucho la pena insistir. El técnico ha dado tantas muestras de ductilidad como de obstinación en sus decisiones. Hace falta más tiempo, al menos una temporada completa, antes de poner el foco en estos aspectos y en otros como el coste físico que supone disponer de un grupo muy reducido, sometido a una enorme exigencia en cada partido.
En el orden estrictamente resultadista, el balance no puede ser tan positivo. En los veintinco partidos oficiales disputados hasta la fecha, el Athletic ha ganado once, ha empatado nueve y ha perdido cinco. Pero hay que leer con cuidado esos números puesto que son las cifras de la competición europea las que adecentan la estadística general. Si nos circunscribimos a la Liga, el balance es más modesto: cinco victorias, cuatro derrotas y siete empates. Unos números que, en cualquier caso, no hacen justicia al juego desplegado por el Athletic. Las cuatro victorias, dos empates y una derrota en Europa, y los dos triunfos en la Copa, reflejan mejor el desempeño del equipo sobre el terreno de juego. La falta de acierto en el área contraria, la ausencia de un killer al uso, constituye la principal carencia de un equipo que produce juego y ocasiones como para golear en cada partido. La repetida sensación al término de cada partido, de que el Athletic ha merecido más, describe la realidad de este grupo de futbolistas.
Puede afirmarse que el Athletic de Bielsa ha tenido más fútbol que marcadores favorables en estos seis meses, lo que no añade mucho en la eterna discusión entre los resultadistas y sus opositores. La aportación del técnico argentino atañe a aspectos más profundos que el mero juego o los resultados. Al margen de que el equipo juegue mejor o peor, gane o pierda, lo trascendente del cambio radica en la recuperación del orgullo, que se traduce en el respeto reverencial que manifiestan todos los visitantes de San Mamés, que no dudan en plantar un cerrojo en su propia área, y en el descaro con el que el Athletic se desenvuelve cuando actúa como visitante, vaya a donde vaya. Esta recuperación el orgullo, ese sentirse y comportarse como un grande que trasluce el equipo, es lo que más agradece el aficionado que ha sufrido tantos años de penurias y sentimiento de inferioridad alimentado muchas veces desde el propio club. Es la prometida recuperación del estilo.
El aficionado agradece además que Bielsa cumpla con la palabra empeñada a su llegada. El Athletic quiere el balón, quiere jugar en campo contrario y quiere ser el protagonista. A estas alturas, después de veinticinco partidos, ya nadie duda de ello.
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martes, 27 de diciembre de 2011

Medio año con Bielsa (1)
La promesa de un cambio de estilo

Han pasado casi seis meses desde que se produjo el cambio en el puente de mando del Athletic. El día de San Fermín, los socios eligieron a Josu Urrutia como presidente, con un respaldo masivo en las urnas. Con Urrutia llegaba al banquillo Marcelo Bielsa, un técnico del que la mayoría de la masa social rojiblanca apenas tenía referencias. En la otra esquina del ring electoral, Fernando García Macua y Joaquín Caparrós, presidente y entrenador durante los cuatro años anteriores, aparecían como derrotados, si bien hay que recordar que García Macua sumó más apoyos que cuando se proclamó presidente. El triunfo de Urrutia, con más votos que ningún otro presidente electo, fue, en cualquier caso, incontestable.
Fueron unas elecciones inesperadas para los entonces inquilinos de Ibaigane, quienes calculaban que el balance de su mandato había sido lo suficientemente positivo como para ganarse una prórroga de cuatro años sin oposición. Una final de Copa, dos presencias en Europa y un equipo estabilizado debían tener, a su juicio, el suficiente peso específico en el ánimo de los socios. Cometieron un error de cálculo evidente. Quizá no recordaron que algunos años antes, en el verano de 1994, el candidato José María Arrate, también ganó al presidente José Julián Lertxundi, pese a que éste contaba a su favor con la reciente clasificación del equipo para la UEFA, tras una brillante temporada en la que, bajo la dirección de Heynckes, el equipo hacía disfrutar con su juego a una afición más que ilusionada con la irrupción de un jugador tan singular como Julen Guerrero. Entonces, los problemas económicos que padecía el club pesaron más que los éxitos deportivos en el ánimo de los socios, que votaron por el cambio. El desmarque de Heynckes en plena campaña electoral fue la puntilla para los intereses de Lertxundi.
También en el duelo García Macua-Urrutia pesaron diversos factores, tanto deportivos, como económicos y sociales. El complejo microcosmos rojiblanco reacciona a diferentes estímulos que trascienden del mero resultado deportivo. Caparrós lo pudo comprobar sufriendo anonadado la desaprobación mayoritaria de la grada de San Mamés cuando se disponía a celebrar por todo lo alto la clasificación para Europa. El técnico, que había sabido estabilizar a un equipo que encontró en estado de coma, no entendió los mensajes que le estaban llegando cada partido en los últimos tiempos desde las tribunas y desde los medios de comunicación de referencia; su desatención y el desconocimiento del medio en el que se había movido durante cuatro años, le llevó a cruzar la línea roja cuando en la sala de prensa del Reyno de Navarra proclamó el que sería su epitafio: "Clasificación, amigo; déjate de imagen". Lo dijo después de una victoria vital para las aspiraciones europeas del Athletic, que llegó tras un partido infame gracias a la picardía de Muniain para aprovechar una jugada desafortunada de un defensa y el portero osasunista.
Josu Urrutia, profundo conocedor del club por su propia experiencia vital, sí que entendió el mensaje que transmitía la parte de la afición que no se resignaba a dar por bueno el señuelo de la clasificación europea, la que analizaba al Athletic desde una perspectiva histórica mucho más amplia que los últimos cuatro años, y la que se negaba a realizar cualquier análisis desde la cortedad de miras del famoso e interesadamente recordado 'bienio negro'.
Tan bien entendió Urrutia la idea, porque él mismo la compartía, que hizo de la recuperación del estilo tradicional del Athletic el argumento central de su campaña. Un mensaje, éste del estilo, tan rotundo para el iniciado como difícil de explicar al profano. Porque el concepto estilo abarca tanto los aspectos deportivos, como los que atañen a la gestión económica o a la relación de la institución con sus seguidores. Es tan difícil definir en un par de frases qué es el estilo, como sencillo entender de qué se trata.
Para cristalizar esa promesa de recuperación del estilo en el plano deportivo, eligió a Marcelo Bielsa, un entrenador singular que podría coincidir con la singularidad del propio Athletic, un técnico cuya vida personal y profesional se rige por una serie de valores no muy comunes en el medio. Los rivales se apresuraron a buscar argumentos para descalificar la elección, aunque la mayoría resultaran ridículos a fuerza de fútiles.
A la vista del resultado en las urnas, queda claro que la mayoría de los socios entendieron el mensaje de calado, sin dejarse cegar por la espuma electoral que agitó hasta extremos inauditos el bando que a la postre resultaría perdedor, arrastrando en su derrota a parte del patrimonio humano del club. En contraposición a la distancia con la que Bielsa participó en las elecciones (una accidentada videoconferencia a última hora, casi a modo de prueba de vida), Caparrós tomó partido y estuvo en primera línea electoral, escoltado por los dos máximos responsables de Lezama y respaldados los tres por un creciente ejército de exjugadores, reclutados a última hora para la causa sin más objetivo aparente que contrarrestar la imagen del candidato Urrutia, el exjugador por antonomasia en el escenario electoral.
Aquella videoconferencia tuvo la virtud de mostrar a un Bielsa humano y comprometido con la causa pese a la lejanía. Había hecho un primer estudio en profundidad de la plantilla y, lo que era más importante, había rechazado ofertas mucho más concretas y jugosas en lo económico, por mantener la palabra empeñada con el entonces candidato. Esa fidelidad demostrada antes de pisar Bilbao, su apuesta por el Athletic por encima de otros intereses, se empezaron a ganar el corazón de una afición en la que, por encima de todo, prima el orgullo de pertenenecia. Marcelo Bielsa ya era del Athletic sin haberse movido de su Rosario natal. Ni siquiera su nacionalidad argentina le puso bajo sospecha en un mundillo como el rojiblanco, tan reacio históricamente a los futbolistas y técnicos del cono sur. Y eso que no faltaron agitadores interesados que sacaron a pasear ese fantasma. Bielsa se convirtió en el segundo entrenador sudamericano de la centenaria historia del Athletic. El único hasta su llegada, había sido el brasileño Martim Francisco Ribeiro de Andrada, quien ocupó el banquillo solo durante dos temporadas y media, en el tránsito entre la década de los cincuenta y la de los sesenta, pero que dejó como legado (desconocido todavía hoy para la mayoría) la creación del equipo juvenil. También de Marcelo Bielsa se espera que deje una herencia de más calado para la vida del club que los meros resultados deportivos puntuales. En estos primeros seis meses ya ha dejado algunos apuntes más que interesantes de lo que puede significar su trabajo para el futuro del Athletic.
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lunes, 26 de diciembre de 2011

Euskal Selekzioa: es fútbol, no es un botellón

El presidente de la Federación Vasca de Fútbol, Santiago Arostegi, ha hecho un llamamiento al sentido común de los que acudirán el miércoles a San Mamés a presenciar el Euskadi-Túnez programado para esta Navidad. No es la primera vez que desde la FVF se hace este tipo de llamamiento, y es que, de un tiempo a esta parte, el comportamiento de una parte del público que acude a los partidos de la Euskal Selekzioa, deja bastante que desear, mejor dicho, deja un saldo de destrozos que dice bien poco de la educación y del talante de quien los provoca.
Ha llovido mucho desde aquel Euskadi-Irlanda que en 1979 supuso el inicio de la historia moderna del combinado vasco tras el largo túnel de la guerra y la postguerra. No se trata de idealizar la memoria, ni de afirmar que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero si todavía queda algo del espíritu que alumbró aquel partido, no es precisamente el comportamiento de cierto sector de los asistentes a la grada.
La corrección política hace que los medios de comunicación prefieran refugiarse en el tópico de la fiesta del fútbol vasco para los grandes titulares, ignorando o relegando a un breve como mucho, las consecuencias no deseadas de esa fiesta. Funciona el mismo mecanismo que en las informaciones que dan cuenta de los diversos Kilometroak, Ibilaldia y similares que se celebran en cada Territorio. Lo justo de la causa y la grandeza de la participación popular ocultan los macrobotellones en los que muchos preadolescentes comienzan su relación con don Simón y sus parientes.
Las palabras de Arostegi recordando que todo aquel dinero que se emplee en reparar desperfectos se detraerá del que se debería destinar al fútbol vasco, no son mera retórica. El presidente de la FVF sabe de qué habla y con ser malo que en un partido de la selección se produzcan destrozos, es incluso peor la imagen que se refleja a ojos de quienes nos visitan. La invasión de campo en los últimos minutos del partido contra Venezuela, la presencia de gente sentada en la valla publicitaria tras la portería con los pies al borde el terreno de juego, las bengalas, los petardos... no contribuyen precisamente a la causa de la proyección internacional de la imagen de la selección.
A fuerza de hablar de la fiesta del fútbol vasco no son pocos los que han acabado identificando este partido como una celebración más dentro del programa navideño. Lo que a nadie se le pasa por la cabeza hacer en un partido del Athletic, de la Real o de Osasuna, pasa por permitido cuando se trata de la selección. La relación con el fútbol de una parte no desdeñable de quienes acuden a este partido, se limita a esta cita; su interés por el fútbol se circunscribe a la magnífica oportunidad de participar en una juerga que congrega a treinta mil juerguistas: el macrocotillón navideño, vamos.
A la FVF le corresponde la buena organización del evento, pero no se lo ponen fácil. Un incremento de la seguridad privada resulta, además de caro, contraproducente por lo que supone de incitación a la transgresión, sin contar con la escasa popularidad que tienen aquí los uniformes, sean del color que sean. Se ha probado a dejar en manos del propio fútbol el mantenimiento del orden, mediante la participación de voluntarios identificados. La idea, aunque encomiable, no ha tenido demasiado éxito.
Como siempre, la educación y el convencimiento son las mejores herramientas para evitar desmanes, aunque la abundancia de alcohol y la coartada de la masa suelen ser enemigos muchas veces insuperables. No sobraría que ESAIT, desde su posición de referencia para muchos, echara una mano en esa tarea de concienciación. Federación, técnicos, jugadores y rivales, se toman muy en serio este partido. Es hora de que el público se lo tome también en serio y que acuda a San Mamés convencido de que va a un partido de fútbol, no a un botellón.
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