Marcelo Bielsa alineó el mismo equipo que tan buena imagen había ofrecido el jueves en Bratislava. Qué sucedió para que ese equipo tan pizpireto y atrevido se convirtiera en apenas tres días en el pelotón de los torpes, pertenece a los arcanos del fútbol. Queda dicho que la puesta en escena fue lamentable, pero es que después se sucedieron los errores, individuales y de concepto, hasta convertir al Betis en un gigante apoyado en dos delanteros diminutos que acabaron desquiciando a una defensa que tampoco es que necesitara mucho para ponerse a cazar mariposas. Bielsa lo intentó permutando las posiciones de Javi Martínez, que volvió a empezar de central, y Gurpegui, de Susaeta y Gabilondo en las bandas, pero nada salía porque el Athletic asistía impotente a la exhibición de un equipo que hacía exactamente lo que el técnico argentino había ordenado hacer a sus jugadores, es decir, presionar muy arriba la salida del balón y mantener su posesión el mayor tiempo posible. Sin balón, el Athletic entró en una agonía de la que solo empezó a salir a base de un derroche de coraje tan encomiable como inútil. Acortar distancias antes del descanso se antojaba un milagro tal y como estaban las cosas, pero ya está dicho que en estos casos, todo suele salir mal. El triunfo que hubiera supuesto llegar a la caseta con un 1-2, se frustró en el tiempo de descuento por culpa de una mano tan involuntaria como evidente de De Marcos dentro del área. El penalti restableció en el marcador la diferencia que había existido sobre el terreno de juego. El en otras ocasiones expeditivo Bielsa, esta vez tuvo demasiadas dudas a la hora de introducir cambios en un equipo que no funcionaba. Mucha gente calentando en la banda para nada, como si el argentino estuviera pensando que aquello solo se podía solucionar cambiando a los once. Los rojiblancos se dedicaron a hacer la guerra por su cuenta: Muniain quería ganar el partido él solo, Susaeta se entregaba a un permanente ejercicio de autohipnosis, Llorente no sabía si iba o venía, hacía mucho tiempo que Gabilondo se había ido, si es que alguna vez estuvo, y hasta Iraola daba por momentos explicaciones de por qué había sido suplente los dos primeros partidos. Mientras tanto los delanteros del Betis se movían en el área de Iraizoz como Pedro por su casa, trenzando jugadas entre la incredulidad y el esperpento. El Athletic estaba roto por el eje desde el minuto uno y nadie acertaba a poner remedio mientras todas las miradas se fijaban en unos defensas siempre vendidos. Sobrevino el caos que alcanzó su punto culminante en la tangana que acabó con la expulsión de Mario. El partido, por llamarle algo, se convirtió en un remedo de esas películas americanas que relatan las peripecias de unos adolescentes bobos y sobrehormonados que no encuentran la manera de llevarse al catre a la guapa de clase. La película podía titularse desmadre en la catedral. Los aficionados regresaron a sus casas ya de madrugada, atónitos tras lo que habían presenciado. Hacía tiempo que no habían visto a su equipo tan frágil y desarmado, a merced de un rival que le pudo endosar una goleada abochornante. Y sin embargo, los leones, apelando a la única razón de su casta, consiguieron llegar a los minutos finales manteniendo la posibilidad de empatar el partido, pese a que muchos acusaban de forma escandalosa el esfuerzo del jueves sumado al castigo del propio partido. Quienes después del partido de Bratislava preguntaban dónde se juega este año la final de la Europa League, murmuraban anoche a modo de mantra, 'ahora vamos a Málaga y luego viene el Villarreal', sin terminar de asimilar lo que acababan de presenciar.
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