Para los que nos gusta el fútbol no fue una sorpresa lo que ocurrió sobre el césped de Mestalla; y para los que seguimos al Athletic, menos. Vaya por delante que parar a este Barcelona resulta prácticamente imposible y solo está al alcance de los más poderosos, de los que emplean sus mismas armas y similar o superior talonario. Del Chelsea, por ejemplo, que puede presumir de haber caído eliminado sin perder ningún partido de su semifinal ante los culés. De los seis goles que encajó el Real Madrid en su propio campo, mejor ni hablar. Establecido que lo más normal es perder ante el Barcelona, no me resisto a matizar que hay maneras de perder, y la del Athletic no me gustó. Caparrós no acertó ni con la alineación, ni con el dibujo ni, por supuesto, tampoco es una novedad, con el análisis sobre la marcha, eso que los modernos llaman leer el partido. La presencia de Yeste pegado a la banda derecha requeriría una explicación detallada que, por descontado, no se dará. La cesión de metros y la inferioridad numérica en el centro del campo, pertenecen también al capítulo de los misterios caparrosianos. La galopada de Touré Yaya en el gol del empate sin nadie que le saliera al encuentro, dice mucho de la disposición táctica del equipo. El miedo, o la empanada, con la que el Athletic regresó del vestuario tras el descanso, sólo pueden estar relacionados con la composición química de las famosas papillas que un amigo del entrenador administra a los jugadores en la media parte, o con un discurso absolutamente equivocado en el vestuario.
Para pretender ganar a este Barcelona tienen que concurrir tres circunstancias: una buena dosis de suerte, una noche negada de los culés y la perfección propia. Ninguna de las tres coincidieron en Mestalla a pesar de que durante la primera media hora, pareció que la ausencia de algunos habituales del Barça le estaba propiciando dudas y despistes en el engranaje general. Fue un espejismo, alimentado por el gol de Toquero, a quien se empeñan en equiparar con Endika, por aquello de establecer paralelismos fáciles con la final de hace un cuarto de siglo. Lo más probable es que quienes lo hacen nunca hayan visto jugar a Endika.
Seguramente el Athletic hubiera perdido de todas las formas, pero me hubiera gustado que lo hubiera hecho de otra forma, más en la línea del primer cuarto de hora, que de lo que ocurrió en el resto del partido. Me dio la impresión de que a raíz del empate, el equipo creyó, o le hicieron creer, menos en sus posibilidades y en sí mismo de lo que nos habían venido contando. Contrastan las lágrimas desconsoladas del final, propias de quien ve frustrada su oportunidad por muy poquito y en el último momento, con lo que había sucedido durante la hora y media anterior.
Las finales están para ganarlas y ésta se ha perdido y no diré que no importa, porque siempre tiene que importar una derrota. Era un cara o cruz, un todo o nada, y salió cruz, salió nada. Pero de esta final hay que extraer algunas conclusiones. La primera de ellas: que esta afición y esta masa social no se merecen los dirigentes que han protagonizado la bochornosa gestión de todo lo que ha rodeado a este partido. La segunda es que la presencia en esta final ha garantizado el relevo generacional. La afición más joven, aquella que no conocía lo que era una final, ya conoce al menos la mitad del asunto. Le falta la otra mitad, la que ocurre cuando se gana una final. Para que la afición más joven siga ampliando sus conocimientos, es imprescindible llegar pronto a la siguiente final...y ganarla. El año que viene hay otra oportunidad, y el siguiente, y el siguiente. En los tiempos que corren la Copa es la única competición asequible para un equipo como el Athletic y no siempre se va a encontrar con el Barcelona en la final. Creo que esa es la conclusión más importante.
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