Marcelo Bielsa por su parte se ha negado a dar pábulo al rumor cortando en seco cuando le preguntaron en Lezama la víspera del partido de Albacete. Pero eso no quiere decir necesariamente que el asunto haya caído en saco roto. El buen trabajo de Bielsa en el Athletic no está pasando desapercibido y seguro que asistiremos a más capítulos de la misma historia o similares, al menos hasta que Guardiola renueve su contrato, que es lo que apunta la lógica. Que lo que ocurre en el Barça afecte al Athletic es lo de menos en este negocio en el que hay dos protagonistas y un montón de comparsas. Hace mucho que resulta muy difícil pronunciar las palabras ética y fútbol en la misma frase.
Claro que en este caso, el problema lo tiene el Barcelona y no el Athletic. El entrenador rojiblanco ya dio pruebas sobradas de su calidad moral manteniendo el compromiso adquirido con el candidato Urrutia por encima de ofertas más sustanciosas y sólidas en aquel momento. Tampoco la entereza de Guardiola está a prueba. Probablemente ambos sean dos de los tipos más fiables que se mueven en un mundo tan frívolo y cambiante.
El problema lo tiene el Barcelona no con Guardiola, sino después de Guardiola. Un entrenador medianamente inteligente se lo pensaría mucho antes de aceptar la oferta de sustituir al actual técnico blaugrana. No se entiende a Guardiola lejos del equipo que dirige,como tampoco se comprende al actual grupo azulgrana sin su técnico. Constituyen una unidad indisoluble e irrepetible, llamada a ocupar un lugar en la historia y por lo tanto insustituible.
Este Barcelona es como el Ajax de Cruyff y Rinus Michels, el Brasil de México'70, el Madrid de Di Stéfano... un grupo que ya ocupa un sitio en el panteón del fútbol, un equipo que solo se forma cuando se produce una conjunción universal de estrellas y planetas. Es un grupo cerrado de elegidos que no admite interferencias que rompan su equilibrio.
Si ciframos la perfección en el diez, el Barcelona no baja del ocho y medio, y ello siendo muy exigentes. El margen de mejora de este equipo es mínimo, y ya se sabe que todo lo que no mejora, empeora. El banquillo del Barcelona se convertirá en un cadalso cuando Guardiola lo abandone. La red de complicidades y afectos tejida entre los jugadores y el técnico, las inevitables comparaciones... todo jugará en contra del recién llegado, que será incapaz de aportar nada que mejore lo que ya existe y por contra correrá el riesgo de averiar la maquinaria en cuanto quiera cambiar un engranaje.
No hay más que acudir al antecedente inmediato. Desde que Cruyff se fue del dream team hasta la llegada de Guardiola pasaron doce temporadas y nueve entrenadores (siete en realidad, porque dos repitieron). A Cruyff le sustituyó su ayudante Rexach, y a éste Robson, que solo duró una temporada. Louis Van Gaal aguantó tres años de caricaturas y monigotes y a cambio aportó su fútbol tan industrial y eficaz. Tras él llegó Lorenzo Serra Ferrer, y un año después otra vez Rexach, quien volvió a ser sustituido por Van Gaal que, esta vez, solo aguantó una temporada. El siguiente año se lo repartieron De la Cruz y Antic, hasta que por fin llegó Frank Rijkaard, quien retomó, aunque en tono menor, aquella vieja idea de Cruyff. Es verdad que a lo largo de todos aquellos turbulentos años el Barcelona siguió sumando algunos títulos, pero cuando los aficionados cerraban los ojos veían a Cruyff. Bueno, y cuando los abrían también, porque el holandés nunca ha dejado de estar presente en la vida del club. Ninguno de los que le sucedieron puede decir que triunfara. Al contrario, más de uno fracasó pese a levantar trofeos de la máxima importancia.
Seguro que un estudioso del fútbol como Marcelo Bielsa conoce la historia. Eso sí, al Barcelona no le faltarán candidatos de tanto o mayor renombre, dispuestos a sucumbir al oropel y a la cuenta corriente que proporciona un club de la dimensión del blaugrana.



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