Pese a lo reconocido de las casi infinitas dimensiones de la afición rojiblanca, la hinchada del Athletic está en clara minoría en esta eliminatoria. Todo el mundo quería, y quiere, que el Mirandés lograra la hazaña. Sus aficionados en primer lugar, claro; después todos los empadronados en Miranda, distingan un balón de una onza de chocolate, o no; luego, aquellos que encuentran consuelo a los males propios en las desgracias ajenas, que también son unos cuantos; también los aficionados al fútbol a los que les sale la vena romántica y siempre quieren que gane el pequeño aunque ellos sean del Barça o del Madrid y, finalmente, todos aquellos que de refilón, en la tele o en el mercado, han oído hablar no se qué de un equipo de Segunda B que está eliminando a todos los que se le ponen por delante. Todo el mundo era ayer del Mirandés. Hoy estarán a sus cosas y mañana ni se acordarán del asunto. El Athletic se encargó de quitarle interés a la historia en cuarenta y cinco minutos en los que quedó establecida la jerarquía que separa tres categorias futbolísticas.
La caldera en ebullición que se suponía que iba a ser Anduva no fue tal, salvo en los momentos previos al partido y ello en cuanto a sonoridad, porque la famosa grada supletoria con asientos vacíos a la vista no constituía el escenario más intimidatorio. En cuanto el colegiado ordenó el comienzo, el Athletic hizo saber a propios y a extraños que la broma se había acabado. Se hizo con el balón y aplicó la dosis de medicina que necesitaba el Mirandés para calmar su sobreexcitación. Moviendo la pelota de lado a lado del campo y apoyándose en el portero cuando hacía falta, los de Bielsa hicieron correr a los animosos jugadores locales hasta la extenuación. Con el añadido de que la mínima bajada de presión en el centro del campo por parte de los de Pouso, acababa con el balón en su área y cuatro o cinco rojiblancos en posición de remate.
Así llegó el primer gol del Athletic apenas rebasado el primer cuarto de hora. De Marcos dejó sentado a su marcador se fue hasta la línea de fondo, miró y vio a Llorente señalándole el desmarque. El centro perfecto facilitó el cabezazo poderoso del delantero en el segundo palo. Era exactamente lo que el Athletic necesitaba para terminar de poner el partido bajo control.
El Mirandés acusó el golpe. En su argumento no estaba escrito que se verían en inferioridad tan pronto y de semejante manera. Ellos habían estado soñando con un partido más igualado en medio del fragor de una grada entregada, con un rival al que empujaban contra su portería llevados en volandas por su público. En su guión había cantidad de ¡huyyyyys! y ¡ayyyyys!, y muchos ¡Anduva empuja!, una cosa muchísimo más épica que el partido frío, eficaz y metódico que organizó el Athletic. Ocho minutos después, Llorente, como el sábado en Vallecas, tiró de catálogo y eligió la jugada personal para hacer su gol número cien con la camiseta del Athletic. Todavía habrá aficionados de cerebro alicatado hasta el techo que le nieguen el pan y la sal.
Pudo marcar un tercer tanto el Athletic antes del descanso y hasta un cuarto en la segunda parte, pero un linier de espasmódico levantó el banderín señalando inexistentes fueras de juego de Llorente y de Muniain. Con el gol anulado en San Mamés contra el Mallorca, ya son tres los errores de los auxiliares en el mismo tipo de jugada. A pesar de fallos ajenos, la eliminatoria ya estaba en el carril que querían los de Bielsa así que cuando regresaron después del descanso su actitud ya no era la misma que la de la primera parte. Quizá pensaron que el Mirandés acabaría diluyéndose entre la desilusión y el cansancio y que el tramo fínal del partido sería un trámite. Se equivocaron, y su error dio al Mirandés el suficiente aliento para seguir luchando hasta el último instante. Es sintomático, y no dice mucho de su concentración, que los dos jugadores que salieron de refresco, David López e Iñigo Pérez, vieron la tarjeta amarilla en la primera acción en la que intervinieron, por no medir bien en la disputa. Un remate que rozó el larguero o Iraizoz haciendo la parada de la noche a remate de César, no fueron suficientes alarmas para terminar de espabilar a un Athletic adormilado que creyó que el trabajo estaba hecho. Lo estaba y lo está, pero ese gol a última hora de Lambarri, afea el resultado y retrasa una semana el trabajo de las agencias de viaje. A lo mejor incluso le viene bien al Athletic para conservar la tensión necesaria hasta el partido de vuelta.
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