Llevo viendo partidos del Athletic ininterrumpidamente durante más de treinta años. Por devoción y por obligación profesional he visto prácticamente todos los partidos que ha jugado el equipo desde 198o hasta ayer, incluidos los amistosos de verano, y soy incapaz de recordar una exhibición como la que acabo de presenciar en Old Trafford. El 1-5 de Las Palmas, que sirvió para ganar una Liga fue el resultado de una superioridad aplastante, pero ante un rival inerte abocado al descenso. El 0-1 en el Santiago Bernabéu en el partido de ida de la semifinal previa a la final de Copa que se ganó al Barcelona, fue también un partido en el que el Athletic fue muy superior, esta vez ante un rival de entidad. Fue tal el desempeño de los leones aquel partido, que siempre recordaré el titular de mi crónica: "El Athletic bailó con el cadáver del Real Madrid". Aquel cadáver resucitó en el partido de vuelta y nos obligó a una prórroga y a una tremenda tanda de penaltis. Fue también un partido histórico aquel, pero más por lo heróico del comportamiento del equipo que por el fútbol. Cinco días después, en Valencia, aquellos leones volvieron a dar otra lección de garra y de entrega hasta la extenuación. El vuelo del balón desde la bota de Dani hasta la cabeza de Txema Noriega para marcar el 1-2 fue uno de los instantes más emotivos que he vivido con el Athletic. Como lo fueron la final contra el Barcelona de Maradona, o algunos partidos a cara de perro en el coliseo blaugrana.
Lo de Old Trafford ha sido otra cosa. Por el escenario, por el rival... pero sobre todo por el juego desplegado por un equipo que ha demostrado que es capaz de ganar a cualquiera en cualquier sitio y, lo mejor de todo, que se lo ha creído y que sabe que todavía no conoce dónde están sus límites. Hay muchas formas de ganar, tantas como de perder. El Athletic eligió la mejor manera de ganar en un escenario y ante un rival que le dan a la victoria una repercusión mundial. A estas horas el universo del fútbol ha puesto sus ojos en este viejo club que luce más lozano y joven que nunca. Después de catorce visitas a las Islas, ha llegado la primera victoria allí, y ¡de qué manera!.
Es una noche para la historia. En el teatro de los sueños, el Athletic fue el dream team, un equipo de ensueño, una máquina de hacer fútbol que dejó boquiabiertos a todos los que presenciaron el soberbio espectáculo que ofreció.
Impresiona repasar la alineación del Manchester United, y asusta ver quiénes se han quedado en el banquillo. No nos engañemos. Queríamos soñar y confiábamos en la ambición de este Athletic modelado por Bielsa, pero en nuestro fuero interno temíamos que, de no rozar la perfección, podíamos vivir una pesadilla de noventa minutos.
En no pocas ocasiones el rumbo que puede tomar un partido se puede adivinar en sus primeros compases. Ayer fue uno de esos días. La puesta en escena del Athletic fue más que esperanzadora, cobrando el primer remate en el primer minuto, y llegando con mucha gente al área rival. Los leones le tomaron muy pronto la medida al rival y al partido, mucho antes que un United que empezó quizá con cierta suficiencia, confiado en la dinamita que tiene del centro del campo hacia adelante. Y los hechos parecieron dar la razón a Ferguson cuando a los veinte minutos Rooney fusiló de cerca a Iraizoz tras un excelente movimiento de Chicharito dentro del área. Era no solo el primer remate de los ingleses, sino la primera vez que llegaban al área del Athletic. El gol parecía confirmar que a los equipos más grandes les basta con muy poquito para inclinar los partidos hacia su lado.
Pero lo mejor iba a llegar a partir de ese gol. El Manchester se recostó en su defensa, un poco porque no tenía el balón y otro poco porque entendía que podía hacer mucho daño al Athletic jugando a la contra. Y por momentos dio la impresión de que la cosa les podía funcionar. Los de Bielsa llegaban en oleadas al área de De Gea, pero dejaban a su espalda un vacío que producía escalofríos.
Fueron minutos en los que el Athletic vivió peligrosamente. Pero este equipo se ha acostumbrado a convivir con el riesgo; no sabe jugar de otra forma que no sea con generosidad y ambición, la mirada clavada en la portería rival. No merecía el Athletic, ni de lejos, estar perdiendo el partido y los leones no se resignaron. Catapultados por un Iturraspe gigantesco, Herrera, Susaeta y De Marcos fabricaban fútbol a destajo, trenzaban pases, dibujaban túneles, abrían pasillos para las llegadas de Iraola hasta el borde el área, de Aurtenetxe por el otro lado. Muniain se vaciaba entonces en un trabajo generoso en la recuperación pero poco eficaz en el ataque y Llorente, que ya había sufrido un penalti no señalado cuando el marcador señalaba tablas, a duras penas podía ser frenado por Smnalling.
Era frustrante ver al Athletic creando ocasiones, metiéndose hasta la cocina del United para equivocar el último pase o errar el remate. El repaso futbolístico ya estaba adquiriendo dimensiones considerables cuando Llorente conectó por fin, el remate ganador a un minuto del descanso. El empate era un resultado corto, hacía justicia solo a medias y quedaba medio partido por delante.
Fue en el segundo tiempo cuando el magnífico Athletic de la primera parte creció hasta convertirse en un coloso futbolístico. Ya no le valía al rival su táctica de esperar un contrataque, pero ahora no tenía más remedio que defenderse como podía de la avalancha que se le venía encima. De Gea salvó a su equipo con dos paradones que justifican por sí solos los numerosos errores que ha cometido esta temporada, pero ni el buen portero del United podía ser capaz por sí solo de frenar a un Athletic desatado.
Tocando en corto y en largo, dibujando paredes en la media luna o abriendo a las bandas, los de Bielsa llegaban por todas partes y en manada, de cinco en cinco. El balón y el fútbol eran suyos, pero el marcador seguía señalando una igualada más injusta cada minuto que pasaba.
Ferguson, sin querer, dio más grandeza todavía al triunfo rojiblanco. Metió en el campo a Anderson para reforzar sus posiciones alrededor del círculo central, territorio rojiblanco desde donde sus centrocampistas dibujaban un fútbol sublime. Por momentos pareció que el United recuperaba el resuello y sacaba el orgullo de su grandeza. Los reds estaban siendo barridos en el campo y en la grada y eso no lo podían consentir. Fue entonces cuando llegó la delicatessen de Herrera, elevando un globito sobre los centrales ingleses para que De Marcos lograra, por fin, adelantar al Athletic en el marcador.
El delirio no obnubiló a los leones. Salió Nani a salvar los muebles de los locales, pero a estas alturas el Athletic era una maquinaria perfecta. El gol de Muniain apareciendo de la nada tras un sprint brutal de treinta metros en el minuto 90 estableció en el marcador un pálido reflejo de lo que había ocurrido en el césped. Lástima que la maldición del último minuto se presentara en esta ocasión en forma de penalti en el tiempo añadido. Fue una pena porque el 2-3 final no se corresponde con el baño futbolístico que le dio el Athletic al United.
Decía ayer que lo histórico no era jugar en Old Trafford, sino ganarle al Manchester United. Pues bien el Athletic acaba de escribir una de las páginas más bellas de su larga historia. La de ayer fue una de esas noches en las que ser del Athletic es un motivo redoblado de orgullo. Por lo que hicieron los que vistieron de corto y por lo que hizo, cómo no, ese ejército pacífico que invadió Manchester con las únicas armas de sus bufandas y su inquebrantable fe rojiblanca. Athletic, ¡qué grande!
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