lunes 8 de febrero de 2010

La apoteosis del despropósito

El caparrosismo debió de salir exultante de San Mamés. Sudor, balonazos, topetazos, pases al amigo invisible, más sudor, más trabajo, alternativas en el marcador, alguna tangana, remontada épica, susto de última hora y final feliz con música de Aida, aunque fuera interpretada solo por el coro de los más incondicionales y sin mucha convicción, como si alguna glándula alejada de su sitio natural estorbara el normal funcionamiento de las cuerdas vocales de los cantores. ¿Qué más se puede pedir para ser felices?. Bueno, el eterno inconformista diría que un poco de fútbol, algo más de neurona y una pizca de coherencia. ¿Que es mucho pedir?. Tal vez. En ese caso bastaría con el silencio respetuoso después del partido, o al menos con un discurso más pegado a la realidad. Los cantares de gesta suelen quedar ridículos cuando enfrente, en lugar de Carlomagno solo hay un pobre pastor. La entrega, la insistencia, el trabajo y ese público de San Mamés que tanto nos quiere y tanto nos apoya, están bien como argumento de rueda de prensa cuando le has ganado al Real Madrid, por decir algo. Cuando enfrente has tenido al pobre Xerez, ese discurso suena más falso que un euro de cartón. Claro que mientras haya quien lo compre como si fuera moneda de curso legal...
Creía que ya lo había visto todo en el fútbol o casi todo, pero no contaba con que podría llegar a ver a Toquero en el centro del campo. Fue la apoteosis del esperpento que se vivió en San Mamés el domingo; el número final que tenía reservado Caparrós para los admiradores de su baile de San Vito en el banquillo. Pero no se consigue colocar a Toquero en el centro del campo así como así; hay que recorrer un largo camino previo para alcanzar esa cumbre y el Athletic lo fue recorriendo paso a paso de la mano de su entrenador.
Probablemente Caparrós y su escudero Luci serán los únicos de este mundo que no vean que Muniain pegado a la banda desperdicia la mitad de su talento, aquella que encuentra su límite en la línea de cal. Muniain es un jugador de salida por la derecha y la izquierda, imprevisible en su inspiración, una centella en los últimos veinte metros, un tipo que merodeando la media luna del área puede volver loca a cualquier defensa. Contra el Xerez se pasó todo el primer tiempo y buena parte del segundo pegadito a la banda. Luego, en el frenesí final, jugó por una banda, por la otra y por el centro, por donde se le ocurrió o por donde encontró un sitio para circular sin chocar con nadie.
Obcecado el Athletic en jugar contra el Xerez de la misma forma en la que jugó contra el Depor, contra el Zaragoza o contra el Madrid, el equipo se fue espesando hasta adquirir la textura del chocolate y eso que se adelantó en el marcador a los dos minutos de partido. Con Muniain preso en la banda izquierda, fue Orbaiz quien asumió la tarea de poner algo de pausa, de buscar la elaboración, de tratar de aplicar el sentido común en definitiva, hasta erigirse en el mejor jugador de un equipo mediocre. Como premio Caparrós lo dejó en la caseta en el descanso. En su lugar salió Susaeta para ocupar la banda derecha mientras Gurpegi y Javi Martínez se hacían con el eje. Como la cosa seguía sin funcionar, el técnico decidió que había llegado la hora de darle la responsabilidad a De Cerio: hala chaval, sal y resuelve esto que nos hacen falta goles y eso de que llevas un año sin jugar se lo dirás a todas. Salió De Cerio y se fue Gurpegui, lo que ocasionó un desajuste evidente entre el centro del campo y la delantera. Y ahí llegó lo de Toquero en el centro del campo o como media punta, que es la versión caritativa que se ha usado para aminorar el dislate. Para entonces el equipo ya no se parecía en nada al original, ni en su composición, ni en su esquema, ni en su plan. Aquello andaba manga por hombro, que decían nuestras abuelas. Cualquier otro equipo distinto del Xerez le hubiera hecho una avería al Athletic. Pero los equipos que están en la situación del Xerez suelen ser como un pararrayos que atrae para sí todas las desgracias. Llorente, un alma en pena todo el partido, cabeceó el empate y a falta de cinco minutos desvió a la red un tiro de Susaeta que no iba a ninguna parte, ante la gentil parálisis de toda la defensa andaluza. Si a los delanteros se les mide por sus goles, Llorente cumplió con creces con su parte del trabajo. Otros no podrán decir lo mismo. Se trata de sudar menos y de pensar más; y no solo entre los que se visten de corto.

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sábado 30 de enero de 2010

Esta película ya la habíamos visto

Hubo días en El Alamein en los que se contabilizaron menos heridos que en el campo del Espanyol. La imagen de Ustaritz coronado por una venda sanguinolienta, hecho un ecce homo, resume lo que fue el partido entre el equipo catalán y el Athletic: un, rosario de sucesos que acabó con una nueva derrota de los de Caparrós. Pasara lo que pasara, anduviera el balón por donde anduviera, al final todo quedaba en un rojiblanco en el suelo pidiendo la asistencia de los sanitarios. Y el caso es que, en muchas ocasiones, las bajas las producía el fuego amigo. Chocaron Gurpegi y Ustaritz, Amorebieta le arreó un balonazo en la cara a Koikili, un españolista envió a la enfermería a Yeste...un codazo por allí, una patada por aquí, en fin, una sangría, en la acepción literal de la palabra. Cómo sería la cosa que uno de los suplentes saltó al campo con un esparadrapo en la frente; lo que se dice ponerse la venda antes de la herida. Cualquiera diría que el partido fue violento. Nada más lejos de la realidad, fue un partido normal, aburrido en el que todo lo que ocurrió lo hizo por casualidad.
De fútbol hubo muy poquito, casi nada en una primera parte en la que las asistencias trabajaron más que los propios futbolistas, y algo más tras el descanso, sobre todo a raíz de que el Espanyol marcara su gol, esta vez a los trece minutos de la reanudación, lo que cabe interpretar como una ligera mejora en la empanada postpapilla con la que suelen regresar los rojiblancos desde el vestuario. Y llamar fútbol a lo que se vio tras ese gol, no deja de ser un ejercicio de generosidad.
Caparrós es a los entrenadores de fútbol lo que Ozores a los directores de cine. Siempre hace la misma película. Pase lo que pase, esté quien esté enfrente, Caparrós tiene su guión, y no lo cambia, así se remuevan los cimientos del mundo. Durante dos años, ha venido obsequiando al respetable con un esquema que fracasaba a ojos vista y que, lógicamente, obtuvo una respuesta negativa de crítica y público. Esta temporada ha cambiado un tanto el reparto, pero, la cabra tira al monte tanto como Caparrós a la repetición, el técnico se ha vuelto a obcecar con lo suyo. Ozores se hizo millonario llevando a las pantallas una y otra vez la historia de dos españoles calvos y rijosos que trataban de ligarse a unas suecas. La variante estaba en que unas veces la historia se desarrollaba en Marbella y otras, en Torremolinos. Caparrós, ni eso. Pone más o menos a los mismos al comienzo y después del descanso da entrada a Muniain y a De Marcos. Revulsivo le llaman al asunto. Le salió bien en Zaragoza y ese es motivo suficiente para que la cosa tenga más reposiciones que Verano azul.
Esta vez, el técnico siempre podrá decir que de salida tenía la ausencia de Javi Martínez, y que además perdió a Yeste a las primeras de cambio. Y es verdad, pero tanto como que pese a la ausencia de un par de los primeros actores, él siguió insistiendo con el mismo argumento, tan conocido por el público. Y por los otros directores claro.
Ni un solo remate a puerta en todo el partido, es el balance final de un primer tiempo carente de ritmo, constantemente interrumpido por choques, balonazos y lesiones varias, y una continuación que se resolvió con Iraizoz subiendo a rematar un corner en el último minuto, o sea, a la desesperada, con muchas prisas y pocas ideas, pese a la entrada en escena de los dos actores a quienes Caparrós está encasillando en el papel de revulsivo.
Dijo el técnico allá por Navidad que el mes de enero iba a marcar el futuro del Athletic. Cuatro partidos fuera y la visita del Real Madrid a San Mamés, presentaban ciertamente el mes como un Rubicón. El balance son cuatro puntos sobre los quince posibles,siete goles en contra y tres a favor, una victoria, un empate y tres derrotas. Como para pensar en la Champions League, como se le escapó a alguno tras la victoria ante el Real Madrid. Por cierto, después del partido contra el Espanyol ningún periodista preguntó al presidente sobre sus planes de futuro. Menos mal

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jueves 28 de enero de 2010

García Macua, en la cresta de la ola (2)

Quedamos en que la vitoria ante el Real Madrid debió de reafirmar el ánimo de García Macua, tanto que apenas horas después de la finalización de aquel partido anunció su intención de calibrar la posibilidad de presentarse a la reelección. "No lo descarto" vino a decir, en medio de la euforia general. Sus palabras no son precisamente un prodigio de técnica comunicativa; por el contrario, vuelven a poner de manifiesto el caracter de una persona a la que el cargo de presidente le ha venido ancho en determinadas ocasiones, a veces, tal vez, por inexperiencia, como en su primera asamblea de compromisarios.
El hecho es que García Macua parece estar pensando en presentarse a la reelección para prolongar cuatro años más su mandato, y está en su perfecto derecho a hacerlo si finalmente toma la decisión. Sin duda, al margen de la euforia del resultado contra el Real Madrid, habrá valorado la situación deportiva general en la que se encuentra el primer equipo, la normalidad que se percibe en Lezama, similar a la que Patxi López observa en Euskadi, la aparente paz social que se respira en los ambientes rojiblancos y los apoyos mediáticos con los que cuenta, que no son muchos pero sí importantes.
García Macua debería sopesar también, y tiempo tiene para ello, que la temporada solo ha llegado a la mitad y que queda mucho todavía para empezar a pensar en vender la piel del oso: nada menos que otro curso completo. No hay memoria más frágil que la del aficionado al fútbol y cualquier contratiempo puede hacer olvidar los buenos resultados de estos meses, como García Macua cree, posiblemente, que el aficionado ha olvidado el culebrón de las entradas de la final, los sinsentidos de Lezama, la venta de Aduriz o la foto de Rajoy en el antepalco, por no entrar en más consideraciones.
Pero hablando de recuerdos y olvidos, el presidente haría bien en recapitular las condiciones en las que llegó a Ibaigane y las que le rodean ahora. Su primer escarceo con el Athletic se remonta a las elecciones a las que acudió como segundo de Juan Pedro Guzmán, y que acabó ganando Fernando Lamikiz. Hace casi tres años, García Macua compareció como cabeza de cartel de una lista de perfil bajo y en bastantes casos poco o nada relacionada con el mundo del fútbol, donde sin embargo menudeaban y ahí siguen, personas relacionadas con el entramado empresarial de Jabyer Fernández. García Macua era uno más en aquel entramado con la diferencia de que fue señalado por Fernández para encabezar la lista. No era un líder, ni mucho menos un candidato con perfil propio, de ahí la variopinta composición de su lista en la que, además de socios o compañeros de trabajo figuraban hijos de expresidentes que otorgaban una pátina futbolística a la lista, algún personaje bien relacionado con la política, y conseguidores de firmas y apoyos, imprescindibles en cualquier campaña. Más que una junta directiva en ciernes, aquello era una comunidad de intereses con algunas ramificaciones en el mundo de, llamémosle así, la gestión comercial del fútbol, cuyo único objeto era hacerse con el poder en el Athletic. Cualquier referencia a un programa deportivo o planificación del club, era pura anécdota, como el paso del tiempo se ha encargado de poner de manifiesto. A día de hoy el aficionado medio tendría muchas dificultades para identificar a más de la mitad de los miembros de la Junta.
García Macua llegó pues a la presidencia del Athletic gracias, fundamentalmente, a la financiación de un empresario, Jabyer Fernández. La relación entre ambos está ahora mismo en los juzgados y cada día que pasa y a medida que ciertas informaciones ven la luz, el asunto aparece más y más embrollado. No es sencillo calcular hasta dónde llegarán las salpicaduras del caso.
Si Jabyer Fernández fue el hombre del dinero, el apoyo 'político' le llegó a García Macua de la mano de un directivo que no sólo ya no está junto a él, sino que se marchó con cajas destempladas. Es cierto que no fue su único apoyo en ese campo, pero está por ver qué tipo de nudo forman ahora los largos y siempre intrincados hilos de la política, sobre todo cuando se mezclan con los de la economía. En el transfondo de la malla siempre aparece Fonorte y las consecuencias derivadas, incluidas las que atañen a las relaciones personales.
La tercera pata del trípode que sustentó a García Macua en su camino hacia Ibaigane la constituyen dos directivos (estos sí, sobradamente conocidos por todos) que por sí solos compensaron el nulo arraigo de la mayoría de sus compañeros en el universo Athletic y acarrearon para la causa las firmas y los apoyos imprescindibles para ganar unas elecciones, que ni en sueños hubieran conseguido entre todos los demás componentes de la candidatura, incluido el cabeza de cartel. Estos dos directivos siguen siendo imprescindibles para García Macua, por el papel que juegan en no pocos cenáculos rojiblancos pero, aunque pueda parecer paradójico, no está claro que su presencia en la foto de una presumible nueva candidatura, favoreciera los intereses de la misma. Ello sin olvidar que a día de hoy resultaría ciertamente aventurado describir en qué punto se encuentran las relaciones entre el presidente y ambos directivos. Si hay que guiarse por las declaraciones públicas de ambos, no parecen muy fluidas, pero en este caso tampoco estamos hablando de una ciencia exacta.
Las cosas han cambiado mucho en estos casi tres años. El perfil del presidente, después de todo este tiempo en Ibaigane, lógicamente ya no es tan plano como cuando llegó, aunque sigue sufriendo notables carencias en el terreno de la comunicación. De un tiempo a esta parte, contestar la gestión del presidente (culquiera que sea éste) es una afición muy extendida en una masa social rojiblanca a la que no le han faltado, ni le faltan, motivos para mostrarse tan contestataria. La continuidad de Caparrós, los nuevos estatutos o el nuevo campo van a ser los hitos que marcarán el último año del mandato de García Macua, además de lo estrictamente deportivo. Pero no será menos trascendental el papel que jugarán los 'cadáveres' que han quedado en el camino y la nueva situación general en su entorno, tan distinta a la que disfrutaba en las últimas elecciones. García Macua dijo que no descarta presentarse a la reelección; no es descabellado pensar que la decisión depende más de terceras personas que de su propia voluntad.

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lunes 25 de enero de 2010

Fulgor y muerte del Athletic en A Coruña

En sentido estricto y en honor a la verdad no cabe decir que el Athletic echó por la borda su magnífico trabajo del primer tiempo en Riazor. No puede decirse, siendo rigurosos, que a los rojiblancos les sobró fútbol pero les faltó remate. No es cierto. Además de oportunidades desperdiciadas y paradones de Aranzubia, el Athletic marcó dos goles en los primeros cuarenta y cinco minutos de Riazor. Que el árbitro invalidara el primero por apreciar que Toquero había cometido falta en una disputa limpia por alto, o anulara el segundo por ver que el mismo Toquero estaba en fuera de juego, no nos puede llevar a la negación. No. El Athletic marcó dos goles legales; que el árbitro entendiera que no era así es un problema no ya del colegiado, ni siquiera del Athletic, sino del fútbol en general. Porque un tipo que ve falta en un salto limpio y deja sin sanción un intento de reventarle el hígado de una patada a Amorebieta en la acción que precedió al tercer gol del Depor, es un problema para el fútbol, tomado así, en general. El catalán Estrada Fernández, un debutante en la categoría, tendrá que mejorar bastante si quiere asentarse en la Primera División; errores como los que cometió el sábado no son de los que pasan desapercibidos. En su descargo, podrá mirar a sus ayudantes, tal para cual, finísimos para descubrir que una bota de Toquero estaba un milímetro por delante del último defensa y cegatos para no ver el derribo de Aranzubia al propio Toquero cuando el partido daba sus últimas boqueadas y el marcador señalaba un 2-1. Un árbitro no puede condicionar un partido de la forma en que lo hizo Estrada. Todo el mundo tiene derecho a equivocarse, pero juzgar la misma acción de dos maneras tan dispares difícilmente puede entrar en la categoría de error; parece más bien la plasmación de una ineptitud ciertamente importante.
A lo mejor suena excesivo culpar al árbitro de la derrota del Athletic, pero es muy difícil sustraerse a tres decisiones que decidieron el marcador. Lo dicho, esta vez no se puede decir aquello de que un equipo desperdició su momento y el otro aprovechó el suyo. Mientras le duró su momento, el Athletic marcó dos goles; que no subieran al marcador no fue, obviamente, culpa suya.
Espectacular resultó la puesta en acción de los rojiblancos. Había dudas razonables sobre las prestaciones del equipo sin Gurpegui, pero el retoque de la alineación obligado por esa ausencia convirtió al equipo en una máquina de hacer fútbol. Esta vez, Javi Martínez y Orbaiz se bastaron y sobraron para sujetar el centro del campo permitiendo a Susaeta y a Yeste encauzar un caudal de fútbol que inundó el área de un Depor que no salía de su asombro. Juego para enmarcar, con taconazos, aprovechamiento de espacios, recuperación, desborde, despliegue por las bandas, confianza en suma, convencimiento de que este equipo también sabe jugar el balón cuando se lo propone o cuando no se lo impiden los corsés tácticos. Fue un Athletic excelente que vivió media hora de fulgor.
Pero después vino la muerte. Como en Málaga, como en Mallorca, Iraizoz encajó un gol cuando apenas había regresado del vestuario. Fue una jugada desafortunada en todos los sentidos: el balón salió rebotado en la espalda de San José, el globo le cayó a Bodipo, que devolvió el balón al corazón del área pequeña aprovechando el desconcierto de una defensa mal colocada, y Filipe Luis medió remató aprovechando una salida alocada de Iraizoz, tan descolocado como sus compañeros en toda la jugada. La desgracia quiso que el portero cayera sobre el tobillo del deportivista causándole una lesión de gravedad, una lesión tremenda para el futbolista y ruinosa para Lendoiro. Filipe Luis era el último cheque al portador que le quedaba al presidente gallego para pagar deudas. Al parecer, el traspaso del lateral al Real Madrid estaba algo más que apalabrado.
Todo Riazor sufrió el impacto emocional de una lesión tremenda, incluidos los jugadores del Athletic que acusaron la lesión, el gol en contra y la frustración de verse por detrás después de su exhibición del primer tiempo. El Depor, por el contrario, recuperó el espacio que nunca tuvo antes del descanso, la serenidad imprescindible y el balón. El partido dio un giro de ciento ochenta grados. El Athletic poderoso y confiado se convirtió en el equipo despistado y timorato de tantas noches aciagas. Y aciaga fue la jugada del segundo gol, otra vez un rebote en un defensa que se convierte en un remate por la escuadra. Ahí se acabó todo. El autogol del Depor que venía a completar aquella noche de locos, apenas sirvió para dar un punto de incertidumbre al partido. Estrada se encargó de cortar cualquier posibilidad de final feliz para el Athletic ignorando el claro penalti de Aranzubia sobre Toquero.
Es difícil extraer conclusiones de un partido que rozó el surrealismo, tan difícil como discernir cuál de los dos equipos, el del primer tiempo o el del segundo, es el verdadero Athletic. Probablemente lo sean ambos, porque éste parece un equipo en crecimiento, adolescente, y no hace falta explicar los altibajos anímicos tan propios de esa edad. Eso sí, si este equipo es capaz de jugar como lo hizo la primera media hora, por favor, que no nos cuenten milongas. Jugando así es como se ganan muchos partidos; no siempre vamos a tener la desgracia de encontrarnos con Estrada y sus secuaces.

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miércoles 20 de enero de 2010

García Macua, en la cresta de la ola (1)

La victoria sobre el Real Madrid parece haber despertado en García Macua una cierta impaciencia por cerrar cuanto antes asuntos de gran calado para el devenir deportivo (y por ende, económico) del Athletic. En los periódicos del día hemos podido leer que las renovaciones de Yeste y Toquero están prácticamente hechas y que la contratación definitiva del ahora cedido San José, es una decisión que ya está tomada de hecho en Ibaigane.
Sin embargo, hablando de renovaciones, la noticia destacada es ese primer contacto entre Arrinda y García Macua para analizar la continuidad de Caparrós. El Correo le dedica al asunto un amplio espacio gracias a la información privilegiada que maneja. Mientras en El Mundo Deportivo se especula con la posibilidad, en El Correo se presenta la información con todo lujo de detalles. Arrinda y García Macua cenaron juntos anoche, dice el texto. Si descartamos al camarero como fuente, las posibilidades se reducen de una manera significativa, de lo que solo cabe deducir el objeto propagandístico de la información; el hecho de filtrar la celebración de una cena que es solo un primer contacto no admite demasiadas lecturas.
La renovación de Caparrós parece haberse convertido en el objetivo prioritario de García Macua, que conseguiría llegar al final de su mandato con el mismo entrenador con el que lo empezó, si bien es verdad que fue un entrenador insólitamente consensuado con el otro candidato a la presidencia del club. El problema que se le plantea al presidente es que solo puede ofrecer un año más a Caparrós, quien después de tres temporadas en San Mamés, parece albergar las lógicas dudas respecto a la conveniencia de su continuidad.
De un análisis desapasionado se puede concluir que Caparrós no tiene nada que ganar quedándose solo un año más y sí mucho que perder, porque los destinos que depara el fútbol son insondables por definición. Acabar este año con un éxito clasificatorio (digamos que un puesto en la UEFA) colocaría a Caparrós en el escaparate como un técnico triunfador, mercancía facilmente colocable en cualquier club que quisiera, y pudiera, ofrecerle una ficha mucho más sustanciosa de la que puede tener ahora y, sobre todo, mayores facilidades para confeccionar una plantilla. En este sentido, el Athletic sería un excelente trampolín. Se podría argumentar por el contrario que, de quedarse en el Athletic, Caparrós tendría la ocasión de rematar la jugada y recoger el año que viene los frutos deportivos de una plantilla que le ha costado confeccionar tres años y hacer debutar a veinticinco jugadores, de los que sólo ocho pueden considerarse hoy en día habituales en las convocatorias, pero eso es lo mismo que suponer que el fútbol es una ciencia exacta y, sobre todo, desconocer las claves emocionales que mueven este negocio. Si damos por buena la hipótesis de que este año acabará en éxito (sólo se ha disputado la mitad de la temporada), el aficionado consideraría un fracaso cualquier resultado inferior el siguiente curso. Por otra parte, parece muy difícil que a estas alturas Caparrós consiga ya atraer a los incrédulos a su fe. Su fútbol no enamora a la grada y los técnicos que viven solo del resultado saben que las cañas se pueden tornar lanzas de un día para otro.
La papeleta, en cualquier caso, se antoja complicada para el presidente, precisamente por el condicionante del plazo de su mandato. Si renovar a Caparrós puede ser causa de discusión, más complicado se antoja que trate de buscar una alternativa para el último año de su presidencia. Claro que llevar el proceso por capítulos al papel impreso cuando todavía no se ha cumplido la mitad de la temporada, no parece la mejor idea ni siquiera cuando los personajes protagonistas de nuestra historia comparten e intercambian entre ellos los papeles de agente, amigo, socio, empresario, patrocinador, representante y representado en alegre camaradería.

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